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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáJulia Roberts, hace unos quince años, personificaba en una película a una novia que asumía compromisos con sus parejas y cuando llegaba al altar o al registro civil para formalizar la relación, huía despavorida sin concretar nunca.
Se titulaba “La novia fugitiva”.
Me vino a la cabeza la imagen, al observar la actitud del ministro Bonomi y sus expresiones públicas ante cada hecho que lo involucra.
Lo más reciente, su intolerable declaración frente a lo que le ocurrió a la senadora Verónica Alonso. Le desvalijaron la casa, le robaron el automóvil y otras cosas de uso familiar. La expresión pública del ministro fue, con cierta ironía, que estaba de viaje, que la senadora había dejado una ventana abierta y que los ladrones no eran profesionales porque no le habían robado cosas de mucho valor.
Nada de preocupación ni solidaridad. Al contrario, pareció burlón y clasista.
Peor aún, algunos la acusaron de politizar el episodio.
“El ministro Bonomi siempre encuentra una ventana para escaparse de la realidad”, dijo la senadora en respuesta, después que tuvo que soportar su sarcasmo.
El señor Bonomi tiene el reflejo de traspasar la responsabilidad a las víctimas. Nunca a los victimarios.
Muy a menudo, reprocha el descuido de quienes sufren rapiñas o copamientos, cuando debería ser quien los defendiera.
Ocurre también con el fútbol actualmente. Como la Policía no puede controlar los desmanes en los espectáculos deportivos, ahora la responsabilidad se transfiere a los clubes para que creen fuerzas de seguridad propias y desplieguen una infraestructura más sofisticada.
Curiosamente, el ministro lo que promueve es la privatización de la seguridad pública. El Estado desertor.
Ante los frecuentes robos a las estaciones de servicio, la propuesta oficial fue eliminar el dinero. O sea que solo se pudiera abonar con tarjeta. Muerto el perro se acabó la rabia.
La misma filosofía que se argumentó al legalizar la marihuana. Si no podemos con el narcotráfico, legalicémoslo, dijeron las autoridades durante el gobierno de Mujica.
Un espíritu similar parece determinar que algunos barrios se conviertan en zonas liberadas, donde la fuerza pública no ingresa.
Es evidente que esta política de seguridad es un fracaso. El Estado desiste de su función de gendarme.
Olvida los principios básicos de la ley de procedimiento policial, que establece en sus atribuciones: “El servicio policial ejercerá, en forma permanente e indivisible, las actividades de observación, información, prevención, disuasión y represión”.
Léase bien, dice: “Ejercerá, en forma permanente e indivisible”, sus atribuciones. No puede abandonar el juego en la mitad del camino. Si es necesario que reprima, tiene que hacerlo. Así se lo ordena la ley.
El ministro no tiene la excusa de falta de medios ni de personal. Nunca se le destinó tanto presupuesto ni tantos efectivos.
Lo que falla es la filosofía que la inspira.
La fuerza policial está siendo subutilizada. El ministro huye.
Ricardo J. Lombardo