N° 1676 - 23 al 29 de Agosto de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDecía Ezra Pound, y su idea en este caso como en tantos otros de los que se vinculan con la reflexión cultural, me parece digna de efusiva coincidencia, que Aristóteles produjo el programa del saber por dos milenios y que aquello que Aristóteles no pensó o no pudo resolver constituye el gran repertorio dramático de la moderna búsqueda del conocimiento.
Así, la cosmología le debe el haber planteado la silueta del universo como sistema de relaciones donde el movimiento, la posición y la atracción juegan de manera protagónica. Es cierto que Aristóteles, cercanamente visible para nosotros, es el extremo superior de una vasta evolución anterior de la que nos quedan pocas noticias, la mayoría de las cuales provienen de citas o alusiones del propio filósofo. Los dos o tres fatales incendios de la biblioteca de Alejandría terminaron por dejar a Aristóteles como fuente única y real del saber antiguo, aunque hay datos bastante fehacientes de que Pitágoras y Tales trabajaron sobre bases interesantes en torno a la situación de la Tierra en el Cosmos y a la relación de las fuerzas que regulan el movimiento de los astros.
Dos obras de las que han sobrevivido —“De la generación y de la corrupción” y “Del Cielo”— son la fuente que tenemos para medir los puntos precisos en los que el filósofo fundó sus convicciones: en ambos trabajos, el primero dedicado a explicar los procesos vitales y de producción de la materia, el segundo directamente cosmogónico, Aristóteles demuestra que llegó a conclusiones que en cierta forma convalidan aquellas que aparecerían como notables y firmes verdades científicas cerca de diecisiete o dieciocho siglos más tarde.
En el tratado “Del Cielo” encontré un detalle que me llevará a Shakespeare, punto del que partí para escribir esta nota intrigado por unas palabras de amor desventurado que pronuncia Cressida en la obra que la tiene como protagonista junto a Troilo. Lo que Aristóteles dice en un pasaje que me parece significativo, es que la Tierra es el centro del Universo; error que fascinó al alejandrino Ptolomeo y lo llevó a levantar toda una cosmología que reinaría en buena parte de la Edad Media. Pero esto no es importante.
Lo que sí me asombra es que llega a ese dislate merced a una premisa que sí está fuera de época, a saber: que la Tierra tiene fuerza de atracción, que hay una gravitación que lleva todos los cuerpos a su centro. Lo dice así: “El centro de la Tierra y el del universo son el mismo: en efecto, los cuerpos pesados se desplazan hacia el centro de la Tierra, pero incidentalmente, en cuanto tiene su centro en el centro del universo. Un indicio de que se desplazan también hacia el centro de la tierra es que los pesos en movimiento van hacia esta no paralelamente, sino con ángulos iguales, de modo que van a parar a un único centro, que es también el de la Tierra (…)
Es evidente, pues, que la Tierra ha de hallarse necesariamente en el centro e inmóvil, por las causas expuestas y porque los pesos arrojados verticalmente por la fuerza hacia arriba vuelven al punto de partida, aunque la fuerza los lanzara a una distancia infinita.
(…) Es necesario que tenga figura esférica; en efecto, cada una de sus partes tiene peso hasta llegar al centro y la menor, al ser empujada por la mayor, no puede formar una especie de ola, sino que más bien es comprimida y acaban convergiendo una con otra hasta que llegan al centro. Hay que concebir lo dicho como si la Tierra se generara de la manera en que algunos filósofos de la naturaleza dicen que se genera. Salvo que ellos ponen un impulso forzado como causa del desplazamiento hacia abajo; mejor es dejar sentada la explicación verdadera y decir que eso ocurre porque lo que posee gravedad tiene por naturaleza el desplazarse hacia el centro. Así, pues, a partir de una mezcla pesada en potencia, las partes de ella separadas se desplazaron de todas partes por igual hacia el centro” (Editorial Gredos, Madrid, 1996).
La línea de Shakespeare que indebidamente me llamó la atención por preceder en unas cuantas décadas las investigaciones de Newton, afirma literalmente: “Tiempo, fuerza, muerte, haced sufrir este cuerpo todos los ultrajes que quieran; pero la sólida base, el fundamento de mi amor, es como el centro de la Tierra, que atrae hacia él todas las cosas” (Time, force, and death,/ Do to this body what extremes you can,/But the strong base and building of my love/Is as the very centre of the earth,/Drawing all things to it). Es notorio que el poeta no estaba caminando a tientas en el futuro, anunciándolo, intuyéndolo, como creí entender en mi alborotado entusiasmo de lector intruso en los inextricables jardines de la física, sino que se limitó a recoger, a propalar una tradición que como tanta cosa suya hiende sus raíces y captura su sentido en la lejana madrugada de Occidente.