Brasilia, 20 de diciembre de 2017 (De nuestras agencias). El presidente Michel Temer se mostró molesto por no haber podido cerrar hoy la última sesión plenaria del Mercosur, a pocos días de terminar el año.
Brasilia, 20 de diciembre de 2017 (De nuestras agencias). El presidente Michel Temer se mostró molesto por no haber podido cerrar hoy la última sesión plenaria del Mercosur, a pocos días de terminar el año.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn declaraciones a la prensa, el mandatario brasileño expresó su disgusto por haber tenido que posponer una vez más el cierre del encuentro, debido a la reticencia de la delegación uruguaya en apoyar la condena al gobierno de Venezuela, tras los gravísimos acontecimientos de los últimos meses.
En efecto, como nuestros lectores recuerdan, ya la delegación uruguaya había influido decisivamente para atenuar el contenido de la resolución aprobada por la reunión cumbre llevada a cabo en Mendoza en julio pasado.
Entonces, los presidentes de los países miembros aceptaron las objeciones a una dura condena al régimen bolivariano, tras la argumentación del presidente uruguayo Tabaré Vázquez, quien se plantó firme contra una terminología más directa y pragmática. En el borrador inicial se condenaba la violencia represora del gobierno de Nicolás Maduro contra el pueblo que protestaba en las calles, se criticaba la agresividad de las fuerzas bolivarianas, y se hacían objeciones a la (entonces) proyectada Asamblea Constituyente, violatoria de la Constitución vigente.
La resolución finalmente acabó clamando por un diálogo entre el gobierno y la oposición, sin mayor énfasis crítico.
Es probable que el presidente Maduro ni siquiera haya leído la declaración del Mercosur, ya que en los meses siguientes redobló la represión, generando más paros, manifestaciones populares, muertos y presos políticos.
Los 33 jueces del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) designados por la Asamblea General opositora fueron todos detenidos y encarcelados, se congelaron sus cuentas bancarias, y sus familiares directos (esposas, esposos e hijos) fueron deportados al islote de La Palmera, a pocas millas de la costa venezolana, alojados en bohíos abandonados hace años por los indios caribes, debido a los tiburones que pululan en las aguas que bañan las agrestes costas del islote, plagadas de cangrejos gigantes y de serpientes venenosas.
A fines de julio se instaló la Asamblea Constituyente, integrada por fieles servidores de Maduro, quien los designó en forma directa. Las sesiones de trabajo fueron breves y directas.
Se crearon los tribunales del pueblo, con facultad para realizar juicios sumarios con condenas a muerte por traición a la patria, se facultó a Nicolás Maduro a expropiar sin expresión de causa cualquier bien, mueble o inmueble, que fuera “de interés revolucionario”. Se disolvió la Asamblea general opositora, y en su lugar se instaló la Asamblea del Poder Popular, integrada por 50 miembros directamente designados por el presidente, y se tomaron algunas otras decisiones de igual tenor.
Los destituidos miembros de la Asamblea General también fueron encarcelados, se expropiaron sus bienes, los que pasaron a integrar la “propiedad popular bolivariana”.
Los 33 jueces del TSJ que habían sido nombrados por la disuelta Asamblea General fueron fusilados en el paredón del fondo de la cárcel de Ramo Verde, y sus cadáveres fueron incinerados en una denominada “hoguera socialista del siglo XXI”.
Para entonces, el mundo entero clamaba por el fin de aquellos horrores, pero Nicolás Maduro hacía oídos sordos.
Declaraciones de las Naciones Unidas, de la Unión Europea, de la OEA, tuits de Donald Trump, de todos lados provenían las voces que fustigaban al régimen dictatorial y cruel, pidiendo el fin de tanta represión e injusticia.
La declaración que aprobó entonces la OEA fue aprobada por mayoría, con los votos en contra de Bolivia, Ecuador y Nicaragua, y la abstención de Uruguay, cuyo representante fundamentó su voto diciendo que “nada se gana con criticar y acusar, mientras que una actitud colaborativa sería más útil, tendiendo una mano al gobierno y otra a la oposición, procurando unirlos en un diálogo constructivo y pacífico”. “Estas gestiones llevan tiempo, pero vale la pena” —declaró entonces a la prensa el canciller uruguayo Rodolfo Nin Novoa.
La situación se agravó aún más cuando, semanas más tarde, un comando bolivariano secuestró al secretario general de la OEA, Luis Almagro, quien se encontraba en Managua en una gira de trabajo. Con la complicidad del gobierno de Daniel Ortega, los agentes venezolanos se llevaron a Almagro a Caracas, donde fue primero torturado y luego ahorcado en una palmera del jardín del Palacio de Miraflores, sede de la presidencia de Venezuela. Maduro asistió al ajusticiamiento del excanciller uruguayo, llevado a cabo en medio de aplausos y vítores oficialistas, y gruesos insultos y abucheos al ahorcado.
Este episodio promovió una reunión urgente de la OEA, en la que por mayoría se aprobó una dura condena al “régimen dictatorial y sangriento de Nicolás Maduro” agregando el anuncio de posibles medidas de fuerza por parte de los países miembros con el fin de neutralizar la grave crisis.
Votaron en contra Bolivia, Ecuador y Nicaragua, y volvió a abstenerse Uruguay, cuyo canciller expresó en sala que “no hay que precipitarse, conviene en cambio mantener un calmo equilibrio, y más allá de la tragedia humana que significa la muerte de mi predecesor, el excanciller Luis Almagro, la situación debe apreciarse de manera constructiva, llamando a las partes enfrentadas a dialogar civilizadamente en la búsqueda de una solución consensuada que respete los derechos de todos”.
En los meses siguientes, los enfrentamientos continuaron, y la cifra de muertos en las manifestaciones callejeras superó el millar de víctimas.
En ese contexto se lleva a cabo en estos días la cumbre del Mercosur en Brasilia, sin lograrse el apoyo uruguayo para una declaración fuerte y tajante contra el régimen venezolano.
Como se dijo al principio, el presidente Temer, disgustado, pasó el encuentro a cuarto intermedio, esperando que mañana se pueda obtener el consenso.
Al retirarse de sala, algunos periodistas lo escucharon dialogar informalmente con el presidente Tabaré Vázquez, preguntándole cuál era el motivo que lo llevaba a rechazar la moción de condena.
—Son varios —dicen que contestó el presidente uruguayo—. Y lo mejor que podemos hacer ahora es ventilar la sala para que entre aire fresco —agregó, desconcertando aún más a su colega brasileño.