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    El otro tampoco miente

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2172 - 5 al 11 de Mayo de 2022

    Es bastante obvio que uno tiene las ideas que tiene porque las considera mejores que otras. Quiero decir, si uno pensara que otras ideas son mejores que las propias, seguramente abandonaría estas y se plegaría a esas que le parecen mejores. Entonces, cada vez que intervenimos en la charla pública lo hacemos en la convicción de que nuestra perspectiva es mejor que las otras. Sin embargo, de ahí no debería deducirse que esas otras perspectivas son menos leales con el asunto que intentan explicar o entender. Trataré de explicarme.

    Cuando uno considera que las ideas que presenta en la charla pública son mejores que otras, lo hace antes que nada con la convicción de creer en ellas. Es decir, las presenta teniendo un trato leal con uno mismo, con las convicciones propias. No es que las sostenga por mero oportunismo, porque le conviene a su partido favorito en determinada coyuntura. O, por poner un ejemplo un poco más extremo, porque sostenerlas le permite obtener un beneficio de alguna clase. Si presentamos nuestras ideas en la charla común, es porque creemos sinceramente en ellas.

    Esa sinceridad que uno está seguro de tener con las ideas propias es la base de cualquier intento de discutirlas y ponerlas en contraste con otras distintas. Por eso, para que ese contraste tenga sentido y pueda ser efectivamente un intercambio de ideas, es necesario creer que las ideas que no son nuestras y que consideramos peores responden a la misma lógica interna: quienes las sostienen creen sinceramente en ellas y por eso las plantean.

    Por supuesto (y antes de que me llamen frutillita) esto no equivale a creer que quien presenta esas ideas que no nos gustan no tiene una agenda propia o unos intereses que eventualmente podrían perjudicarnos. Pero sí quiere decir que ese es el trato que tenemos que darles a esas ideas, si queremos que nuestra lealtad, nuestra honestidad intelectual digamos, esa que estamos convencidos de tener, sea considerada en el debate. No podemos suponerle al rival ideológico peores intenciones que las nuestras. O sí podemos, pero de ninguna manera esto debe ser parte del argumentario o del debate entre distintos. Porque cuando eso ocurre se entra en una suerte de “política de las intenciones” que supone romper con aquello que planteaba Jürgen Habermas en su clásico Teoría de la acción comunicativa. Esto es, dejar de reconocerle al discurso del otro las mismas pretensiones de validez que tiene el nuestro.

    ¿Qué pasa cuando eso ocurre? Que el otro se convierte en un inmoral, en un mentiroso que tiene una agenda oculta que muy seguramente esté diseñada para perjudicarme, aunque él diga explícitamente lo contrario. Se abandona allí la lealtad de la charla, se moraliza el intercambio (yo soy honesto, él no, por eso mis ideas son mejores que las suyas) y en consecuencia se dejan de discutir ideas para empezar a discutir sobre la estatura moral del otro, del mentiroso y su agenda oculta. Esto dispara un problema idéntico en sentido inverso: si yo no puedo confiar en las razones que el otro esgrime, ¿por qué habría él de confiar en las mías? Si yo no creo en su lealtad hacia su propio argumentario, ¿por qué debería él confiar en la mía?

    Todo esto, que puede sonar embolante y abstracto, en realidad está detrás de casi cada descalificación que se hace del adversario ideológico en la charla política de cada día. Es lo que hace el empresario cuando dice que detrás de una reivindicación salarial sindical lo que hay es otro paso hacia el comunismo. O el sindicalista cuando afirma que detrás de la discusión de ese aumento lo que está detrás es la más feroz explotación, de la mano de los poderes establecidos. Se moraliza la charla, se pasa de lo particular a lo general y se abandona lo terrenal para sumergirse en el terreno de las intenciones no declaradas, no dichas.

    Evidentemente, existen empresarios que pagan malos sueldos y que se niegan a dar aumentos. Tal como existen sindicalistas que sueñan con instalar una Venezuela propia. Algunos, incluso, han llegado a ser líderes importantes dentro de ambos actores sociales. Pero, si el debate entre distintos se basa en las supuestas intenciones ocultas y no en la pragmática de los fríos hechos, se abandona la posibilidad de construir cambios concretos en el mundo real. O por lo menos se la complica mucho. Y es que si yo puedo ser convencido en un debate es precisamente porque las razones de mi convicción se asientan sobre la misma clase de material que las de los otros.

    Obviamente, en un mundo en donde lo más habitual es escupirse insultos a la cara (al menos virtualmente), todo esto puede parecer fútil o inútil. Si la cosa está tan mal como para gritarse mutuamente cosas como “oligarca puto” (esta fue en el Parlamento, no en las redes), “foca imbécil” (esta es en todos lados) u otras lindezas del estilo, ¿qué sentido tiene intentar exponer la lógica que sería deseable guiara los intercambios entre quienes pensamos distinto sobre las mismas cosas públicas? El sentido está en una palabra que he venido omitiendo en todo este argumentario y que es clave para entender por qué sería deseable esa lógica. La palabra es pacíficamente.

    La charla entre iguales que se reconocen mutuamente las mismas pretensiones de validez es el único mecanismo pacífico (y democrático) que hemos encontrado para dilucidar las diferencias. Por supuesto, también conocemos las guerras y las violencias de todo tipo. Pero esas no son formas pacíficas de lidiar con nada. Cuando se deja de reconocerle al otro la posibilidad de que sea realmente leal con sus ideas, que realmente sea honesto en su convicción, casi sin darse cuenta comienza uno a deslizarse por esa pendiente que nos aleja de lo pacífico y nos arrima a lo violento.

    Como recordaba Isaiah Berlin en su Mensaje al siglo XXI, al final todo se reduce a una negociación tan indispensable y necesaria como carente de épica: “Si hemos de perseguir los valores humanos esenciales que nos rigen, es necesario establecer compromisos, compensaciones, medidas para evitar que ocurra lo peor. Te doy tanta libertad a cambio de tanta equidad; tanta expresión individual a cambio de tanta seguridad; tanta justicia a cambio de tanta conmiseración. Lo que quiero decir es que algunos valores chocan entre sí. Los fines que perseguimos los seres humanos están generados por nuestra naturaleza común, pero su exploración tiene que controlarse hasta cierto grado: la libertad y la búsqueda de la felicidad, repito, pueden no ser del todo compatibles una con otra, así como tampoco lo son la libertad, la igualdad y la fraternidad”.

    Reconocerle honestidad al otro es, antes que nada, la posibilidad de reconocernos honestidad a nosotros mismos. Es la posibilidad de lidiar con la diferencia pacíficamente, día a día y en cada ámbito, para producir transformaciones en el terreno colectivo. Es verdad que este método es mucho menos emocionante que las maravillas simples que promueven los populismos. De nosotros depende elegir nuestros pacíficos y austeros intercambios democráticos o ceder a los cantos de sirena.

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