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Si vemos la obra de Fito Páez como una línea de tiempo —que ya araña los 40 años— no hay dudas de que El amor después del amor es la cima absoluta. En 1992 el cantautor argentino venía en un crescendo de grandes discos, desde su ópera prima Del 63, pasando por Giros, La la la, Ciudad de pobres corazones y Ey!, hasta llegar al formidable Tercer mundo. Pero El amor… es la obra cumbre no solo porque es el disco más vendido de la historia argentina. No solo por los mil discos de oro y platino y los premios que ganó. No solo porque más de la mitad de sus 14 canciones son hitazos. No solo por la cuantiosa cantidad de público que desbordó teatros y estadios en su estreno (35.000 personas en 10 Gran Rex seguidos en Buenos Aires, 20.000 en Montevideo, en el Centenario, en diciembre de 1993). El amor después del amor es un clásico de clásicos por la superlativa calidad de su música. Es un álbum sin un solo tema malo, de relleno, de esos flojones que suelen acompañar a los pesos pesados. Literalmente, no tiene desperdicio. Conceptualmente, es una obra maestra por sus melodías inolvidables, misteriosamente magnéticas sin caer en esa cosa de dudosa valía dada en llamar pegadizo. La inspiración y riqueza poética de sus letras, que se corean en forma instantánea, es apabullante. La producción, adelantadísima a su época, es un prodigio de buen gusto en los arreglos y de perfección técnica en la grabación y mezcla. Es una sinfonía pop-rock que, tres décadas después, con toda el agua que ha pasado bajo el puente, sigue sonando contemporánea. La instrumentación clásica está sabiamente combinada con elementos que en aquel entonces eran de vanguardia y fueron diseñados con admirable visión de futuro.
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El amor… es el clímax de la obra de Fito sencillamente porque nunca más volvió a reeditar esa proeza. Ninguno de los 20 discos de estudio ni los cuatro en vivo que publicó en estos 30 años (sí, 24 discos en 30 años) le llegan a las rodillas. Circo Beat, el siguiente, el más autobiográfico y beatlero de su carrera, tiene su touch de gloria, como dice el tema que le da nombre, y aportó un puñado de clásicos a su repertorio. De ahí en más, algún chispazo en Abre, otros en Rey Sol, Euforia y Naturaleza Sangre, alguna buena línea en Canciones para aliens, Rock and roll revolución, La ciudad liberada y en su reciente trilogía. Por todo esto es que Páez celebra cada aniversario redondo de El amor después del amor por todo lo alto. Cuando cumplió 20 años llenó el Velódromo y ahora, con El amor 30 años después del amor agotó tres Antel Arena. Metió 30.000 personas en tres noches, la bestia.
La escala montevideana de este formidable autotributo fue una fiesta. Para la mayor gira que ha emprendido en su carrera, Fito armó una señora banda en torno a su piano de cola capaz de interpretar el álbum tal cual fue grabado. Bajo, bata, viola eléctrica y acústica, cuerda de tres bronces, teclados y una corista femenina (Emme), que si bien no llegó a la brillantez de Claudia Puyó y Fabi Cantilo, cantó lo suyo. Hubo algunas novedades en los arreglos pero en su mayoría las versiones fueron fieles a las originales. La primera mitad del show emuló el disco íntegramente y en el mismo orden.
El comienzo calmo, con el tema homónimo y su amalgama de sintetizadores sobre la base programada digital, con las primeras líneas algo dubitativas mientras el ingeniero de sonido acomodaba la ecualización, y la primera explosión de júbilo en la coda final del tema. En Dos días en la vida obviamente extrañamos la voz de Cantilo, pero de todos modos Emme logró encender a la multitud. El público coreó gran parte de las letras y se mantuvo de pie durante los temas más bailables —o bien más rockeros— como Tráfico por Katmandú, Tumbas de la gloria, La rueda mágica, Brillante sobre el mic y A rodar la vida. Emoción, emoción y más emoción en el Antel Arena. En otros, más calmos y melódicos, volvió al asiento, pero sin que se redujera la tensión de ese hilo invisible que une al intérprete con su audiencia. Así, las hermosas baladas La Verónica, Pétalo de sal, Un vestido y un amor (la Yesterday del rosarino) les pelearon de igual a igual a las más “movidas” en el aplausómetro. También fueron muy coreadas y celebradas canciones pop de aires literarios y melancólicos, como esa oda al pedal wah-wah llamada Sasha, Sissi y el círculo de Baba y Detrás del muro de los lamentos, donde Fito saca a relucir la veta folclórica que trajo de Rosario y que ha mantenido siempre.
Y ambas cosas (calma contemplativa y éxtasis festivo) sucedieron en Creo y Balada de Donna Helena, las dos canciones con mayor amplitud estilística del disco —un rasgo evidentemente heredado del Charly de Serú— que comienzan suaves, sutiles, delicadas, van creciendo en su intensidad y terminan en sendos orgasmos rockeros y el estadio entero coreando De alguna forma nena vas a salir y Todo lo que toca se le esfuma, se le esfuma, se le esfuma ieieieieie…
El despliegue de la banda fue arrollador. Un festival de vigor y calidad interpretativa. Solo cabe señalar que, si bien Páez conserva su caudal vocal y su garra rockera, a los 59 no tiene más remedio que bajar la altura de los temas entre uno y dos tonos para no romperse la gola. Ya sabemos, McCartney hay muy pocos.
La fiesta siguió después del intervalo. En las dos primeras noches Fito dedicó a la memoria de Pablo Milanés una versión de Para vivir, mientras que el martes 29 invitó a su amigo Hugo Fattoruso, a quien definió como su maestro y con quien interpretó una versión al piano de Giros bastante desprolija, hay que decirlo. Igual se la perdonamos porque de inmediato hicieron un extraordinario solo tanguero instrumental, con Fito al piano y Hugo tocando el acordeón en modo bandoneón, que les valió una ovación de pie.
Luego, Fito se dedicó a jugar y cobrar con una playlist de greatest hits como El diablo de tu corazón, Al lado del camino y Circo Beat y verdaderos himnos como 11 y 6 (lágrimas en muchos rostros), Fue amor (¡qué temazo, por Dios!) y Ciudad de pobres corazones, toda la furia del mundo en seis minutos. El sábado 26 tocó Yo vengo a ofrecer mi corazón, otra de sus plegarias hechas canción. Para los bises, Dar es dar (para quien escribe la mosca en la sopa de este concierto) y el cierre apoteósico con Mariposa tecknicolor, mientras se proyectaba la vida de todos bajo el sol de una noche escrita en 1992.