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    Bienvenido el contrabando

    Nº 2177 - 9 al 15 de Junio de 2022

    La semana pasada la prensa amaneció con grandilocuentes titulares comentando que se había desbaratado una organización de contrabandistas que traían mercadería de Argentina, integrada por comerciantes y algunos funcionarios aduaneros. Todos parecían estar muy orgullosos por tal gestión: policía, fiscalía, el juez actuante y, por supuesto, el Ministerio de Economía, que no pierde “renta fiscal”.

    También los comerciantes de Salto celebraron tal medida, ya que consideran que el contrabando es un “flagelo” que azota al departamento desde hace años a través del “bagashopping”, donde se vende ropa, alimentos o bebidas a precios muy menores a los del comercio de plaza.

    Los que no consideran un flagelo a esta actividad son los miles de ciudadanos que acceden a productos de mejor calidad o menor precio, lo que les permite tener una mejor calidad de vida y hacer valer más sus menguados ingresos.

    La pregunta que tenemos que hacernos es: ¿quién tiene razón, los ciudadanos que procuran mejorar su condición económica o los comerciantes formales que pretenden eliminar esta competencia?

    La respuesta deberíamos encontrarla en la propia definición de contrabando, que no es otra cosa que trasladar mercaderías de un país a otro sin pasar por las fronteras aduaneras o fiscales de un país, es decir, comprar mercadería en Argentina o Brasil y venderla a los mismos precios que se venden del otro lado de la frontera.

    Sin embargo, el Tratado de Asunción que crea el Mercosur dice en su artículo primero: “Este Mercado Común implica: la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre los países a través, entre otros, de la eliminación de los derechos aduaneros y restricciones no arancelarias a la circulación de mercaderías y de cualquier otra medida equivalente”.

    Entonces, ¿son los bagayeros unos vulgares delincuentes o unos adelantados del libre comercio? ¿Debemos castigarlos o felicitarlos por aplicar las medidas que desde hace 30 años no aplican los gobernantes de nuestros países? ¿Para qué insiste nuestro propio gobierno en celebrar más acuerdos de libre comercio con países como China, Turquía, la Unión Europea o Estados Unidos?

    Recordemos que nuestro prócer, don José Gervasio Artigas, fue un contrabandista de cueros hasta los 33 años de edad, donde fue indultado el 7 de febrero de 1797, junto con otros “contrabandistas desertores y demás malhechores” que andaban “vacantes huyendo de la justicia por sus delitos”, a cambio de que se incorporaran al Cuerpo de Blandengues al servicio de la monarquía española.

    Si el día de mañana las reglas del Mercosur se aplicaran a rajatabla, los que hoy son considerados bagayeros serán los nuevos próceres de la libertad comercial mercosuriana.

    Lo que hay que entender es que el verdadero “flagelo” para los comerciantes no es el contrabando, sino el propio Estado uruguayo, que con sus impuestos, sus regulaciones y sus trabas hace que no sean competitivos frente a los productos argentinos o brasileños.

    Solo cabría aplicar medidas arancelarias o correctivas para compensar las distorsiones que se dan en alguno de estos países, como por ejemplo todos los subsidios o tarifas públicas rebajadas que rigen en Argentina. Pero tal tarea sería casi imposible de determinar, puesto que, si bien Argentina está subsidiando el gas y los combustibles, en Uruguay también lo estamos haciendo; y la pregunta sería cuánto influye ese insumo en los costos de producción de los diferentes productos contrabandeados como para colocar un arancel compensatorio cuando aquí en Uruguay somos incapaces de determinar correctamente el precio de paridad de importación para los combustibles y luego respetarlo.

    No veo nada de malo en que un uruguayo compre una pasta de dientes en el Chuy, lo que sí veo espantoso es que la misma pasta de dientes, de la misma marca, de la misma empresa, cueste varias veces más en los supermercados uruguayos y es eso lo que deberían combatir gobernantes y comerciantes, no a los bagayeros.

    Por lo tanto, no veo al contrabando como un flagelo, sino como una aplicación clara de las reglas del Mercosur. Y tampoco veo al bagayero como a un delincuente, sino como a un adelantado del libre comercio, un indiviuo que supo volar sin el “lastre” de las trabas y el encierro que tantos adoran.

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