N° 2026 - 27 de Junio al 03 de Julio de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn dos ocasiones consecutivas ofrecieron a Heidegger en 1933 una cátedra en la Universidad de Berlín y en ambas expresó su más entusiasta rechazo. El corto rectorado de Friburg estuvo pautado por su resistencia a aceptar la discriminación y las persecuciones y aunque en ese momento su estrella brillaba para el recién estrenado régimen nazi, en pocas semanas esa luz comenzaría a apagarse debido precisamente a su actitud moral: no aceptó nunca el filósofo secundar los atropellos que el nuevo gobierno, al que él había acompañado hasta entonces, pretendía ejecutar en los dominios de la educación y en el ámbito de relación de las aulas. Eso quedó claro a mediados del año siguiente cuando un alumno le confesó que no era alumno, que no le interesaban sus clases, que era un funcionario de la seguridad del Estado que estaba allí solo para vigilar a sus pares y también a los profesores.
Como muchos de entonces, Heidegger se dio cuenta de que la gran esperanza que parecía haberse abierto para Alemania iba camino a convertirse en una pesadilla. El bien fundado temor a la amenaza bolchevique, de la que siempre estuvo preocupado, no era ya razón suficiente para seguir secundando un proyecto que bajo la promesa de grandes transformaciones de redención de la identidad esencial estaba levantando muros de intolerancia por todas partes. Los apuntes de sus Cuadernos negros, 1931-1938 (Editorial Trotta, Madrid 2015), dan abundantes testimonios de ese desencanto, de esa molestia y —este es un detalle que no hay que perder de vista toda vez que se juzga a las personas que actuaron en el período— de la cautela y circunspección con la que se refiere a la realidad. Heidegger, aun siendo saludado por las nuevas autoridades, tenía mucho cuidado; sabía que, como ocurriría tiempo después, acabaría siendo desplazado y estaría siempre sometido al insidioso escrutinio de los censores.
Su repetida decisión de no aceptar el nombramiento de Berlín, que había sido una iniciativa directa del ministro de Educación Bernhard Rust, lo puso en un aprieto. No podía alegar las fuertes razones que tenía sin afectar considerablemente su situación, sin ponerse en peligro. Tenía que encontrar una salida que fuera a la vez digna y satisfactoria y que no ofendiera la prepotencia oficial.
Es así que resuelve conceder una conferencia radiofónica para hablar de su trabajo y de la viva relación que mantiene con el mundo íntimo de un rincón de la empinada ladera de un extenso y alto valle de la Selva Negra meridional, a 1.150 metros de altitud, donde tiene su cabaña en la que se refugia para escribir. El lugar es exiguo, según lo describe, con apenas unos pocos metros construidos; en rigor se trata pobremente de un refugio de esquiadores, un descanso en la montaña. Sus compañeros en ese paraíso no son los colegas de cátedra, ni los intrigantes de palacio sino los modestos campesinos con los que vive y comparte la esencialidad de la existencia que no se pierde en las banalidades del apuro y del ruido, que habita lo permanente, lo auténtico. En esa cabaña piensa y al pensar vive profundamente: “Cuando, en la profunda noche de invierno, una agitada tormenta de nieve pasa rugiendo con sus sacudidas alrededor del refugio, cubriendo y tapándolo todo, entonces es la hora señalada de la filosofía. Su preguntar debe entonces volverse sencillo y esencial. La elaboración minuciosa de cada pensamiento solo puede ser dura y afilada. El esfuerzo por acuñar las palabras es como la resistencia de los elevados abetos contra la tormenta. Y el trabajo filosófico no transcurre como la ocupación marginal de un extravagante. Forma parte plena del trabajo de los campesinos. Mi trabajo es de la misma naturaleza que el del joven campesino que sube la ladera remolcando el pesado trineo, y una vez cargado hasta arriba con leños de haya, lo conduce de inmediato hacia su granja en peligroso descenso, o el del pastor que, con paso lento y meditabundo, arrea su ganado ladera arriba; o el del campesino que, en su cuarto, dispone adecuadamente las innumerables ripias para su tejado.” (Experiencias del pensar, 1910-1976, Abada Editores, pág. 15)
Se entiende por esta pieza la cantidad de referencias y ejemplos tomados de la naturaleza y los trabajos primordiales del hombre que hay en muchos de sus textos. Cuando quiere ilustrar una idea, un rasgo o el requiebre de un concepto levanta la vista y habla de lo que ve y siente en el paisaje de la montaña; lo relaciona.