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    El reinado de Tabaré Segundo

    La nación charrúa anda medio alborotada en estos días.

    La indiada, dividida en grupos, subgrupos, etnias, subetnias, facciones y subfacciones, deambula por tierras y caminos, profiriéndose injurias, y prometiendo venganzas y ajusticiamientos los unos a los otros.

    Tras el alejamiento, hace unos meses, del viejo cacique Pepemují, quien tras ganar el Premio Nobel de la Desprolijidad se retiró a sus rancheríos en Rincón del Cerro, el indio que asumió el liderazgo de la nación charrúa fue un hermano mellizo de Tabaré Primero, que fue cacique entre 2005 y 2009.

    Como ocurre con frecuencia entre dos hermanos mellizos y gemelos, es difícil identificar físicamente a uno del otro, pero sus personalidades pueden ser bien diferentes.

    Tabaré Primero era firme, determinado, verticalista, aunque medio divagado en sus ideas políticas.

    Tal vez por tener algunos asesores medio despistados, cometió una serie de errores en su gestión, en particular en lo que tiene que ver con la educación de los indios chicos, cuyos resultados venían siendo cada vez peores, sin posibilidades de mejorar.

    En lugar de proponer modificaciones a las técnicas de enseñanza y fijar resultados a los indios educadores, fuertemente influido por la etnia piseneté, Tabaré Primero promovió en su mandato un famoso Congreso Nacional de Educación, del que surgió el texto de una desastrosa Ley de Educación, que la indiada parlamentaria de la etnia brazoenyesadé votó con alegría sin tener demasiado en cuenta lo que estaban haciendo. Dicen incluso que el cacique ni la leyó, haciendo confianza en sus entonces íntimos amigos, los indios pisenetés.

    Esta perversa ley le infiltró al Codicen y a los Consejos Desconcentrados una troja de indios educadores, nombrados a dedo por los pisenetés, que pasaron a dominar la escena.

    La educación de la nación charrúa se vio agitada por una indiada insaciable que lo único que pedía era plata, sin aceptar ni siquiera discutir alguna mejora en la desastrosa educación de los indios chicos, que se volvían cada vez más brutos.

    El interminable y caótico reinado del cacique Pepemují no hizo sino mantener el caos en el nivel proporcional a la desprolijidad y el desorden impulsado por este indio viejo, despistado, demagogo e ineficiente.

    Este año asumió como cacique Tabaré Segundo (cuya única diferencia física con su gemelo es que tiene los dos párpados a la misma altura, mientras que su hermano mellizo tenía siempre uno a media asta) y de entrada pareció que todo se encaminaba.

    Tabaré Segundo arrancó pisando fuerte, y designó al día siguiente de su coronación a todo el consejo de indios ministros, sin consultar no digamos ya a la oposición (a la que tal vez no consultó porque no supo dónde encontrarla), sino tampoco a su propia etnia, los frentamplé, indios complicados y terriblemente enfrentados entre ellos, váyase sabiendo.

    De entrada, seguramente aconsejado por el brujo de las finanzas, el indio Astoritú, mandó bajar todos los gastos públicos y comenzar una etapa de austeridad.

    Como primera medida, mandó suspender las obras del templo que se estaba edificando en honor a la diosa Antelarenacose, una deidad rubia que los indios adoraban, seguramente por su dulzura y simpatía, según decían quienes habían tenido la dicha de conocerla antes de que un hechizo la transformara en la bruja Carolinusa, castigándola con un puesto en el gabinete indoministerial.

    La diosa Antelarenacose había sido especialmente adorada por la subetnia de los avisoté, un grupo de indígenas muy creativos, encargados de publicitar los éxitos y las maravillas de la gestión de gobierno.

    Pero la primera sospecha de la bipolaridad del nuevo cacique llegó cuando la subetnia de los sunca, integrante de la etnia piseneté, lo patoteó al cacique y lo obligó a cambiar de idea, y seguir con la construcción del templo.

    Tabaré Segundo se sintió muy mal, pero no lograba despegarse de las presiones de los pisenetés, aunque cada vez juntaba más bronca contra sus conductores, en particular contra el indio Joselopé, que dirigía entre otras cosas las celdas en las que se encerraba a los jóvenes indios jóvenes.

    Alguien le filtró la información de que a los indios jóvenes bandidos aprisionados los trataban con crueldad y dureza, y, tras una denuncia ante los brujos judiciales, Tabaré Segundo logró que metieran presos a un montón de pisenetés, y que al indio Joselopé lo procesaran por andar auspiciando torturas y malos tratos.

    Pero cuando llegó, hace unos días, la Semana de la Nostalgia, que era una semana elegida por los indios educadores para tomársela libre, descansar y salir a hacer aerobics reclamando más guita por caminos y campos de la región, impulsados por los pisenetés, Tabaré Segundo perdió la paciencia y les pidió a sus indios leguleyos que le prepararan un decreto decidiendo la esencialidad de la educación.

    Otra vez se equivocó de asesores.

    Sus brujos de la ley convocaron al espíritu del fallecido cacique del siglo pasado Elbochapaché y sacaron de la cárcel temporariamente en consulta al anciano cacique de facto Goyalvaré. Con el asesoramiento de ambos, produjeron un engendro jurídico que no se mantiene ni con viagra, y el cacique decretó la esencialidad de la educación, cosa jurídicamente tan imposible como decretar la felicidad del mundo.

    Antes de mandar a los indios soldados que otrora recogieron la basura de las calles (cuando se decretó la esencialidad de los servicios de limpieza, por razones de salubridad) a dar clase a las escuelas, Tabaré Segundo olvidó que su hermano había decretado que todas las fechas patria se celebrarían el 19 de junio, y se fue a Florida el 25 de agosto a celebrar el día de la independencia.

    Lo abuchearon hasta los perros cimarrones, lo insultaron, lo silbaron y lo putearon indios educadores, indios enfermeros, indios del montón y cuanto piseneté anduvo por ahí.

    Nunca imaginó tanto bochorno.

    A esta altura el futuro es incierto, y a nadie sorprendería que, después de haber sido tan amigos, volvieran todos a juntarse y decretaran una tregua en esta dura lucha, besándose ahora, pero aprontándose para el próximo enfrentamiento.

    Lo que también es cierto es que, mientras tanto, los indios chicos deambulan por caminos y praderas, sin indios educadores que les enseñen cosas, volviéndose cada vez más brutos e ignorantes, mientras —como dice por la radio el indio Petinaté— “este país se va a la mierda.”

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