N° 2069 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa primera sensación es descorazonadora: dos fallecidos, decenas de contagiados en casas de salud, cientos en riesgo cierto. La segunda sensación es de profundo desánimo: hay un montón de problemas en un número importante de esas y otras casas de salud, no es solo el Covid-19. La respuesta de los agentes involucrados antes y hoy es, si se puede, un poco peor: vos no lo hiciste y lo tenías que haber hecho, vos dijiste que venías a cambiar y no sabés mover un dedo, vos lo sabías mientras eras gobierno, vos, vos, vos. Uno por otro y la casa sin barrer. De alguna manera, esta situación trágica resume bastante bien cómo operan los partidos políticos cuando salta la perdiz: la culpa es tuya, no, vos lo hiciste peor. Y de cómo la ciudadanía, apiñada al calor de las consignas predigeridas que estos largan al éter, se termina alineando detrás de ellas en vez de preguntarse cómo es posible que eso siga pasando, desde hace décadas, gobierne quien gobierne.
No lo sé a ciencia cierta pero tengo la intuición de que algo tendrá que ver en ese abandono del terreno común, la insistencia en parcelar y diluir las políticas generalistas hasta hacerlas casi invisibles. Es decir, esa idea de que la tarea de un gobierno es atender de manera casi exclusiva los reclamos sectoriales (algunos de ellos históricamente postergados) y correr un manto poco piadoso sobre aquellos que no tienen capacidad de hacer lobby. Atender a la sumatoria de sensibilidades particulares, priorizando aquellas que pueden hacer ruido, en vez de expandir aquellas políticas que buscan la zona de encuentro entre distintas sensibilidades. Una idea de gobierno, la del bien común, que es tan vieja como la de ciudadanía pero que parece haberse lijado hasta ser solo hielo fino. Es lo que ocurría en los gobiernos del Frente Amplio, con su agenda “nuevos derechos” a la carta, que descuidó de distintas maneras el espacio común. Y es lo que ocurre en este gobierno cuando se miran las declaraciones de su ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, quien parece convencido de que debe actuar como correa de transmisión de las demandas de “los suyos”, en vez de plantarse como el articulador y negociador en pro del bien común que debe ser y por lo que cobra el sueldo.
“La presidenta de la FUS indicó que desde principios de marzo se había solicitado una entrevista con el ministro de Salud, Daniel Salinas, con el objetivo de que se dieran garantías en las condiciones de trabajo y de salud a los funcionarios”, leo en una nota de El País. La preocupación de la FUS no es tanto la situación de las casas de salud como que existan “garantías en las condiciones de trabajo y de salud a los funcionarios”. Ojo, es natural que así sea: es una federación de trabajadores de la salud, expuestos en esta pandemia, no es el gobierno ni son familiares de los ancianos que viven en condiciones deplorables. Es decir que del lado de los sindicatos tampoco tiene sentido esperar demasiado en pro del bien común, ya que estos velan por los intereses de sus afiliados, que no tienen por qué ser los del conjunto de la ciudadanía.
Así las cosas cabe preguntarse: ¿quién vela entonces por ese bien común en estos casos? Un bien común cuya definición debe incluir, sí o sí, a los ancianos que viven en esas casas de salud. ¿Quién gobierna para el ciudadano que no está alineado con los que hacen ruido o con quienes tienen poder de incidir? ¿Es aceptable asumir los plazos que tienen hoy y desde hace décadas los procedimientos legales para que todas las casas de salud que operan cumplan con no denigrar a quienes viven en ellas? No viene mal recordar que se gobierna para la ciudadanía toda y, muy especialmente, para la parte de esta que tiene más desventajas y dificultades a la hora de alcanzar unos mínimos acordes con los derechos humanos.
Lo cual nos lleva al Instituto de Derechos Humanos (Inddhh) y su reciente comunicado: el organismo viene recomendando al Estado tomar medidas respecto a las casas de salud desde 2014 y su última resolución sobre el tema es del 13 de marzo pasado, cuando se anunciaron los primeros casos de Covid-19 en el país. En ese último comunicado se recomendaba, otra vez, que el Estado “fortalezca el sistema de controles, inspecciones y habilitaciones para que en los establecimientos se garanticen los derechos de las personas adultas internadas”. También que el Estado uruguayo debe cumplir con “las obligaciones que asumió al ratificar la Convención Interamericana sobre Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores”.
El Inddhh apunta que sus recomendaciones las ha dirigido desde hace seis años sobre todo al Ministerio de Salud Pública y al Ministerio de Desarrollo Social, que son quienes tienen las competencias, y que “no se puede afirmar que se hayan adoptado, a la fecha, medidas permanentes y eficaces para atender a los lineamientos generales de estas recomendaciones”. ¿De qué manera decir que el problema viene desde hace seis, 14 o 45 años mejora la calidad de vida de las personas institucionalizadas en esos lugares? ¿De qué sirve, más allá de la constatación del horror, tener un Inddhh que da recomendaciones que se pierden como lágrimas en la lluvia? ¿De qué sirve votar leyes que generan un efecto placebo y que a veces no llegan a ser siquiera un reglamento, no digamos ya a ser fiscalizadas en su aplicación para ver si hacen lo que dicen?
Hace unos años, molesto con cierta vanidad progresista que se declaraba encantada de conocerse solo porque las cosas parecían ser de determinada manera progre aunque la realidad siguiera ahí, tozuda, hice una columna rapeada que llamé El país de como si. En ella decía: “Los problemas del país de como si arrancan con las diferencias entre el país que debe ser y el que realmente es. Comienzan cuando esas diferencias viajan hacia el polo negativo y el país que realmente es resulta más difícil, más furioso, más complejo, más dudoso que el país que debe ser”. Esa columna no hablaba específicamente de las casas de salud ni de nada de lo que ocurría entonces y ocurre hoy en ellas. Hablaba de cómo la idea de tener buenas leyes que no se aplican o se aplican tarde y mal, termina siendo una variante, costosísima en términos sociales, del pensamiento mágico infantil: ya votamos la ley, ya cumplimos. Y su variante Inddhh: ya tenemos el organismo, estamos salvados aunque no le demos pelota a las recomendaciones que viene haciendo desde hace años.
¡Votemos una nueva ley! ¡Reformemos la Constitución! ¡Creemos un consejo que estudie la creación de un consejo que discuta cómo se deben crear los consejos que debaten cómo cambia la vida de los ancianos en las casas de salud! Total, las recomendaciones no serán atendidas, la ley nunca bajará hasta el mundo real ni afectará la vida de las personas reales, los consejos seguirán en su rosca de dar de comer a quienes los integran pero sin cambiar la realidad de quienes se suponen son el objeto de sus desvelos. El país de como si, reloaded. De nosotros depende no vivir en el día de la marmota. Ahí tenemos una linda tarea para cuando pisemos la calle nuevamente.