N° 1679 - 13 al 19 de Setiembre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáReconozco tres inmejorables fuentes para el relato de batallas, que mencionaré en orden de eficacia: notoriamente Homero en los cantos III, IV y VII de la Ilíada; notoriamente Virgilio, desde el canto VII hasta el canto XI de la Eneida; otra fuente que respeto es Philippe-Paul de Ségur, aquel exacto lugarteniente de Napoleón que retrató el sonido y la furia al final de la campaña rusa; finalmente referencias sensibles de batallas memorables se las debo a la magia perdurable de David Griffith y acaso de Akira Kurosawa. En cualquiera de estos discursos uno siente el temblor del acero, la impaciencia de la sangre, el vigor, la furia de ilotas y caballeros y las fintas y requiebros delicados de los estrategas.
Hay, sin embargo, una cuarta fuente que no siempre tomo en cuenta porque la veo como diluida en el esquema de un asunto mayor y más grave que el de la batalla. Me estoy refiriendo al relato tan vívido, tan estremecedor, tan cercano que realiza el Mensajero del ejército persa ante la madre del príncipe Jerjes. Es casi una insolencia reducir a Esquilo solamente a la condición de narrador, siendo que también y por sobre todas las cosas es el articulador de los dioses en su desconsolado trato con la ambición y con la flaqueza humana. Pero debo hacerlo; debo circunscribir su arte al mero arte de la referencia, debo hacer de cuenta que la agonía y la colisión de conciencias, que la perplejidad del alma no son importantes, y subrayar apenas unas líneas invencibles de “Los Persas”. Quiero decir: nunca estuve tan cerca de una batalla como cuando escuché o leí la relación angustiada del Mensajero, que daba cuenta de la superioridad moral y numérica de los griegos.
En su exposición, el Mensajero cuenta que los griegos estaban en sus naves y súbitamente comenzaron a entonar un ardoroso peán, y parecieron suspender sus remos en el aire. Dice también que ante ese inesperado clamor, el terror se adueñó de los persas: “No era para emprender la fuga que los griegos entonaran ese solemne peán; era para arrojarse a la batalla, llenos de ardor y audacia y el son de la trompeta abarcaba todo el ejército. De improviso dieron la señal; los remos se abatieron y en la rítmica cadencia, azotaron las olas. Avanzan, vuelan y aparecen a nuestros ojos. La armada de los griegos está a la vista íntegra. El ala derecha era la primera, alineada en buen orden. Tras ella se desprende y avanza el cuerpo entero de los navíos y se puede oír la proclama que hacen los capitanes: ‘¡Hijos de Hélade, adelante: salvad a la patria; y a vuestros hijos y esposas y las tumbas de vuestros antepasados! ¡Hoy es la batalla suprema!’ De nuestro lado le responde una algarabía de gritos, en lengua persa. Ya no cabe demora. La batalla se inicia. Una nave helénica clava impetuosa su espolón en una de nuestra armada, dando la señal de abordaje contra una nave fenicia. Empezada la contienda, cada nave se lanza contra la otra. La armada persa resistió, al comienzo del embate, pero, a medida que uno en pos de otro arremeten los barcos de los griegos, lenta y seguramente fueron siendo encerrados en un callejón sin salida. Allí se entrechocaban unas a otras las naves de los persas. Cada espolón de cobre causaba una herida en el otro navío y volaban despedazados al empuje de los remos. Bien regidas las naves de los griegos fueron haciendo un círculo y en ese cenco ahogaron los movimientos de defensa de nuestras naves. Heridos por todas partes los bajeles de nuestra flota, ya no se veía por dónde huir. El mar desaparecía bajo una masa de cadáveres sangrientos; los despojos de los navíos deshechos formaban una capa de solidez horrible. Allá van a remansarse en las costas los cuerpos de los muertos y los restos míseros de las naves. Lo que queda de los navíos bárbaros trata de huir a todo lo que dan sus remos; pero los griegos, anhelosos de destrucción, golpeaban con remos despedazados, y los fragmentos de mástiles, cual si se tratara de atunes o peces escapados de la red. El mar atronó al cielo con el estrépito doliente de los alaridos, hasta que por fin vino la noche y con su rostro sombrío cubrió la amargura de nuestro ejército y nos dejó al fin libres de los griegos victoriosos. ¡Cuánto hemos perdido! ¡Si durante diez días estuviera enumerando lo perdido, estoy seguro que no lograría establecer la cuenta! ¡Nunca —tenlo por cierto— han sucumbido en el espacio de un solo día tal número de hombres!”
Para esto se inventó la literatura; para vivirlo todo; para que nada de lo grande del mundo se pierda en la indolente espesura de los siglos.