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    El amor infinito

    Columnista de Búsqueda

    N° 1841 - 12 al 18 de Noviembre de 2015

    La palabra que lo identifica es una sinécdoque, que nombra la parte por el todo, y que en este caso remite a algo nada poético, nada profundo; es pura materia prima; es como si al ser humano se lo denominara tejido muscular y adiposo; o a las computadoras, plástico; o a los nobles perros, apenas pelos y dientes; o  a los políticos en uso, bajas pasiones; o a las casas, cemento o ladrillos. Libro es la parte interior de la corteza de ciertos árboles que los romanos utilizaron para componer esos adminículos sin los cuales es impensable la felicidad y la luz en este mundo. Borges, en una de sus conferencias dice que los objetos que el hombre ha construido son extensiones del mismo hombre; así, el telescopio o el microscopio, son extensiones del ojo; los puñales, extensión de la mano; en este cuadro, dice, podemos considerar al libro como extensión de la imaginación.

    El estudio del investigador venezolano Fernando Báez, que ya es una autoridad mundial en material de historia y peripecia del libro, sobre Los Primeros Libros de la Humanidad. El mundo antes de la imprenta y el libro electrónico(Editorial Océano) produce, entre otras emociones, como la gratitud y el asombro, la curiosidad y el afecto, un vértigo sin límites; nos pone frente al abismo de cinco o seis milenios que dan cuenta de la necesidad del hombre por fijar y transmitir tanto en el espacio como en el tiempo algunos hechos o verdades o emociones. La idea de guardar y de transportar, la todavía más exacta idea de estar en plena disposición para la consulta es, me parece, más que el follaje o el papiro o las tablillas enceradas o las piedras labradas, o la venturosa caligrafía de los copistas de abadías y conventos, la base platónica de lo que amamos con la rebuscada voz libro; es el arquetipo, en efecto, no de la materia de lo que está hecho, sino para qué está hecho, cuál es el fuego que le dio nacimiento, sentido, vocación de eternidad. Porque un libro es lo que el autor pretende llevar a consideración de otros, es un objeto social, parte viva del código de pertenencia a una comunidad real o la posible construcción de una comunidad ; quiero decir: el libro habilita el campo de pertenencia no meramente a los datos del presente, sino que consagra al futuro con una insolencia propia de los inmortales dioses.

    Todos los capítulos de la obra de Báez son interesantes, empezando por el estudio de las obras de aquellos burócratas de la Mesopotamia que necesitaron fijar asuntos de su administración hasta los prodigiosos iluminadores de la Edad Media, monumento de amor y de destreza para combatir contra esa implacable mortaja que envuelve a todas las cosas de este mundo, que es el olvido. Pero mi eje creo que lo tengo en los empeños de la Antigüedad clásica, donde comenzó para nosotros el culto natural de los libros y apareció la idea de albergue, de biblioteca como forma consciente de legado y por lo tanto de vínculo infinito hacia el porvenir. Dice Báez que en la Antigüedad griega tenemos grandes bibliotecas que revelaban un fervor inusitado por los libros. “La primera la fundó Platón, cuando en el año 388 a.C. hizo construir, en un terreno que consideraba sagrado, un templo a las musas (Museion), lejos del ruido de Atenas, y dedicó el lugar al héroe Academo, justo en el gimnasio. La Academia, nombre de su nueva escuela de filosofía tuvo, por supuesto, un destino excepcional en Grecia: de todas partes vinieron alumnos atraídos, como lo dice Olimpiodoro, “por saber lo que estaba en sus almas”. En la entrada  de la Academia había un altar a Eros, y seguidamente un cuarto para leer y escribir, con dos escenas socráticas pintadas en las paredes laterales procedentes del Protágoras y del Fedón (ambos textos forman parte de los Diálogos de Platón). En ese cuarto estaba el asiento del maestro, sillas pequeñas para los discípulos, un pizarrón blanco, un globo del cielo, un modelo mecánico de todos los planetas, un reloj construido por Platón, un globo terrestre y mapas con representaciones de los principales geógrafos. En cierto punto, se construyó un cuarto privado para el descanso. Indudablemente, había una biblioteca con los escritos de los pitagóricos, los escritos egipcios y mesopotámicos, los Mimos de Sofrón, obras de Homero, piezas de Epicarmo de Cos y diversos papiros con los textos de numerosos escritos consagrados o desconocidos.

    Recomiendo la lectura de esta obra tan profusa y responsablemente informada, tan  plena de escenarios diferentes. La forma en la que se ponderó, ubicó y se amó el libro en las distintas sociedades es un indicador de las mentalidades dominantes; por eso esta obra, tras contarnos la peripecia del libro antiguo, nos deja conocer sesgos, aromas de aquellas formulaciones culturales. Una obra que ya debe considerarse como clásica en su materia.

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