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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl 5 de mayo de 2016, formé parte de la llamada Marcha de la Vida, peregrinación de tres quilómetros entre los campos de exterminio de Auschwitz I y II que culmina, todos los años, con una ceremonia en recuerdo a los 6 millones de judíos asesinados bajo el régimen nazi.
Es un evento reservado al pueblo judío pero que tuve el honor de compartir como invitado, tras un viaje de inmersión en todas las zonas que hoy constituyen la memoria de la barbarie —muchas veces negada, relativizada u olvidada— cometida apenas unas décadas atrás. Al regresar de dicha experiencia escribí las siguientes líneas que reformulo, como si la hubiese vivido ayer, a la luz de esta nueva guerra contra el Estado de Israel.
Tras visitar los testimonios más estremecedores de la maquinaria hitleriana (entre muchos, el gueto de Cracovia, las fosas de fusilamiento, los campos de concentración y exterminio, el gueto de Varsovia) y escuchar los relatos en boca de los sobrevivientes, se nos hace difícil entender por qué hoy se cuestiona la decisión de creación del Estado de Israel o su enclave.
El pueblo judío, en diáspora desde la época romana y objeto de aniquilación a lo largo de la historia, se mantiene aún en el objetivo de algunos pueblos, culturas e individuos, que aspiran a su desaparición absoluta, ya sea como una acción debida a Dios o, como ha acontecido a lo largo de los tiempos, por encontrarlos culpables de algún mal o frustración que los aqueje.
Muchas de las críticas hacia Israel devienen de un antisemitismo callado que aprovecha toda oportunidad para socavar las bases del Estado judío, debilitar a su pueblo y nuevamente alentar su genocidio. Otras derivan del temor a la barbarie terrorista que fluye desde el oriente y se justifican en equidistancias territoriales que ni siquiera sus defendidos verdaderamente pretenden.
Todos parecen olvidar que el resultado es apoyar una cultura cuyo principal objetivo es destruir la civilización occidental. Una motivación centrada en imponer el despotismo religioso, la desvalorización de la vida humana, subyugar a la mujer e impedir cualquier atisbo de democracia.
Recorriendo las vías de tren que aún persisten como testigos silenciosos de los millones que perdieron la vida bajo el brazo armado de la filosofía de la limpieza racial o étnica, me percato que de ayer a hoy algo ha cambiado.
Aquel pueblo otrora ejecutado como animales, hoy puede protegerse a sí mismo como nación… y así lo está demostrando. Israel, erigida bajo el impulso final de reacción a la Shoá, encuentra sus verdaderos orígenes en la propia historia del pueblo judío. Su larga diáspora, resultado de sus continuas expulsiones y persecuciones, en nada cambia el derecho innato a establecer en esa tierra su nación.
Israel representa hoy, más que nunca, el derecho inalienable de ese pueblo a reaccionar contra cualquier ataque que signifique, como fue el del pasado 7 de octubre, el espurio interés de su aniquilación. No cabe pues otra atribución de intencionalidad frente al odio que impregnó el ataque y su objetivo contra civiles indefensos.
Israel es el arma que la civilización occidental le otorgó al pueblo judío para erigir su propia fortaleza y así prevenir un nuevo exterminio.
Hoy Israel, sin haberla iniciado, está en guerra, y esta históricamente ha dividido a la humanidad. En sus razones y desarrollo siempre habrá buenos y malos, villanos y héroes, culpables e inocentes…, dependiendo bajo qué cristal se la mire. En su lógica aterradora saca lo peor del individuo, desnuda atrocidades, provoca excesos y atropella derechos. Pero de ellos son siempre responsables los individuos o los gobiernos. Nunca las naciones, jamás los pueblos.
Israel es aún mucho más que “una nación, un pueblo”. Basta visitarla —y celebro haberlo hecho— para advertir que constituye una luz de humanismo, un enclave de valores y principios occidentales, en el centro de civilizaciones que han quedado postradas en su desarrollo social, no menos de mil años atrás.
Es responsabilidad de todos quienes creemos en los pilares de nuestra civilización defender su supervivencia, pues Israel nos representa, iluminando con nuestros valores un desierto de oscurantismo, defendiendo una sociedad donde el derecho de cada uno llega hasta donde comienza el del prójimo.
El ataque a Israel no es más que una nueva manifestación de odio y exterminio de aquellos que no pueden justificar sus acciones sino en el regocijo del mal. La tentativa permanente de comenzar una nueva Shoá.
La respuesta de Israel, su derecho natural a la defensa. Muchos permanecen impasibles o ciegos ante esa realidad sin advertir que esta vez el pueblo a exterminar seremos, además, nosotros mismos.
Renzo Gatto Trochon