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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAgradezco la oportunidad que se me da de compartir una voz que no he sentido sobre el tema, de los enfermos que han vivido esa experiencia.
Tuve un accidente terrible, donde dos veces los médicos me trajeron de vuelta de la muerte. Aparte de la experiencia de vivir que hay otra vida después de la muerte, que no es el tema aquí, sí quiero compartir dos experiencias muy fuertes.
La primera, el dolor terrible de estar muriendo por falta de oxígeno. Al aplastarse un pulmón, perforado por costillas fracturadas, y por el diafragma lastimado no podía respirar cuando desperté después del choque. Un dolor terrible rugía de pies a cabeza en todo el cuerpo, cada célula que moría sin oxígeno.
El entrenamiento del buceo me dejó claro que era el dolor de la falta de oxígeno, y los pasos siguientes. Tenía tres minutos de vida:
Un minuto para pensar cuál era el problema y cómo resolverlo.
Dos minutos después para salir del problema.
Analicé por qué no respiraba; al ensanchar el tórax, como cinco puñales se clavaban en mi flanco izquierdo. La respiración toráxica, imposible; la alternativa era el diafragma.
Probé respirar con el diafragma, allí el dolor era tolerable. Así que pude seguir por una hora hasta que los bomberos me sacaron, y en San José me entubaron con un respirador.
Después es una historia larga, que contaré otro día. Dos veces se detuvo el corazón, y por minutos que parecieron años estuve en otro mundo. No fue fácil. Pero es distinto creer en algo (soy cristiano) que haberlo vivido.
Cuando recuperé la conciencia, unas semanas después, me di cuenta de que estaba vivo, ¡y me dio una alegría!... No escuchaba, no veía, no sentía aún nada, pero fue como nacer de nuevo. Me di cuenta de que la alegría de vivir la compartimos con todos los seres vivos, como decía San Francisco. No es un mérito nuestro vivir, es un regalo maravilloso.
El segundo pensamiento, que no venga un alma caritativa y, viendo cómo estoy, dijera que para vivir así mejor lo dejamos ir ¡y me desconectara! Yo así estaba fenómeno, y si mejoraba fantástico; si no, igual disfrutaba de estar vivo.
Reconozco a los médicos fantásticos, comenzando por el Dr. Amonte y por el Dr. Carriquiri, que me devolvieron la vida. A ellos les dedico mi trayectoria profesional de los últimos 20 años.
Pero a ninguno puedo confiar que me dejen ir porque no les guste como me ven. Al principio, no me daban más que un par de horas de vida. Y hoy hay anestésicos y calmantes que hacen soportable el dolor.
Claro que no justifica procedimientos extraordinarios que provoquen sufrimientos injustificados. Pero no somos dueños de nuestra vida, es un tesoro, somos responsables de ella.
No nos dejen a los enfermos en manos de funcionarios que deben responder de los costos que se gastan en cada enfermo. Los obligamos a decidir que se deje morir a los ancianos para gastar más en los jóvenes, y no está bien. Cada vida cuenta.
Sin hablar de otros casos que conozco, como el famosos testamento de la piolita de Salto. O el justificativo de la falsa piedad con que justificaban la muerte, por la lástima que les daba la vida miserable de gitanos y hebreos.
Pongámonos de verdad en el lugar de los enfermos terminales y protejámoslos. De algunas instituciones de salud, de algunos médicos, de algunas familias, y hasta de ellos mismos.
José M. Zorrilla