N° 1700 - 07 al 13 de Febrero de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa gran aventura de Wagner en las presurosas provincias de la ruptura no parece comenzar con Rienzi, todavía atrapada en ademanes tradicionales de orquestación, aunque ya avisando nuevos timbres y combinaciones. El punto de partida sin duda es Der Fliegende Holländer, que puede verse, tal vez, como un directo tributo a Weber pero también como una insinuación de lo que vendría enseguida: obtener la identidad sin fisuras entre la voz y los instrumentos, entre la melodía y el contenido de la poesía, entre la respiración humana y las modulaciones del complejo ajedrez de las armonías.
Sin embargo, texto y música no buscan trepar más allá de ciertos golpes teatrales, no son ambiciosos, no se sostienen todo el tiempo, no ahondan. En cambio Tannhäuser sí que es un salto en la literatura y por lo tanto en la música; allí el tema obliga a un tratamiento sostenido del espíritu trágico que no admite anticlímax o variaciones de ánimo, sino que todo el tiempo está reclamando en la conciencia y en el destino. Trata, nada menos, que del pleito que se libra en el alma de un hombre, el caballero cantor Tannhäuser, también llamado Heinrich Ofterdingen, entre el goce y la contrición, entre las facilidades narcóticas del mal y las exigencias del recto camino.
La historia tiene base en una antigua leyenda medieval que fuera remozada por Heine, y nos habla exactamente de un joven trovador de Turingia que habiendo abandonado la vida virtuosa y a Isabel, la amada, se ve a sí mismo miserable y librado a las terribles persecuciones de la conciencia culpable, alguien que desesperadamente quiere regresar al buen camino, a los afectos sinceros, al servicio a Dios. Pero no es tan fácil: está en los brazos de Venus, habita en una corte de vicio, de materialismo, de autocomplacencias sin límites. Por eso, queriendo reformarse, viaja a Roma a implorar perdón al Papa: “Llegué a Roma junto a la Santa Sede; prosterneme orando al dintel del Santuario; amaneció; doblaron las campanas, resonaron celestes cantares, el mundo, en el fervor de su júbilo, estremeciose de alegría, esperando la gracia y la salvación ofrecidas. Vi a aquel que representa a Dios en la tierra; todos los fieles hincaron ante él la rodilla en el polvo; vile otorgar el perdón a millones de pecadores, indicándoles luego que se levantasen absueltos y gozosos. Después me acerqué; inclinada la frente al suelo, acuseme, golpeándome el pecho, de las criminales voluptuosidades que sedujeron mis sentidos, del deseo que ninguna mortificación había apaciguado aún; le imploré, le rogué que me libertase de estos lazos abrasadores, y él me dijo: ‘Si compartiste el criminal deleite, si inflamaste tu corazón en el fuego del infierno, si estuviste en el palacio de Venus, condenado estás sin remisión. Así como este báculo que en mi mano ves, ya no volverá a adornarse de fresco verdor, así tú, en la infernal hoguera, no verás ya florecer para ti la salvación’. A estas palabras caí sin sentido, anonadado, exánime” (Richard Wagner, “Obras Escogidas”, Edicomunicación, 1999, págs. 57-58). Frente a eso, en la cúspide de su desesperación se resigna a caer nuevamente en la cueva subterránea de Venus (“A ti vuelvo, pues, oh tierna Venus; a ti me atrae el hechizo de tus encantadoras noches; a tu corte voy, donde tu belleza me sonríe por toda una eternidad!”) pero su buen amigo Wolfram lo ataja y le recuerda a su querida y piadosa Isabel, que todavía lo puede salvar, que lo espera. Para Tannhüaser la mención de ese nombre sagrado (Wagner se inspiró en Santa Isabel de Turingia) actúa con la velocidad e intensidad de un relámpago y se compromete, desde entonces, a llevar una vida honrada. Pero la tragedia, como se sabe, juega con la impuntualidad; los hechos ocurren en ella un instante más tarde de lo necesario: cuando Tannhäuser va en busca de Isabel ve llegar al coro de los piadosos que anuncian la muerte de la joven, que vienen con su cadáver y lo depositan frente a sus ojos. Abrumado por el dolor y el remordimiento comprueba que su tosco bastón milagrosamente reverdece, según la anunciada señal. Lo que en rigor ocurrió es que Isabel, al igual que Beatrice Portinari, llegada al cielo, previsiblemente intercedió para que a su amado le fueran perdonados sus pecados.
Ha de saber el lector que ese tránsito por las diversas provincias del alma desde las oscuras cavernas de la pérdida hasta la conciencia doliente de la culpa enfrentada con hombría, con gratitud y con devoción; ese viaje al modo de Dante de lo tenebroso a lo luminoso es como si fuera una sola nota, una sola palabra, un solo gesto en la composición de Wagner. Quiere el hechizo de esta obra que una vez que se está allí, se es eso; no hay lector, no hay espectador; solamente Tannhäuser y su destino, que es universal.