N° 1677 - 30 de Agosto al 05 de Setiembre de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUn punto puesto a tiempo es capaz de cambiar toda una vida, decía Chéjov. Y es cierto; el detalle más trivial en el arte lo dice todo, lo enseña todo. Amo la literatura tanto o casi tanto como a mi perro, precisamente porque me concede la bendición diaria de ver más allá de la superficie de las cosas; es como un cristal herido por un tenue rayo de luz en el que se fragmenta el universo en los infinitos destellos que lo habitan; delicadezas que por lo general permanecen ocultas para la prosa, que mira y corre, que retrocede ante el portento de la cosa contemplada.
De los muchos declives y jardines que encontré en las aventuras del conde Orlando que nos contó Ludovico Ariosto, hay un recodo que persigue mi admiración desde hace años y que ubica en el canto undécimo del vasto poema. Allí vemos a Orlando valerosamente enfrentado a una terrible orca, cuya garganta lo reclama sin paciencia ni miramiento.
Se bate el héroe con todas sus fuerzas, no tanto por temor a la muerte sino porque, hombre de honor al fin, ha prometido rescatar a una dama en apuros y de ningún modo se permite defraudarla. Morir, morir tragado por una ballena comportaría desdén que ninguna señora de honor aceptaría de quien espera su redención. Habiendo triunfado en su faena —le clavó a la ballena un ancla en su garganta y la arrastró a la costa de Hibernia (Irlanda)— Orlando dio con Olimpia, joven prometida al rey Oberto, de la que queda irremediablemente prendado.
Lo que quiero significar hoy es una línea, apenas una, de la descripción de esta mujer. Para ello, sin embargo, debo reproducir el retrato, la encendida grafopeya que emite el brillo de los ojos de Orlando al confrontarse con la figura de Olimpia: “Las lindezas de Olimpia no tenían parangón: bella frente, bellos ojos, bellos cabellos, bellos hombros, bellas mejillas y nariz y boca y cuello… Y al pasar la frontera de sus pechos, las partes que el ropaje cubrir suele, eran tales que pueden, según creo, anteponerse a las del mundo entero. Eran más blancas que la nieve intacta; eran más tersas que el marfil pulido; eran sus senos como la cuajada leche que brota del partido junco, y el bello surco que los separaba, como un umbrío valle entre collados en su amena estación, cuando el invierno de blanca nieve los dejó cubiertos. Las hermosas caderas torneadas, el vientre liso cual cristal, las piernas blanquísimas parecen esculpidas por Fidias o por mano aun más diestra. ¿También os he de hablar de aquellas partes que se esforzaba por cubrir en vano? En fin, solo diré que todo en ella es bello, de los pies a la cabeza”.
En las palabras que siguen reside aquello que en esta ocasión es causa de mi cautiverio; se trata de una correspondencia hiperbólica que recupera, modificando, uno de los episodios más famosos de la leyenda troyana, aquel momento en que el desterrado príncipe Paris cobrará el salario de su famosa elección. Afrodita, como se recordará, le ofreció al joven pastor un bien irresistible a cambio de que este la designara como la más hermosa de las diosas. El troyano no vaciló en rechazar a Hera y en rechazar a Atenea con sus presentes para él superfluos, y prefirió aceptar la dicha que le reservaba Afrodita, nada menos que conocer, probar, acariciar, disfrutar, amar y ser amado por Helena, hija de Tíndaro, cuñada de Agamenón, la más bella y la más perfecta de las mujeres que jamás hubo bajo el sol de Grecia.
La feliz precisión de Ariosto al proponer el símil de manera casi incidental, convierte a este pasaje en uno de los momentos más gratos del libro. “Si en los valles de Ida el pastor frigio la hubiese visto, no sé yo si Venus, la vencedora de las otras diosas, obtendría el sitial de la hermosura, ni si él habría vulnerado el sacro asilo en Amicleas, pues diría: —Quédate aquí, con Menelao, Helena, que la mujer que a mí me gusta es esta—.Y si en Crotona hubiese estado cuando Zuxis tuvo que pintar a Helena en el templo de Juno y se inspiró en las partes más bellas de diversas muchachitas desnudas a la busca de la mujer perfecta, le bastaría con adoptar a Olimpia de modelo, pues todo en ella es bello y es perfecto”.
Si el resto fuera silencio, solo silencio, igualmente no habría motivo para desesperar de la obra.