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    Cambiar por una buena razón

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2188 - 24 al 30 de Agosto de 2022

    Cambiar. Es bueno cambiar. Ando necesitando un cambio. Pareciera que, en general, existe cierto consenso laxo respecto al cambio: cambiar es bueno. De hecho esa fue la consigna electoral del actual gobierno, promoviendo que no solo era necesario un cambio respecto a las políticas de gobiernos previos. En realidad, su consigna iba mucho más allá e intentaba instalar la idea de que cambiar es algo bueno en sí mismo. Lo que parece decir la realidad, esto es, como se comportan las personas y las organizaciones frente al cambio, es algo ligeramente distinto.

    Pensemos, por ejemplo, en el Estado, el ejemplo totémico de institución humana. Allí el cambio no parece tener demasiada prisa por ocurrir. O mejor dicho, el cambio no tiene muchas ganas de figurar en determinadas instituciones y dinámicas estatales. Y es que cuando se habla del Estado no se habla de una caja fuerte cuadrada, metálica y estanca. El Estado es una pluralidad de instituciones, entre ellas algunas que por su propia lógica de existencia, no tienen más remedio que subirse al carro del cambio. Pienso, por ejemplo, en Antel, que en tanto proveedor de servicios con un alto componente tecnológico, simplemente tiene que cambiar.

    Imaginemos que alguien en Antel alguna vez dijo: “Ah no, digital de ninguna manera, los cables de cobre son mucho mejores y además los conocemos desde hace décadas”. Si alguna vez alguien dijo eso, sus palabras fueron borradas por los propios hechos: si Uruguay quería seguir conectado al mundo no tenía más remedio que cambiar. Ahora, pensemos en la seguridad social y en la inmensa dificultad que objetivamente implica cambiar su lógica, corregir sus malos procedimientos, revisar sus problemas y proponer alternativas. Ahí veremos que parece imperar lo contrario, que la consigna parecer ser más vale malo conocido que bueno por conocer. Aunque el sistema tal cual existe sea insostenible.

    Una de las pocas cosas que aprendí tras leer hace muchos años un par de libros de psicología institucional, es que cuanto más establecida está una institución, cuanto más tiempo han permanecido sus lógicas estables, más difícil resulta modificar esas lógicas y esas rutinas. Más difícil le resulta a esa institución cambiar ella y las rutinas de quienes la pueblan. Quizá por eso la primera reacción de esas instituciones y sus habitantes ante cualquier propuesta de cambio es querer conservar lo que ya se tiene. La certeza de lo que tengo ante la incertidumbre de lo que se viene o puede venir.

    Por un lado esa idea, que es claramente conservadora, no es mala en sí misma. Siempre digo que mientras no surja una idea que, de manera contrastada, dé ciertas garantías de mejorar lo que ya tenemos, me quedo con la puerta uno, la de la democracia representativa, con todos los problemas que su construcción diaria implica. Lo mismo puede aplicarse a la lógica de ciertas instituciones que se resisten al cambio como primera medida ante cualquier propuesta. Pero por otro puede terminar siendo una traba, un obturador, especialmente en procesos que por mera postergación del cambio, amenazan con volverse una catarata de problemas que cae sobre nuestras cabezas o las de nuestros hijos, que son los que vienen después de que nos hayamos ido. Nuevamente, la hasta ahora postergada reforma de la seguridad social es un buen ejemplo.

    Como se apuntaba antes, para las instituciones es mucho más difícil cambiar de lo que lo es para los individuos, que tienen una autonomía mayor. El tema es que los individuos no existen en el vacío, flotando en eterno movimiento browniano, salvo, quizá, el Mayor Tom de David Bowie. Los individuos nos organizamos en empresas, clubes, partidos, sindicatos, escuelas, liceos, universidades, familias, etc. Entonces las lógicas de conservación de esas instituciones nos van permeando, nos van cubriendo, logrando que nos interesemos por la conservación de la institución antes que por cualquier otra cosa. Como se dijo, eso no es necesariamente malo, salvo cuando con ello se detienen cambios indispensables.

    Como me recordaba mi amigo Gonzalo Frasca: “Por ejemplo, en educación en Uruguay todos los cambios radicales han venido de la mano de verticalazos. Todo cambio implica una alteración en las relaciones de poder y eso afecta e incomoda sobre todo a quien ya ocupa una posición de poder”. Decía Frasca que el cambio en Uruguay enfrenta también un problema de escala: “Una cosa es tener en contra al 99% de la gente ante una propuesta y que el 1% que apoya sean decenas de miles. En Uruguay ese 1% son siempre cuatro gatos locos”. Al mismo tiempo, recordaba que dado que en Uruguay no todos los espacios de poder (y saber) son ocupados (por ese mismo problema de escala), eso deja espacio para la posibilidad de cambios en donde no existe una clara competencia por ese poder.

    Esa lógica en donde la institución es casi siempre el centro de la charla provoca un desplazamiento, tanto en el diagnóstico como en las soluciones que se plantean como corolario de ese diagnóstico. Y ese desplazamiento descentra al ciudadano del mapa del cambio. O, mejor dicho, lo difumina como sujeto del cambio. Lo que importa, en muchos sectores del Estado, pero también en muchas empresas privadas que funcionan con la misma lógica y hasta en clubes de bochas y baby futbol, es la persistencia de la institución misma. Y como la institución es, casi por definición, conservadora, el cambio se diluye o se obtura. Una vez más, más vale malo conocido que bueno por conocer.

    El problema es que esto, que puede ser bueno para la institución, no tiene por qué ser bueno para la sociedad en su conjunto. El Estado, los partidos, los clubes de bochas, todos pueden y suelen resistirse al cambio si ese cambio los acerca a la incertidumbre. Está en su lógica institucional, es su ADN en tanto organización. Ahora, el efecto que esas resistencias producen en el conjunto de la sociedad, es harina de otro costal y ahí es donde deberíamos, quizá, lograr imaginar posturas superadoras.

    Entonces, esas resistencias que pueden ser coherentes con la interna de cada una de las instituciones, en especial el Estado, muchas veces se revelan inutiles en su conexión con el tejido social. Cuando ese desplazamiento se produce en temas de alta sensibilidad social es cuando parece necesario volver a centrarse en los ciudadanos como sujetos. Pienso, por ejemplo, (y por enésima vez) en el caso de los estudiantes de sectores más vulnerables, que no logran egresar de secundaria en tiempo y forma. Esos ocho de cada 10 que se desenganchan no solo pierden la protección del sistema mientras están en el liceo sino que además hipotecan su protección futura, al complicar su eventual ingreso en el mundo laboral formal.

    Hay gente que simplemente no puede soportar que las cosas sigan como hasta ahora, por más que eso convenga a las instituciones del Estado implicadas, a las empresas, los sindicatos o las organizaciones estudiantiles. Es en las decisiones que un país toma frente a estas situaciones sociales límite, en su capacidad de cambiarlas y mejorarlas donde reside el modelo de país que se quiere tener.

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