N° 1996 - 22 al 28 de Noviembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Imposible parar de llorar…”, comentó la mujer. Hizo una pausa para insistir con ironía: “No puedo dejar de llorar… de alegría”. Ocurrió en California durante una entrevista televisiva el 20 de noviembre de 2017, al día siguiente de la muerte de Charles Manson. El criminal tenía 83 años y estaba en prisión desde 1969 por haber ordenado a sus fieles que asesinaran a siete personas.
La consulta se limitaba a una pregunta: “¿Qué opina sobre la muerte de Charles Manson?”. La respuesta en directo de la mujer desacomodó a la periodista y miró a la cámara como pidiendo disculpas. Luego, al editar, la eliminaron porque no era polite.
Varios dijeron ignorar quién fue Manson, el asesino con una esvástica tatuada entre las cejas. Algunos admitieron alivio, pero la mayoría dio respuestas políticamente correctas: que el derecho a la vida… que los preceptos religiosos… que se debe controlar la violencia… que nadie tiene derecho a festejar la muerte de un ser humano…
¿Qué responderían los uruguayos sobre la muerte de Marcelo el Pelado Roldán? Casi todos darían opiniones políticamente correctas. Pocos lo que realmente sienten, por temor a la censura de amigos o en las redes sociales. Tal vez algún audaz diría: “Se la buscó”. Y sí.
Fue un icono criminal. Gabriel Pereyra y Patricia Gamio lo retratan en su libro de 2011, El Pelado, y desnudan su sórdida vida familiar y personal. Aparece con desafiante arrogancia.
Pasó la mitad de sus 44 años entre rejas: homicidio, rapiñas, hurtos, desacato. Fue apuñalado y baleado. Salió dos veces en libertad. Volvió a delinquir, y de nuevo adentro. El libro lo define como “un sobreviviente”. Lo fue hasta que en su camino se cruzó Víctor Hugo Pereyra da Silva, de 40 años, su compañero de celda en La Piedra, el sector de mayor seguridad de la Unidad 3 del expenal de Libertad.
Había insultado varias veces a la madre de Pereyra. El 7 de noviembre reaccionó. Seguro gritó la muletilla: “¡Con la vieja, no!” y le asestó varias puñaladas. Lo colgó de los pies, lo decapitó, puso la cabeza en un balde, trató de extraerle el corazón, no lo encontró, y al final fritó partes de su cuerpo y se las comió.
Un psicópata mayor. En 2012 había decapitado a su novia y tirado su cadáver en una cantera. Es autor de rapiñas, hurtos, estafa, extorsión y suministro de estupefacientes. Seguirá en la cárcel hasta que se cruce con alguien como él y termine como Roldán.
Volvamos al comienzo. El psiquiatra español Félix Larocca sostiene que el placer por el infortunio ajeno, como el que expresó esa mujer, “viene a resolver una situación de indignidad o de pequeña venganza por algo que, a nuestro entender, el otro se merece”. Es razonable. Genera la sensación de que hay un criminal menos y nada hay que lamentar.
En cambio, un amigo me comenta que, como estudioso del Derecho, esa salvajada infama su idea de lo que debe ser la dignidad humana.
La Real Academia define la alegría como un sentimiento “grato y vivo” que se manifiesta con signos exteriores. ¿Existe algún método para eliminar los sentimientos que fluyen espontáneamente? ¿Se puede evitar sentir odio, amor o alegría? ¡Si fuera tan sencillo!
Pero al margen de los sentimientos existe una cuestión formal de mayor importancia: la responsabilidad del Ministerio del Interior, de quien depende la Dirección Nacional de Cárceles. Su “principal cometido es la custodia y la reforma de los delincuentes”, dicen sus principios.
El ministro Eduardo Bonomi es el responsable administrativo y político. ¿Cómo permitió que Roldán y Pereyra compartieran la misma celda?: una bomba de tiempo. Una explosión tan previsible como en el resto de los asesinados.
Informes del Comisionado Parlamentario de Cárceles, Juan Miguel Petit, indican que en 2016 se produjeron 16 homicidios y en 2017 fueron 17. Este año, el de Roldán aumentó a 11 el número de asesinados.
Bonomi es responsable por ineptitud, omisión o por aceptar que no se invierta lo necesario en las cárceles. También el gobierno. No me extrañaría que un familiar de Roldán demande al Estado, responsable de su seguridad y su vida. También los familiares de todos los asesinados.1
La jurisprudencia ha admitido y negado pagar esas indemnizaciones. Cuando se condena al Estado el dinero sale del bolsillo de los contribuyentes. Para recuperarlo, el Estado puede repetir contra los funcionarios responsables, incluido Bonomi. Es decir, que lo devuelvan.2
Sorprende que la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo (INDDHH), especialmente porque sus directivos son todos juristas, haya reaccionado con una pasmosa tibieza. Es que sus cometidos son “la defensa, promoción y protección en toda su extensión de los derechos humanos”. Tiene también la obligación de “sugerir medios correctivos (y) efectuar recomendaciones”.
El 8 de noviembre su comunicado ubicó en el mismo plano de gravedad el asesinato y el vilipendio del cadáver de Roldán que la despreciable agresión en Salto a una mujer transexual. ¿Tienen el mismo calibre?
Manifestó “gran preocupación por los niveles de violencia que actualmente afectan la normal convivencia de la sociedad uruguaya” y realizó “un nuevo llamado a la reflexión por la convivencia”. Un tono de sermón religioso dominical para evadir la opinión firme y enérgica que le corresponde a ese organismo político del Estado, sobre la responsabilidad de otro organismo del Estado y su jerarca.
El comunicado cita “una falla sistémica” que se concentra en centros carcelarios con sobrepoblación y hacinamiento, lo cual favorece “el mantenimiento de altos índices de riesgo”. Más de lo mismo.
El Servicio de Paz y Justicia (Serpaj), siempre atento a determinadas violaciones a los derechos humanos, se limitó a reproducir el comunicado del INDDHH. Pilatos.
Así nos va.
(1) Tratado de Derecho Civil, Tomo XX, Jorge Gamarra. Ed. Fundación de Cultura Universitaria.
(2 ) “Responsabilidad Patrimonial de los Funcionarios Públicos”, Edgardo Ettlin , Ed. La ley.