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    Deterioro partidario y crisis democrática

    Por Lector

    Sr. Director:

    Hoy estamos presenciando los dos fenómenos. ¿Post hoc ergo propter hoc? Es la falacia clásica: algo ocurre después de otro fenómeno.

    ¿Las crisis democráticas que vemos en una cantidad de países cuyo sistema de partidos se fragmentó son consecuencia de ello? ¿Siempre? ¿No hay casos de crisis democráticas en países con sistemas estables de partidos? Pues sí, el asalto al Congreso de los EE.UU. es ejemplo de ello. Pero no conozco otro caso. Podría sostenerse que es la excepción que confirma la regla. En todos los demás casos, se da primero la fractura del sistema de partidos y luego la crisis democrática.

    Los partidos son una suerte de injerto en la democracia. Si bien la existencia de bandos precede la aparición de las democracias, son algo distinto a lo que concebimos como partidos políticos. Estos no forman parte del “dibujo” democrático en sus orígenes. No aparecen incluidos en las instituciones que integran la democracia en las constituciones. Más aún, son denostados con frecuencia, achacándosele que contaminan su funcionamiento. Son conocidas las condenas de Washington y Jefferson a los partidos nacientes en los EE.UU., así como de figuras gravitantes en la historia de nuestro país, denostando la “política de bandos”. Hasta el día de hoy, muchas constituciones los ignoran. La nuestra solo se dignó a hacerles un espacio en la reforma de 1996.

    Todo lo cual habla de la fuerza del fenómeno: los partidos nacen contra fuerza y marea, y con frecuencia sobreviven los intentos por suprimirlos, superando las iniciativas de sustituirlos por otros mecanismos menos “díscolos”.

    Al mismo tiempo, los partidos van evolucionando a medida que la realidad cambia. De opciones poco estructuradas, de intereses comunes, básicamente económicos, en los albores de las democracias, con reducidos padrones electorales, a organizaciones sofisticadas, que buscan armonizar grandes números de votantes con perfiles distintos. Hay ahí un juego de interacciones entre democracia y partidos, en el cual se afectan mutuamente.

    La historia demuestra —creo yo— que más allá de la composición (estructural, ideológica y humana) que tengan los partidos, hay un factor que tiene una gravitación propia: la estabilidad. Estabilidad del partido político, pero más aún del sistema de partidos.

    No afirmo que la estabilidad y la continuidad de un partido sea per se sinónimo de virtud, de aporte positivo para el gobierno de una democracia. De ninguna manera: la experiencia de la Argentina a manos del peronismo sería ejemplo suficiente para destrozar el aserto.

    Lo que sí postulo, y creo que la historia reciente lo está demostrando, es que la estabilidad partidaria contribuye directamente a la estabilidad democrática. Un sistema estable de partidos canaliza los embates de expectativas y frustraciones tan típicos de la naturaleza humana.

    Se dirá que eso no es siempre bueno, que una estructura partidaria anquilosada produce una democracia anquilosada, y es cierto. Pero también lo es que los partidos, salvo casos patológicos, operan como un gimnasio de ideas y ambiciones, ayudando a decantar extremos.

    Lo que estamos presenciando contemporáneamente es que la desaparición de sistemas establecidos de partidos (Brasil, Chile, Perú, Colombia, Venezuela, Italia, Francia, etc.) o su fragmentación (España, Alemania…) muestran altos niveles de desestabilidad y hasta de ingobernabilidad. En lugar de canalizar útilmente las frustraciones de la gente, esos mecanismos “anárquicos” de partidos son fuente de disgregación institucional.

    No es algo que se puede cambiar inventando normas o prohibiendo conductas, pero cuando a uno no le ha tocado el problema es inteligente parar la oreja.

    Ignacio De Posadas

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