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    El ausentismo escolar y el ocaso de la obligatoriedad

    Por Lector

    Sr. Director:

    La pandemia y la obligatoriedad “en suspenso”, la LUC y la promoción automática impactaron para que 2022 fuera el año de peor asistencia a la Escuela Pública. Uno de cada cinco escolares faltó a la escuela al menos dos meses, pese a lo cual casi todos promovieron, son datos que hacen pensar en evaluaciones menos exigentes, reglamentos más permisivos o que atienden prioridades políticas, o al manido “pase social”.

    La obligatoriedad, una construcción histórica

    Los conceptos de laica, gratuita y obligatoria se repiten como atributos inherentes a la Escuela Pública a partir de José Pedro Varela y se mantienen hasta hoy. Pocas veces se recuerda que la laicidad recién se confirma con la separación de la Iglesia del Estado, que la gratuidad siempre requirió del aporte de las familias y que la obligatoriedad de asistir y cursar el ciclo completo de educación primaria recién fue universal alrededor de 1990.

    Es decir, la obligatoriedad como responsabilidad internalizada por toda la sociedad es una construcción trabajosa e inestable: su sanción legal apenas se corresponde con un consenso político lejano de las vivencias de algunos grupos sociales… Así aparecen grupos que resisten la escolarización obligatoria desde posturas ideológicas, desde la exclusión social o las urgencias económicas.

    Un ejemplo elocuente de lo difícil que es universalizar un nivel educativo, en tanto práctica social, es la lenta expansión de la educación media superior, cuya obligatoriedad sancionada hace 15 años, aún hoy solo protege a la mitad de los jóvenes.

    La educación como proceso de escolarización institucional de calidad, regulado, continuo y completo siempre es un proyecto a cuidar, aunque con frecuencia se ve acechado por cuestiones políticas, por anomia o marginalidad social, por gestores indolentes o por restricciones fiscales.

    Datos del monitor

    Los datos 2022 del Monitor Educativo de ANEP confirman algunas tendencias previsibles como la matrícula estable en Educación Primaria y un pequeño descenso en el Nivel Inicial, el abatimiento de la extraedad, y el  promedio de 22-23 alumnos por grupo, entre otras. Estos datos también dan cuenta de procesos que merecen ser analizados; tal es el caso de la  baja de los porcentajes de repetición que alcanzó a menos del 3%, y el aumento del ausentismo que llegó al 20%.

    Las reiteradas inasistencias constituyen el dato más preocupante en tanto alcanza los mínimos registros, exceptuando el tiempo de pandemia, donde no hay información comparable.

    El promedio de días asistidos durante 2022 en Enseñanza Primaria fue 152, frente a las 182 jornadas previstas en el calendario oficial. Es el promedio más bajo desde el 2000, peor aún que el del 2009, cuando la gripe H1N1 requirió el cierre de centros educativos. Esto significa que un alumno “tipo” faltó 30 jornadas, correspondientes a un mes y medio de clase. Esta situación es más grave aún en el caso de los alumnos de primer año de las escuelas de Montevideo, donde las ausencias alcanzan las 34 faltas y donde menos de la mitad de los alumnos  (48%) tuvieron “asistencia regular” (máximo 20 faltas). Esto da cuenta de un problema estructural que afecta más a quienes cursan los primeros años del ciclo escolar.

    El mismo indicador en Educación Inicial alcanzó a 133 inasistencias, o sea que cada niño faltó en promedio dos meses y medio, y en los contextos más críticos faltó un día cada tres, agudizando un hecho de larga data.

    La asistencia insuficiente refiere a los alumnos que solo asistieron entre 71 y 140 días lectivos, es decir  aquellos que manteniendo su vínculo con la escuela, “van un día y faltan otro”, que suman dos o tres meses de faltas con una discontinuidad que afecta tanto el aprendizaje como la socialización. En esta situación se encuentran 48.243 alumnos que representan el 20% de los escolares de Educación Primaria, casi el doble de los 25.995 que habían quedado en 2019. Aún más insuficiente fue la asistencia en primer año, donde uno de cada cuatro alumnos (25,5%) asistió 140 días o menos a la escuela.

    La asistencia insuficiente se ordenó estrictamente según el contexto de la escuela: en las de entorno más crítico (quintil 1) casi un tercio de los alumnos están en esa situación, en el extremo opuesto (quintil 5) solo uno de cada 10 niños tienen ausentismo grave.

    Según la categoría de escuela, los datos son consistentes: las escuelas Aprender, ubicadas en contextos de pobreza y con una jornada de 4 horas, registran un 30% de alumnos “faltadores”, mientras que en el resto de las instituciones, aun en las de Tiempo Completo que tienen fuerte presencia en entornos críticos, es el 15% de alumnos que registra asistencia insuficiente.

    En el Nivel Inicial, la mitad de los alumnos faltaron más de 40 días, y de ellos un 5% abandonó, siendo el pasado el año de mayor ausentismo en décadas.

    La repetición presentó en los últimos sesenta años una tendencia consistente a la baja, “disminuyó del 26% en 1963 al 11,7% en 1991 (…) existiendo una alta relación entre baja asistencia y pobre desempeño…” (PRIS, OPP, 1994). Tendencia que hasta 2019 continuó con un mínimo de 3,5% basado en un promedio de 160 días de asistencia y la ampliación del tiempo pedagógico. Los años 2020 y 2021, con pandemia y no presencialidad, interrumpen la secuencia y la repetición aumentó.

    En 2022, se registró un mínimo de repetición, fueron apenas 6.917 los alumnos que repitieron el curso (2,8%), lo que contrasta significativamente con los 50.000 escolares que registraron asistencia insuficiente o abandono.

    En primer año los niños faltan más y repiten más (9,4% en 2019). En 2022, con mucho más ausentismo y abandono (sumados son 26,7%), se registra un mínimo de repetición: 7,8%, reiterando una contradicción de los indicadores que hacen más que dudosos los criterios empleados

    El Reglamento de Evaluación (Codicen, Res. 3305, Art. 6)) dice que para el estudiante que requiere recursar, “la ampliación de los tiempos y las intervenciones (…) ofrecen más y mejores oportunidades de aprendizaje”. Criterio auspicioso y compartible, pero que se niega a los alumnos de 1°, 3° y 5°; ya que es una oportunidad reservada solo para algunos grados escolares.

    El resumen es grave: 2022 registró el mínimo de días asistidos en décadas y duplicó los escolares con asistencia insuficiente respecto a los 20 años anteriores a la pandemia. Estos datos son peores aún en los grupos más pobres, en las familias con menor capital cultural, al comienzo del ciclo escolar en los centros de tiempo simple (4 horas) y en el área metropolitana. Es decir, quienes más necesitan de la escuela son quienes menos asisten.

    Estas cifras (concluyentes y oficiales) parecen no impactar en la promoción, lejos de ello y de los conceptos que enuncia la propia ANEP, la repetición se reduce a mínimos históricos, sin explicación razonable.

    Alguna explicación del aumento del ausentismo

    El ausentismo es para muchos el principal problema que enfrenta la escuela pública. A fines de los 90 algunos estudios cualitativos identificaron las condiciones sociales más frecuentes en los alumnos con más inasistencias: 80% vivían en hogares con necesidades básicas insatisfechas, con bajo nivel educativo, precaria inserción laboral del jefe de familia, hogares numerosos y con hacinamiento. También se evidenciaba que muchos jefes de hogar no percibían como frecuentes las faltas del niño, asistían excepcionalmente a las reuniones; la mayoría justificaba las ausencias por razones de salud, situaciones climáticas o falta de transporte y en general mostraban desinterés ante las reiteradas inasistencias.

    Quince años después el Consejo de Primaria y Unicef desarrollaron otro estudio centrado en alumnos de Educación Inicial, encontrando respuestas similares y una débil percepción de la obligatoriedad de la escolarización. Esto determinó que el CEIP definiera como estrategia convocar “a la escuela todos, todos los días”, que impulsara diversas acciones como retención de la asignación familiar ante casos de ausentismo, campaña Cero Falta y resoluciones como el Protocolo de seguimiento y actuación para garantizar el derecho a la educación (Circ. 31/2014) con las que se alcanzaron mejoras, aunque no se logró resolver definitivamente el problema.

    La Administración instalada en 2020 afrontó la pandemia y el decreto de interrupción de los cursos, la no presencialidad devino en una práctica necesaria durante meses. Esta se transformó en opcional luego a partir de la resolución de Codicen (N° 4 del 17 de marzo 2021) que “estableció que no será obligatoria la asistencia presencial de estudiantes matriculados en educación inicial, primaria y media a los centros educativos…”. Lo opcional instaló un hábito. Dos años de asistencia irregular desandaron un siglo y medio de obligatoriedad legislada y aceptada.

    Los años 2020 y 2021 con una media total de 180 días de clase y una asistencia irregular justificada en riesgos sanitarios y temores entendibles debilitaron significativamente una cultura de la asistencia obligatoria característica de la escuela pública.

    Sin embargo, no solo fueron las decisiones relativas a la pandemia las que erosionaron el concepto de la obligatoriedad; la Ley de Urgente Consideración en su artículo 127 derogó la responsabilidad de los adultos referentes de “inscribirlos en un centro de enseñanza observando su asistencia y aprendizaje”, remitiéndose a la obligatoriedad genérica del Art. 70 de la Constitución. La inexcusable eliminación de un texto que prescribía el alcance de la escolarización, la hizo más genérica y laxa.

    Igual sentido de “permisividad” se instala cuando en agosto del año pasado el Codicen anuncia públicamente la eliminación de la repetición en primero, tercero y quinto. Estos grados concentran el 70% de la repetición, y primer año en particular ostenta los porcentajes más altos de faltas y de repetición. Se impuso así en los hechos la promoción automática en esas clases, que desatiende situaciones personales, opiniones profesionales, trayectoria escolar y asistencias del estudiante.

    Estas “señales” impactan en todos los niveles socioculturales, pero ese impacto es más grave en aquellas familias en peor situación y que aún antes de estas medidas ya presentaban mayor ausentismo. Una asiduidad “en retirada”, no obligatoria para la promoción, debilita el sentido de la Escuela Pública, el alcance del derecho humano fundamental a la educación…”; eludir la obligatoriedad sería garantizar el derecho a la ignorancia”, decía Varela en La educación del pueblo. Admitir una escolaridad “intermitente”, socialmente estratificada, profundiza grietas y se asemeja a un “pase social” reglamentado por intereses políticos, o a una permisividad que alienta actitudes abandónicas donde el “interés superior del niño” queda por el camino.

    Mtro. Héctor Florit

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