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    Arepas y béisbol

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2205 - 22 al 28 de Diciembre de 2022

    Me encuentro con un amigo en la presentación del libro de otro amigo. Nos ponemos a charlar y me cuenta que su hijo está jugando al béisbol, que arrancó hace un par de años y que ese deporte ha resultado ser un excelente elemento de integración no solo respecto a la disciplina deportiva sino también hacia un grupo de nuevos adolescentes que viven en Uruguay: los adolescentes inmigrantes. Y es que son en su mayoría jóvenes que vienen de Cuba, República Dominicana y Venezuela quienes practican ese deporte en Uruguay.

    Mi amigo me cuenta cómo fue que siguió la pista del asunto. En un documento sobre los presupuestos participativos de la Intendencia de Montevideo vio una inversión que le llamó la atención: se había construido un “diamante”, así se llama el centro de la cancha de béisbol. Un “diamante” humilde, apenas las bases y la loma del lanzador o pitcher. Suficiente como para que los aficionados a ese deporte, que se cuentan por cientos o quizá miles, puedan practicarlo. Me contó que a partir de ese dato logró conectar con la persona que había hecho la propuesta, venezolana ella, y que gracias a ese contacto su hijo pudo comenzar a practicar y a jugar. Y que para un niño/adolescente con un diagnóstico de TEA ese proceso ha resultado excelente no solo en términos deportivos sino también de integración cultural.

    Eso me recordó que hace unos cuantos años, alrededor del 2004 o 2005, cuando vivía en Barcelona, se construyeron varias canchas de cricket en la zona del Montjuic, cerca del barrio histórico de El Raval. Aquellas canchas las instaló el Ayuntamiento de Barcelona a solicitud de los cientos de paquistaníes que ya practicaban ese deporte de manera informal en los parques del barrio. De hecho, en el Montevideo de hoy también se suele ver gente jugando al cricket en la zona de la rambla de Punta Carretas.

    ¿Qué intento exponer con estos ejemplos? Que la integración es un camino de más de una vía. Que no pasa porque simplemente los recién llegados se asimilen a la sociedad de acogida sino, también, porque esta envíe señales de que quienes llegan son bienvenidos y respetados. Que lo que traen consigo no son solo urgencias económicas sino también una paleta de oportunidades para esa sociedad que los recibe. Es verdad, cuando los ciclos migratorios son especialmente masivos e incontrolados, suele generarse una sensación de confusión y de incerteza en el país de acogida. Pero nada de eso está ocurriendo en Uruguay. De hecho, el flujo de migrantes que recibe nuestro país es bastante moderado y, en general, son capturados por el mercado laboral. Por supuesto, ese mercado laboral suele ofrecerles los peores trabajos que existen, al menos al comienzo. Pero eso no es algo privativo de Uruguay, pasa en cualquier país al que se emigre, como bien sabe cualquiera que lo haya hecho alguna vez.

    Esa idea de que el recién llegado tiene que borrar su identidad para “integrarse” es muy limitada y despide cierto tufillo totalitario. Si esa hubiera sido la idea dominante en el siglo XIX en este territorio que hoy llamamos Uruguay, los uruguayos no sabríamos hacer una pizza o una milanesa. Ni nos emocionaríamos hasta las lágrimas con un documental como Bosco. Si la integración hubiera sido mera asimilación a quien sabe qué mito originario, seríamos otro país. Por eso creo que es importante la idea de que integrarse a una sociedad nueva no implica abandonar la mochila de haberes que se carga al migrar. La integración como mera asimilación supone mirar a las sociedades como estructuras petrificadas que se repiten a sí mismas, sin cambios, pura permanencia.

    Días antes de encontrarme con mi amigo en esa presentación, venía leyendo toda clase de tonterías sobre la selección francesa y sobre cómo esta sería en realidad una selección africana. Nada nuevo, la clase de pavadas que se vienen leyendo cada vez que alguien del color “incorrecto” aparece como representante de un país que, según nuestro prejuicio, es de determinada manera. En ese sentido y como bien señalaba el músico uruguayo Carlos Pájaro Canzani, que vive en Francia desde hace décadas, en ese prejuicio del “ser” y el “debe ser”, según el cual Francia es blanca y cualquier otra cosa resulta problemática, coinciden gente de derecha y de izquierda. Los primeros, convencidos de que Francia es una esencia inalterable que debe ser preservada ante cualquier ataque (el inmigrante es un enemigo que ataca), los segundos, convencidos de que cualquier alteración a la (supuesta) pureza racial previa debe ser señalada como un expolio a los países de origen de esos migrantes y un abuso de poder hacia los migrantes mismos. Ambas visiones coinciden en una idea de pureza que, sin duda, es claramente imaginaria.

    Como bien apuntaba el periodista Jorge Barreiro sobre las críticas a Francia que llegaban por izquierda, “estos luchadores ‘anticoloniales’, estos Mandelas del teclado, son en el fondo víctimas del mismo prejuicio racista que padecía el viejo Jean M. Le Pen: un negro no puede ser francés. Y, por supuesto, se equivocan y se equivocan: la francesa es una sociedad mestiza y multicultural, como todas en la actualidad, bah. Solo a alguien obsesionado con las identidades puras e incontaminadas se le puede ocurrir que la ciudadanía o la nacionalidad dependen del color de la piel de las personas”. Esto último es, precisamente, uno de los efectos colaterales de las políticas de la identidad: se las concibe como fines a preservar, como esencias que bien no pueden ni deben ser alteradas, o bien como el material sobre el cual hay que construir las políticas de su cambio. Ambas parten de una visión irreal y sobredimensionada del valor y el papel de la identidad en nuestra experiencia común. Y agregaría: por lo general quienes piensan así no han migrado jamás en su vida. Por eso pueden darse el lujo de hablar en la teoría sin interesarse por la práctica.

    Precisamente para no quedarme en la teoría o en el prejuicio es que traigo ejemplos de ese ida y vuelta. Para no caer en el prejuicio que, por ejemplo, llevó hace unos meses al ministro del Interior, Luis Alberto Heber, a señalar en una encendida entrevista televisiva a los delincuentes extranjeros como un grave problema cuando en realidad son un problema más bien pequeño en su agenda. Para que, aunque sea por un ratito, veamos a nuestros nuevos migrantes (migrantes somos todos, incluidos los pueblos originarios, que no conocían las fronteras actuales) no como mano de obra barata o como fuente de conflictos sino como fuente de contenidos, de conocimientos, de tradiciones, de sabores, de sonidos, de disfrute con nuevos deportes y con nuevas miradas. Integrarse a una sociedad no es diluir lo que uno es, es lograr articular eso con lo que se aprende y se construye en el país de acogida.

    Ahora, lo mismo corre para el país de acogida: apegarse a una esencia que jamás existió, especialmente en un país de migraciones de ida y vuelta como Uruguay, es el camino a la inanidad cultural más absoluta. Alegrémonos de que, después de cinco décadas de expulsar gente (y aún hoy lo hacemos), algunos en alguna parte creyeron que valía la pena intentar recrear su vida en este país, con sus arepas y con su béisbol a cuestas.

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