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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl día 20 de setiembre de 2023 quedará marcado en el calendario armenio como el día en que la nación perdió nuevamente una parte estratégica de sus territorios ancestrales. El ejército de la dictadura azerbaiyana, con el apoyo de la genocida Turquía y armada inmoralmente por Israel, tras desencadenar la guerra de los 44 días en el 2020 y luego someter a un bloqueo de más de nueve meses a los 120.000 habitantes de Artsaj, inició un ataque a gran escala que “obligó” a la rendición de la parte armenia.
Resulta muy claro que, para Armenia, mantener una situación de guerra en todas sus reglas frente a Azerbaiyán por retener el dominio de Artsaj implicaba un riesgo que podía ser evaluado como un “riesgo existencial”. En caso de un conflicto abierto, donde Artsaj ya estaba considerado por la comunidad internacional dentro de la integridad territorial de Azerbaiyán, ya que la representación de los armenios de Artsaj había sido excluida de las negociaciones desde la Cumbre de Lisboa en 1996, con el visto bueno de Rusia, solo significaba que Armenia ya no contaría con Rusia para la defensa de Artsaj y que a lo sumo buscaría un estatus especial para los armenios dentro de la administración azerbaiyana.
Durante los 32 años de existencia de la República de Artsaj (Nagorno Karabagh) ningún país del mundo consideró seriamente la posibilidad de reconocer oficialmente a la novel república y muy pocos se plantearon con convicción reconocer el derecho a la autodeterminación del pueblo. Para Armenia el reconocimiento de la República de Artsaj significaba claramente una declaración de guerra contra Azerbaiyán y casi de seguro una intervención más resuelta de Turquía, lo que pondría en riesgo la propia seguridad e integridad de la República Armenia.
Si bien ambos conceptos jurídicos deberían ser considerados en pie de igualdad verdaderamente esto nunca ocurrió. A decir verdad, casi a ningún país del mundo le interesa hacer prevalecer el derecho a la autodeterminación por sobre la integridad territorial, ya que eso conducirá a eventuales reclamos de grupos minoritarios dentro de sus propios Estados nacionales.
A modo de ejemplo, los mismos estados que conforman el grupo de Minsk de la OSCE (Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa), Estados Unidos, Francia y Rusia, que mediaron por casi 30 años para la resolución pacífica del conflicto, tienen sus propios movimientos separatistas. Sumado a que países como Rusia, Turquía, Estados Unidos, Reino Unido y la propia Francia son los principales socios de Azerbaiyán en la extracción petrolera azerí sin contar que Israel le compra el cuarenta por ciento del petróleo que consume. Estos factores hacen que el reconocimiento de la independencia de la muy pequeña república de Artsaj solo fuera una expresión de deseos y nunca una realidad posible.
Enroque simultáneo: ¿Turquía se va con Rusia y Armenia con Occidente? El actual primer ministro de Armenia, de profesión periodista, denunciaba desde antes de acceder al poder, en sus editoriales, la corrupción y nepotismo en el gobierno armenio, razón por la cual fue arrestado y preso entre 2009 y 2011 y posteriormente liberado por una amnistía tras una serie de protestas ciudadanas en la capital. Llega al gobierno en el 2018 apoyado fuertemente por los sectores más jóvenes de la sociedad, prometiendo reformas democráticas y económicas, y como tema de fondo se propuso una revisión de las relaciones internacionales con Rusia. Muchos dentro y fuera de Armenia lo ven como un operador de Occidente y no falta quienes expresan que con él ha comenzado el proceso de liberación de Armenia de la Federación Rusa y que esto sería imposible sin el apoyo de Occidente.
Por otro lado, Turquía nace, luego de la Primera Guerra Mundial, como república, con el firme apoyo económico, militar y concesiones territoriales (territorios que pertenecían a Armenia) de la también naciente Unión Soviética, para luego, en la Segunda Guerra Mundial, pasar a ser socio de Occidente, incorporándose al Plan Marshal y la doctrina Truman, cuyos objetivos eran paradójicamente evitar la propagación del comunismo mediante ofrecimiento de préstamos económicos y bases militares.
Ahora volvió a mirar hacia Rusia y en el 2019 concretó la compra de sistemas de misiles rusos, complejizando sus relaciones con Estados Unidos y sus socios de la OTAN. En realidad, Turquía se benefició primero de bienes derivados del genocidio de los armenios de 1915, luego de la inmensa ayuda brindada por los nuevos gobernantes revolucionarios de Rusia, y más tarde del apoyo de Occidente. Ahora parece reiniciarse ese ciclo. Occidente es muy hábil organizando revoluciones de colores.
Tras la revolución de terciopelo a principios de 2018, el nuevo gobierno de Armenia comenzó efectivamente un paulatino alejamiento de la esfera rusa y ya para noviembre de 2019 el gobierno de Pashinian suscribió el Acuerdo de Asociación Integral Ampliado con la Unión Europea.
A finales de octubre de 2018 el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, John Bolton, realizó una extraña visita a Ereván, capital de Armenia. En esa visita el asesor expresó que “Armenia y Azerbaiyán deben encontrar un acuerdo satisfactorio para la cuestión de Nagorno Karabagh; una vez que esto sucediera, se abrirá la frontera entre Armenia y Azerbaiyán”. Luego agregó: “Creo que casi seguro la frontera turca se abrirá”.
A esto debemos sumarle la visita de Nancy Pelosi, aquella que rompió el discurso del presidente Trump en plena sesión. Mientras Armenia avanzaba en su acercamiento a Europa y Estados Unidos, Rusia ya estaba involucrada militarmente en Siria, al mismo tiempo, se deterioraba gravemente su relación con Ucrania, prácticamente por las mismas razones que con Armenia, y era sometida a sanciones económicas por parte de Occidente.
El primer ministro de Armenia, Nikol Pashinián, se plantó frente a Rusia al negarse a firmar la declaración final de la cumbre de la postsoviética Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) debido a su falta de apoyo durante su conflicto con Azerbaiyán, incluida la guerra de 2020 por el control del enclave armenio de Nagorno Karabaj. La molestia en Rusia fue tal que el portavoz de la petrolera rusa Rosneft, Mikhail Leontyev, expresó que “Armenia fue una carga para Rusia desde el principio” y agregó que si Pashinián quisiera que Armenia siguiera su propio camino, “sería más fácil para nosotros”. Para rematar, Armenia acaba de aprobar el Estatuto de Roma, con lo cual las autoridades de Armenia deberían detener a Putin en caso de pisar suelo armenio.
Conclusiones. En función de estos y otros antecedentes que por cuestión de espacio no planteamos, resulta claro, al menos en apariencia, que desde la asunción como primer ministro de Armenia el Sr. Pashinián tenía como norte una agenda prooccidental; quedará por saber si propia o propuesta por Occidente y ejecutada en lo que compete a la parte de Armenia por su gobierno. Lo cierto es que la sociedad armenia lo ha mantenido en el poder aun perdiendo una guerra y habiendo sorteado un golpe militar.
La fuerza política del primer ministro continúa siendo la mayoritaria. De ser así, se explicarían las propuestas de reconocimiento mutuo de la integridad territorial de Armenia y Azerbaiyán, cuyo costo sería la entrega del territorio de Artsaj y las ganancias, preservar la vida de los 120.000 armenios, el compromiso de Occidente de velar por la seguridad física de la República de Armenia y una eventual apertura de fronteras que permita a Armenia romper el aislamiento económico a la que está sometida por Turquía y Azerbaiyán, como lo expresó el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, John Bolton, en 2018.
Las preguntas que se imponen son: ¿Turquía y Azerbaiyán se conformarán con estas concesiones? En caso contrario, ¿Occidente será capaz de contener estas ambiciones? En caso de necesidad, ¿serán capaces de garantizar la seguridad de las fronteras de Armenia? Lo cierto es que la sociedad armenia está cansada de las guerras y aspira a una democracia que le permita una mejora en el bienestar social y económico.
Daniel Bedouny Mekhjian