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    Coronavirus (I)

    Sr. Director:

    Salud versus economía: hoy por vos, mañana por mí.

    Son recordadas las palabras de Sir Winston Churchill pronunciadas en octubre de 1938, luego de celebrada la cumbre de Múnich en relación con la crisis de los Sudetes en Checoeslovaquia. A su regreso a Gran Bretaña, el entonces primer ministro británico N. Chamberlain fue aclamado por la opinión pública inglesa como el campeón de la paz. Había cedido a las aspiraciones de Hitler y con ello –pensaba— garantizaba la paz. En el Parlamento, Churchill llamó al desengaño: “Gran Bretaña tenía que elegir entre el deshonor y la guerra. Eligió el deshonor; pero tendrá guerra”.

    En estos días todos los países afectados por el coronavirus —es decir, la casi totalidad del planeta— enfrentan el dilema: salud o economía. ¿Debemos detener la economía a su mínima expresión posible para impedir la diseminación del virus o, por el contrario, la economía no debe parar más allá de cierto umbral porque el daño, al final del camino, sería peor? En aquel extremo, China; en este otro, México; y en el medio, el resto de los gobiernos que han dado un amplio abanico de respuestas múltiples entre estos dos lineamientos extremos. Los epidemiólogos piden a gritos las medidas más severas mientras que los economistas alegan que el remedio, detener la economía, será peor que la enfermedad porque los daños serían irreparables para millones de personas.

    Pero el dilema ¿está planteado correctamente? Creo que no. Es lo que Vaz Ferreira denominaba una falsa oposición. Economía y salud se retroalimentan en un canal de doble vía. Si optásemos únicamente por la salud, la economía sucumbiría y, a la larga, la salud también. Y viceversa: no se puede mirar únicamente el devenir de la economía con una pandemia que posee el potencial de infectar a una sociedad entera y que exige soluciones de emergencia. O sucumben las dos o se salvan las dos. Esto lo demuestran los casos de España e Italia. Al cabo de 45 días de sufrir el azote del virus, tienen sus respectivas economías destrozadas y una situación sanitaria igualmente desastrosa, desafortunadamente.

    En cualquier caso, en mayor o menor medida, tratando de aprender de la experiencia de países tan afectados, todo parecería indicar que tarde o temprano la economía se verá tremendamente afectada teniendo que funcionar a niveles mínimos de actividad. ¿Dónde está el equilibro entonces? La respuesta es el timing. O sea, el cuándo. Las economías de aquellos países que actuaron con celeridad adoptando medidas difíciles y anticipándose a los protocolos establecidos por la OMS, como por ejemplo, Dinamarca, ¿saldrán mejor paradas por no haber querido esperar a que aparezcan casos de coronavirus en sus jurisdicciones para actuar? ¿No convendría “parar” la economía ahora con los costos que conlleva en lugar de hacerlo mañana, cuando los costos — humanos y económicos— resultarían aun mucho mayores? No lo sabemos. Nadie lo sabe. Sí se sabe que esperar demasiado para implantar las medidas sanitarias termina por destrozar a la economía que supuestamente se deseaba preservar. El ejemplo de Estados Unidos rompe los ojos. Si el día 1 se hubiesen tomado las medidas y precauciones necesarias, el plan de inyección de liquidez llevado adelante por las autoridades monetarias hubiese costado billones, y no trillones de dólares, como hoy se sabe. Si en el día 1 Gran Bretaña hubiese optado por la salud, ¿no le habría costado menos de lo que va a costarle ahora?

    A la fecha, los países que han optado en primera instancia por salvar la economía a cualquier precio — Gran Bretaña o Estados Unidos— han debido recular y tomar las medidas más estrictas o van camino a tomar las medidas más costosas. No salvaron ni a la economía ni a la salud. China y Corea del Sur optaron por detener la economía, y a primera vista parecen haber dejado atrás el problema y sobrevivido, sanitaria y económicamente. Parafraseando a Churchill: “Tenemos que optar por salud o economía. Elegimos economía; igual vamos a tener que optar por la salud”. Al no elegir la salud a tiempo, tarde o temprano se sacrifica la economía.

    Como bien dice Thomas Friedman en un reciente editorial de La Nación, la realidad es que al no saberse la cantidad de personas infectadas, es muy difícil, si no imposible, para un gobernante, responder al dilema: salud o economía. Hay que tomar decisiones fundamentales “a ciegas” sin contar con los datos mínimamente imprescindibles. Pero sí sabemos dos cosas: los números son peores de lo que pensamos que son; y las experiencias de Estados Unidos, Italia y España demuestran que esperar es letal, tanto desde el punto de vista sanitario como financiero. ¡Y que pasado cierto punto no se salva ninguna de la dos! Pero ¿cuál es ese punto? ¿Dónde está el equilibrio si es que las dos opciones no son en última instancia excluyentes?

    Comparemos dos ejemplos: España e Israel. El primer caso de coronavirus se confirmó el mismo día en ambos países. España se demoró, Israel tomó las medidas más draconianas al punto que aquellos que violaran la cuarentena –cuando apenas se registraba un puñado de casos confirmados— eran penalizados económica (con multas equivalentes a 1.500 euros) o legalmente (con penas de hasta 18 meses de prisión). Y por si fuera poco, los israelíes recurrieron a los sistemas de inteligencia más sofisticados para monitorear a aquellos que violaran la cuarentena, lo que suscitó un debate escandaloso en el Parlamento en torno a la restricción de las libertades individuales. El mundo de las “telepantallas” omniscientes que controlan cada paso del ciudadano, y que anticipara George Orwell en su inmortal 1984, está pasando al pie de la letra. Se nos dirá también que Israel es un país acostumbrado a lidiar con temas de seguridad y España no. Confieso que en el momento me pareció delirante y hasta paranoide la adopción de semejantes medidas cuando el número de contagiados israelíes no superaba la cincuentena. Hoy, 27 de marzo de 2020, la estadística (covidvisualizer.com) dice que España tiene 50.000 casos activos (sin contar curados o fallecidos) y murieron cerca de 5.000 personas. La misma fuente dice que Israel tiene 3.000 casos activos y 12 muertos. Ese viernes España tuvo 6.499 casos nuevos, Israel 342. ¿Por qué ese abismo de diferencia cuando el primer caso se detectó el mismo día en ambos países? No se precisa ser Einstein para darnos cuenta de que a la economía española le va a insumir mucho, muchísimo, más tiempo reponerse que a la israelí. La modalidad israelí parece estar queriéndonos decir: salvemos la economía salvando la salud.

    ¿Y Uruguay? ¿Se va a salvar? Su pequeño tamaño y escasa población lo favorecen. Nos consta el esfuerzo a brazo partido que está llevando a cabo el gobierno, a días de haber asumido funciones, especialmente cuando ha heredado unas finanzas públicas en estado alarmante y por tanto su capacidad de maniobra está restringida a los recursos que dispone. Toda la sociedad debería cerrar filas en torno a él. No hacerlo demuestra, a mi juicio, la falta absoluta de vocación de unidad en una circunstancia excepcional y dramática. El presidente ha demostrado firmeza cuando se la necesitaba y no se me ocurre otro equipo mejor preparado para enfrentar el dificilísimo momento que atraviesa la República. En España, según cuentan amigos radicados allí, las discusiones y rencillas entre sectores sociales y políticos que pujan por el agua hacia su molino, continúa aún hoy mientras la sociedad en su conjunto se desmorona.

    Nadie tiene la bola de cristal, pero está claro que una vez concluida la pandemia se sabrá qué países actuaron con celeridad y cuáles no; cuáles salvaron a sus habitantes y a sus economías y cuáles no.

    Mauricio Bergstein

    CI 1.316.120-9

    PD: Una solicitud a nuestro gobierno. Hemos sabido que cuando estalló la crisis en China, allá por el mes de enero, Uruguay donó a este país las mascarillas disponibles en nuestro territorio. En contrapartida a nuestra generosidad, ¿no deberíamos pedir a China que nos envíe los respiradores (o cualquier otro insumo médico para enfrentar la pandemia con los recursos necesarios) que ya no necesita? Hoy por vos, mañana por mí.

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