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    Bajo una lluvia rebelde en Santa Clara, los cinco precandidatos del Partido Nacional prometieron que habrá “unidad o derrota”

    Una camioneta verde se paseaba por las desérticas y mojadas calles de Santa Clara de Olimar. A bordo, el chofer se las arreglaba para conducir con una mano y sostener en la otra un megáfono con en el que repetía: “Hoy a las siete de la tarde, gran acto del Partido Nacional. Hablan todos los precandidatos”. El cielo amenazaba con descargar una nueva lluvia. “Ojo que acá caen unos goterones que te desnucan”, alcanzó a advertir un funcionario municipal antes que efectivamente comenzaran a salpicar en el suelo unas gotas gruesas que pronto llenaron de barro al patio delantero de la casa de la familia Etchandy, un histórico casco de estancia en el que el Directorio del Partido Nacional sesionó dos veces: en 1904 con el caudillo Aparicio Saravia a la cabeza, y en 1985 cuando Wilson Ferreira Aldunate fue liberado de la cárcel. En el frente de esta casa, ubicada a solo unas cuadras de la tumba de Saravia y cargada de simbolismo nacionalista, se montó el estrado para el encuentro de los cinco precandidatos blancos.

    El acto fue parido con dificultades —hubo desencuentros varios sobre el lugar y la fecha para hacerlo— y en los minutos previos tampoco se podía presumir de un ambiente entusiasta. Cuando faltaba menos de una hora para el inicio de los discursos caía una cortina de agua y eran escasos los militantes en el entorno de la casona y del escenario donde los precandidatos hablarían y se abrazarían para la foto. La puesta en escena estaba lista, pero aún faltaba calor y algo de ambiente. La lluvia intensa no ayudaba. Unas pocas sillas blancas esperaban vacías frente al estrado y los dirigentes se resguardaban como podían para no mojarse.

    El senador Jorge Larrañaga, primero en las encuestas, llegó solo, sin poder disimular cierto malhumor, y protegiéndose del agua con una campera sobre su cabeza. Fue directo a la casona de los Etchandy y recorrió sus angostos pasillos hasta llegar al patio interior. Allí, bajo un alero, se refugiaban militantes, dirigentes, allegados, gente del pueblo. Todos se preguntaban si en algún momento iba a parar de llover. “Es una garúa, dijo Noé”, bromeó Luis Lacalle Pou, empapado. Larrañaga solo abandonaba su rictus adusto para saludar a algún correligionario. “Que llueva nomás, que los blancos no desteñimos”, comentó uno de sus asesores. Era la previa de un acto de unidad, pero había grupos bien marcados. En un rincón, como sapo de otro pozo, el precandidato Álvaro Germano repasaba líneas de su discurso anotado en un papel arrugado que apenas se había salvado de la mojadura. El precandidato Sergio Abreu, con pañuelo blanco en su cuello, conversaba con su gente. Alfredo Oliú, el último en subirse a la competencia electoral, se preparaba para enfrentar por primera vez un acto de masas. Afuera seguía lloviendo fuerte. De repente la vieja casona de los Etchandy quedó chica. Sus corredores eran testigos del trasiego de gente empapada que iba y venía, de organizadores que se preguntaban si convenía o no trasladar el acto a un lugar cerrado. Ajeno a tanto revuelo, el ex futbolista y flamante militante blanco, Dario Silva, tomaba mate en la cocina.

    Proclama de Santa Clara.

    Antes de empezar con los discursos hubo espacio para nuevos momentos simbólicos. Alrededor de una larga mesa de madera, en una de las salas de la casa, se reunieron los principales dirigentes nacionalistas y escenificaron una reunión del Directorio, la tercera en ese mismo lugar.

    “Está reunido el Partido Nacional en otro hecho histórico”, dijo el presidente del Directorio, Luis Alberto Heber, y recordó los anteriores encuentros en 1904 y 1985. “Aquí hubo palabras de Wilson: los enemigos no están dentro del Partido. Ni siquiera los adversarios están dentro del Partido”, citó. Luego leyó los diez puntos de una proclama cargada de compromisos. Trabajar por una “sociedad sin excluidos” con políticas sociales que “efectivamente terminen con la marginalidad”, garantizar el acceso universal a la salud, “combatir la situación de desprotección” de la gente, respetar el “fiel cumplimiento de la Constitución y las leyes”.

    Mientras Heber leía el documento, la sala se iba atiborrando de dirigentes y curiosos. El senador Francisco Gallinal entró literalmente por una de las ventanas bajas que daban al frente de la casa. Heber concluyó diciendo que el acuerdo que leyó no necesitaba la rúbrica de los precandidatos, que solo bastaba la palabra con su compromiso a cumplirlo. La reunión terminó con un abrazo de todos los que compiten para representar a los blancos en los elecciones nacionales. Afuera seguía lloviendo.

    Los emergentes y los favoritos.

    Pese a que no paraba de caer agua, ya había otro clima frente al estrado. Los militantes con sus banderas, bombos y redoblantes dominaban la escena. Había batucada en Santa Clara. El acto estaba por empezar. Lacalle Pou, el impulsor del encuentro, era uno de los más activos. Se paró al pie de la escalera que conducía al escenario y desde ahí arengaba a sus compañeros. Los precandidatos fueron subiendo uno a uno, llamados desde arriba del escenario por la presentadora del acto. Como en un estadio de fútbol, cuando por los altoparlantes se anuncian los nombres de los jugadores, en Santa Clara hubo más aplausos para unos que para otros. Había, notoriamente, más militantes de Lacalle Pou que de Larrañaga. Lo evidenciaba la cantidad de banderas de su agrupación y el ruido, las muestras de apoyo, con que cada uno fue recibido. Cuando subió Lacalle Pou se escuchó fuerte el grito de ¡Presidente!, ¡Presidente!

    Alejado de cualquier polarización, el que tuvo que romper el hielo fue acaso el menos conocido de todos los precandidatos, Álvaro Germano. “¡Hola, cómo les va!”, arengó como si se plantara frente a un público rockero. “Es un hermoso día, porque a los blancos no nos frena nada”, continuó mientras la lluvia seguía cayendo sobre el estrado. Germano agradeció la “valentía” de Lacalle Pou al proponer el acto conjunto, y la “grandeza” de Larrañaga al aceptarlo. “No somos bobos, sabemos que va primero en las encuestas”, argumentó. Al igual que ocurrió en la última convención blanca, cuando se presentó formalmente como precandidato, su discurso con poco de retórica política y despegado de la clásica liturgia nacionalista, despertó miradas cómplices y nerviosas entre algunos dirigentes. Habló unos pocos minutos y se despidió citando fragmentos de la letra de la canción argentina “Honrar la vida”, de Eladia Blazquez, y con un grito tan apasionado de ¡Viva el Partido Nacional! que dejó temblando el atril.

    Después fue el turno de Alfredo Oliú, otro de los candidatos “emergentes”, como él mismo definió. Oliú también habló poco y fue concreto. Con un tono bien calmo, valoró que en el Partido Nacional cada uno de sus integrantes pueda ser un “potencial candidato”. Concluyó que tiene “todo para dar y nada para pedir”. Abajo las banderas seguían flameando mientras empezaba a correr alguna que otra bebida alcohólica para templar el espíritu de militantes pasados bajo agua.

    Unidad o derrota.

    El tercero en hacer uso de la palabra fue el senador Sergio Abreu. En su discurso, el más extenso de todos, se paseó por varios temas de actualidad. Habló de la “crisis” del Estado de derecho, de la política exterior, de la situación en Venezuela (“los izquierdos humanos no pueden ser más que los derechos humanos”, dijo). Se refirió al tema de Aratirí y apeló a una frase que se ha transformado en su principal latiguillo en la campaña: “Con Pluna ya nos dejaron un agujero en el cielo, y ahora quieren dejarnos uno en la tierra”. Abreu fue aumentando las revoluciones de su discurso, que terminó con una inevitable cita a Wilson atada a la situación climática: “¡Que llueva, que venga el viento, que se barra todo lo que se tenga que barrer!”.

    Lacalle Pou pasó al frente escuchando nuevamente el ¡Presidente! ¡Presidente! que le ofrecían sus seguidores ubicados en la primera fila con numerosas banderas de su sector. El precandidato prometió bajar el tono, moderar las pasiones. Acorde con el leitmotiv del encuentro, hizo un llamado a la unidad. “Nosotros separados no somos nada (…) obviamente que estamos compitiendo. Lo que yo no necesito es que a alguno de los compañeros le vaya mal, para que a mi me vaya bien. Que tengan la mayor de la suerte, pero un poquito menos que yo”. Luego salió en defensa de Larrañaga ante las críticas del precandidato frentista Tabaré Vázquez. Pidió “respeto” para “cualquiera de los compañeros del Partido Nacional” y agregó: “No soportamos una burla, sea a Jorge Larrañaga o a quien sea”. En su discurso citó a Atahualpa Yupanqui para expresar su molestia con los embates del candidato del oficialismo (“el que se larga a los gritos no escucha su propio canto”) y también al dúo Larbanois Carrero, cuando rebatió la antigua promesa de Vázquez de hacer “sacudir las raíces de los árboles” con la frase “árbol sin raíces no aguanta parado ningún temporal”.

    Larrañaga cerró el acto cuando ya el cielo había dado una tregua después de tanta lluvia. El precandidato también hizo un fuerte llamado a la unidad. Pero fue más puntual, con un mensaje concreto. Se ancló en el momento en el que aceptó ir como vicepresidente en la fórmula blanca de las elecciones pasadas, para reclamar un gesto similar en la que se viene. Recordó la noche de las internas de 2009, cuando empezaron a contarse los votos y vio que la suma no le alcanzaba. “¿Y cómo yo, hombre de democracia, podía decirle que no al Partido para transitar hacia una instancia electoral? (…) Las urnas no me habían sido favorables, ¿y quién era yo para negarle el estribo al Partido Nacional?”, se preguntó. “Nosotros tenemos unidad o derrota”, advirtió. “La unidad es imprescindible para la próxima victoria. La alternativa es clara, o gana el Partido Nacional o vamos a tener más y peor Frente Amplio, lo que significa peor país”, enfatizó y nuevamente reclamó que la fórmula se defina la misma noche de las elecciones internas.

    La noche cayó con un cielo despejado y con la postal de los cinco precandidatos levantando sus brazos en señal de victoria en el pueblo de Santa Clara, a metros de la tumba de Aparicio Saravia.