N° 1669 - 05 al 11 de Julio de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDos referencias literarias, distantes entre sí, y bastante lejanas respecto de los años crepusculares de la república romana, me ayudarán a introducir el asunto que trata Cicerón en su comentario a la segunda de las llamadas paradojas de los estoicos. En ese antiguo texto (basado en la proposición: “al varón virtuoso nada falta para ser feliz”) propone Cicerón una interesante reflexión acerca de la insensatez que representa cifrar el destino en los inescrutables antojos de la Fortuna; reza así: “El que en sí solo se lo halla todo, y que en sí solo pone todas sus cosas, no puede dejar de ser muy feliz; pero aquel cuya esperanza toda, y razón y pensamiento depende de la fortuna, éste nada puede tener de cierto, y nada que tenga sabido y averiguado que le ha de durar un solo día”.
La peligrosidad que se encierra en la segunda mitad de esta cláusula (permitirle al azar el gobierno de nuestros días; creer que el favor de los hados es un mérito personal) y el ideal que proclama la primera de las partes (por convicción y acción ser propietario absoluto de las decisiones; no confiar en la Fortuna, retarla) las expresa con perfección el anciano Néstor que nos lega Shakespeare en la tercera escena del primer acto de “Troilo y Crésida” cuando los capitanes griegos, con amargura, ponderan la pobre conducta de sus fuerzas durante el séptimo año del cerco a Troya. Dice Néstor: “Las durezas de la Fortuna son la verdadera prueba de los hombres. Cuando el mar está en calma, ¡cuántos humildes barquitos de juguete se atreven a navegar sobre su tranquilo seno y hacer ruta como los navíos de más grande porte! Pero que el brutal Bóreas venga a encolerizar a la noble Tetis, verán enseguida cómo la barca de flancos robustos se abre camino a través de las montañas líquidas, saltando entre los elementos húmedos, como el caballo de Perseo. Y la barca presuntuosa de costados débilmente construidos, que rivalizaba poco antes con la grande, ¿dónde está ahora? O ha huido hacia el puerto, o Neptuno ha hecho de ella su bocado. Así es como en las tempestades de la suerte la apariencia del valor y la realidad del mismo se diferencian”.
La confianza en la providencia de la Fortuna es doblemente fatal, pues tanto afecta los resultados, que llegan por caminos misteriosos y por caminos misteriosos cambian de rumbo o de signo, como, radicalmente, la actitud del actor, que siente con necedad que una mano de cuatro ases en el póker o un rayo caído a tiempo sobre la cabeza del enemigo son méritos propios que deben merecer halago y admiración por parte del género humano. Por esa razón, los afortunados de un día son los desgraciados de todas las horas, personas incapaces de vérselas con los problemas y los desafíos mayores. La mala política de todos los tiempos, pero en especial la sórdida y maloliente política de estos años, encontró en esa subhumana especie su mejor clientela.
Con apenas quince años, James Joyce, siendo alumno del Belvedere College, de la Compañía de Jesús, ganó fama nacional merced a un breve ensayo que recoge la premisa de Cicerón, que es improbable que haya leído entonces, pero que parece su eco, sobre todo en el orden que remite a lo moral, a la necesidad de establecer una correspondencia entre las enteras decisiones de la libertad y la tranquilidad de conciencia. La obra, de apenas una carilla, lleva por título “No hay que fiarse de las apariencias”, y afirma que la superficie engañosa del mar oculta tempestades, que un viento, apenas un viento, puede tornar el espejo calmo en un infierno confuso y encrespado.
La Fortuna, dice, nos muestra la fragilidad de las apariencias, el carácter embaucador de lo que se ve, de aquello que depende de una voluntad extraña a la responsabilidad del hombre. “La engañosa marea –escribe el niño Joyce—de la siempre cambiante fortuna trae, al mismo tiempo, el bien y el mal. ¡Cuán hermosa nos parece cuando es heraldo de buenaventuras, y cuán cruel cuando es mensajera de desdichas! El hombre que depende del humor de un rey es como un madero en el océano. Y en esto vemos lo engañoso de las apariencias. El hipócrita es la peor especie de malvado, por cuanto esconde, bajo las apariencias de la virtud, el peor de los vicios. El amigo que no es más que esclavo de la fortuna se humilla y se arrastra a los pies de la riqueza. Pero el hombre que no tiene otra ambición, otra riqueza u otro lujo que la propia satisfacción, no puede ocultar la alegría de la felicidad nacida de la conciencia clara”.