N° 2037 - 12 al 18 de Setiembre de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—De ese tango compuse la música viajando en tranvía por Montevideo. Mi amigo Lenzi me había dado la letra. Jamás pensé que fuera un suceso, como pasó.
Testimonio de Edgardo Donato sobre A media luz, una obra mayor.
La referencia a nuestra capital no es gratuita. Donato, aunque nació y murió en Buenos Aires, fue “un hombre de dos países” que, probablemente, haya tenido más actuaciones destacadas y haya hecho más estrenos acá que del otro lado del río.
Hijo de un matrimonio italiano, cuyo padre tocaba la mandolina y el violoncelo y dirigió una orquesta de cámara en Montevideo, vio la luz en el barrio porteño de San Cristóbal en abril de 1897 y falleció muy cerca, ya inactivo, en febrero de 1963. Estudió música —solfeo y violín— desde los ocho años, y dos de sus hermanos, Ascanio, cellista, y Osvaldo, pianista, lo acompañaron en varias etapas de su trayectoria profesional, que comenzó a los 18 años, en dúo con su padre, en el Hotel Servent.
La familia se radicó en Montevideo siendo Edgardo un niño pequeño. Aquí dejó la escuela en quinto grado y trabajó en un taller de esculturas sin dejar su primera pasión, la música lírica.
Pero, siempre inquieto, buscador de nuevos horizontes, pasó a expresiones más populares: primero, con la orquesta de tango del bandoneonista argentino José Quevedo, de paso por Montevideo y donde revistaba Enrique Delfino; luego, con el pianista y arreglador uruguayo Carlos Warren, que por esa época tocaba jazz; finalmente, aprovechando la oportunidad que le daba Eduardo Arolas de acompañarlo cuando este aparecía los jueves en nuestro cabaré de nota, Moulin Rouge.
En medio de tan febril actividad, se relacionó con otro uruguayo, también violinista, Roberto Zerrillo, y con él, convocando al compatriota Héctor María Artola y como estribillista al argentino Luis Díaz, armaron su orquesta propia. Corría 1922 cuando Donato, con letra de José Panizza, compuso su primer tango, Julián, dedicado al baterista Julián González. Se lo ofreció a Rosita Quiroga, quien lo rechazó; intentó venderlo en 20 pesos sin suerte y debió editarlo a su cargo; pero el éxito llegó cuando la actriz Iris Marga decidió estrenarlo en el Maipo porteño, en la revista ¿Quién dijo miedo?
Enseguida, una cascada de peripecias.
Donato y Zerrillo se separaron amistosamente, no sin antes componer juntos Se va la vida. Para entonces, Edgardo había compuesto con letras de Celdonio Flores Corazoncito de oro, Beba y Muchacho. Y con el nuevo grupo que pasó a dirigir se presentó tanto en Montevideo, en Radio Paradizábal, el Cine Ópera, el Café Avenida y los bailes del Club Uruguay, entre otros lugares, como en Buenos Aires, en teatros, en algunas películas —la mítica Tango (1933), Picaflor (1937) y Pelota de trapo, de Armando Bo (1948), entre otras— y acompañando cantantes como Alberto Gómez, Antonio Maida, Agustín Magaldi y María de la Fuente, con la que actuó en el Palacio Salvo montevideano y en los carnavales de Flores, en la vecina orilla.
Sin Zerrillo, el estilo de Donato, el hombre de dos países, varió: se hizo más dinámico, incorporando arreglos para bandoneones y destaque a los solos de violín, haciéndose más bailable, con clara influencia de Ernesto Ponzio, a quien admiraba.
A media luz lo proyectó al mundo, junto con el letrista uruguayo César Lenzi: el estallido de popularidad ocurrió tras su estreno por la vedete chilena Lucy Clory en la obra teatral Su majestad, la revista… ¡en Montevideo!; más tarde lo grabó Gardel y llenó el cartón: es uno de los tres o cuatro temas más difundidos en el planeta en toda la historia del tango.
Donato, que se retiró luego de que su popularidad declinara a inicios de la década de 1950, que musicalizó películas, que sobre el final incluyó una audacia más —el cuarteto Los Caballeros del Recuerdo, con Pracánico, Aieta y Deamborena—, responsable de más de 200 composiciones, entre ellas El huracán, Amores viejos, Alas rotas, Cómo me gusta, Esquinita, Cara negra y Así es el tango (con letra de Manzi), fue un artista incansable, clásico, tristemente poco reconocido hoy.
Al cierre de su recuerdo, una anécdota simpática, contada por su hija:
—Muy pocos saben que papá era muy distraído. Tanto que un día, viajando por Montevideo, se encontró con un viejo amigo y lo entusiasmó la charla; cuando el amigo bajó, lo siguió, y recién a las tres cuadras se dio cuenta de que había dejado a mi madre sentada en el tranvía.