El que acuñó esta célebre frase fue el gran constitucionalista argentino Juan Bautista Alberdi.
El que acuñó esta célebre frase fue el gran constitucionalista argentino Juan Bautista Alberdi.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la década de los 70 del siglo XIX, allá por 1876, enfatizando la necesidad de engrandecer su ya enorme país, pero con gente (Recursos Humanos, diríamos hoy en día), pronunció esa frase y agregó que el gobierno debería promover la inmigración europea, especialmente de anglosajones, alemanes, suecos y suizos.
No era tonto para elegir, don Juan Bautista.
En el más enorme Uruguay, en el que desde que yo iba a la escuela en los años 40 del siglo pasado hasta ahora, los uruguayos somos tres millones y medio, y lo seguiremos siendo, ha habido algunas iniciativas interesantes, medio discutibles otras, pero siempre escasas, para poblar la tierra purpúrea con productos importados,
Don Pepe Batlle trajo anarquistas europeos revoltosos, laburantes italianos (en algunos casos coincidían ambas cualidades), españoles y algunos otros “gringos” de diversos orígenes europeos, que pusieron el hombro (y a veces también alguna bomba) y aumentaron la mano de obra disponible, aunque no en forma significativa.
Después pasaron años sin que se registrara algún influjo inmigratorio destacable. Tan solo los judíos europeos que huyeron del Holocausto, que llegaron a sumar hombros y talento en lo que se transformó en su segunda patria, y luego en la propia para sus descendientes. Pero tampoco fueron tantos, como para mover la aguja de la balanza.
Durante su gobierno, el inefable Pepe Mujica promovió (de boquilla, como casi todas sus promociones) la llegada a nuestro territorio de ecuatorianos, bolivianos, peruanos, y algunos vinieron, pero más huyendo de la miseria en sus tierras que por la promoción pepista.
Después el presidente, en un viaje a Lima, le dijo a su par peruano y a todo su gabinete, que las peruanas eran excelentes empleadas domésticas en Uruguay, lo que podría haber sido cierto, no lo sé, pero era absolutamente innecesario.
Más recientemente, los “aludes” inmigratorios provienen de República Dominicana y de la República Bolivariana de Venezuela, desde donde han llegado algunos contingentes de muchas mujeres dominicanas y pocos hombres, y muchas familias venezolanas que vienen huyendo de la opresión madurista, la cual pese al desconocimiento del PIT-CNT, sigue mostrando sus garras dictatoriales y liberticidas.
En tren de contribuir con un poco más de gente a este despoblado territorio, el Pepe Mujica no tuvo mejor idea, cuando todavía era presidente, que traer al Uruguay a los refugiados sirios y a los presos de Guantánamo.
Si bien los bolivianos, los peruanos, los ecuatorianos, los dominicanos y los venezolanos no han creado problemas mayores que los de su inserción socioeconómica en un medio ajeno, y culturalmente tan distinto, los sirios y los guantanameros no han dejado de darles dolores de cabeza a las autoridades. Que no les alcanza la plata, que hay que trabajar demasiado, y allá estaban en carpas y no trabajaban porque las Naciones Unidas se ocupaban de ellos, que prefieren volverse a Siria porque allá todo es más barato, y para protestar se instalan en carpas en la plaza Independencia, que el loco Diyab se rajó a Venezuela y ni Maduro quiso quedarse con él y lo mandó de vuelta, que la huelga de hambre, que sí pero no, que hasta el santo de Roger Mirza un día cantó flor, y lo dejó clavado en un florero.
Entonces, para seguir poblando este país baldío, ahora al gobierno se le ocurrió importar salvadoreños. En el Salvador se crearon las maras salvatruchas, unas organizaciones criminales que dejan a los muchachos de Guantánamo a la altura de unos bebés lactantes. Donde entre los pobrecitos desplazados nos incluyan a uno de estos personajes, la Universidad del Delito de los Barrios Marconi y Borro habrá encontrado al candidato ideal para la rectoría. Ya lo verán, o mejor dicho, espero que no.
¿Para qué queremos salvadoreños? ¿Por razones humanitarias? Está bien, pero ¿no son más humanitarias las razones que justificarían hincarles el diente a los problemas humanitarios de los pobres vernáculos, en vez de tanta generosidad con los desposeídos de importación?
Mi abuela doña Asunción usaba para estos casos un refrán tan español y pragmático como ella misma: “Primero mis dientes, y después mis parientes”.
Pero al paso que vamos, en cualquier momento nuestro sensible gobierno decidirá que, dado el drama del calentamiento global y el derretimiento de los grandes hielos, tenemos que importar esquimales para ayudar a este sufrido pueblo a sortear el drama de la licuefacción de sus territorios.
¿Y por qué no traer algún contingente de hutus y de tutsis (alojándolos en departamentos bien distantes, claro) o de refugiados sudaneses de Darfur, que ahí sí que la están pasando mal estos muchachos, y les entregamos tierras de colonización, en fija que las agarran con más entusiasmo que el sirio que la quiere devolver para irse, para que críen jirafas y cebras, dando lugar a la creación de nuevos puestos de trabajo en el turismo, la talabartería y la industria láctea, ya me veo a los argentinos en La Barra haciendo cola para beber el yogurt de leche de jirafa en el verano, en un bar temático.
Pero, claro, después los esquimales van a quejarse del calor, porque no resisten temperaturas de 5 y 6 grados, cuando ellos están acostumbrados a 20 bajo cero; alguno de los de Darfur se va a unir al PIT-CNT para defender al Isis, y a participar de propuestas contra el gobierno, y las cebras se van a cruzar con caballos criollos, dando lugar a unos híbridos que afectarán al pedigree largamente preservado por nuestros cabañeros, que ahora volvieron a ser amigos del gobierno.
La población también puede aumentar con la tasa de natalidad, pero nuestros jóvenes en edad de procrear juegan más con los smartphones que con sus smartwives, y de tanto apretar teclados, se olvidan de apretar donde debieran, para que fueran más uruguayitos los que poblaran el país.
Estoy a favor de las importaciones y de la apertura de los mercados, pero me parece que en este caso, el fomento de la industria nacional nos daría más satisfacciones.