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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Ser valiente no requiere cualidades excepcionales. Es oportunidad que a todos se ofrece. A los políticos especialmente”. John Fitzgerald Kennedy
Estos días preelectorales han (re)surgido múltiples reclamos para atender necesidades ciudadanas insatisfechas o proyectar al Uruguay al futuro de mejor forma.
La pobreza infantil del 20%, que no es otra cosa que un reflejo de la pobreza del 10% y la composición etaria de esos hogares pobres, requiere un esfuerzo de ejecución presupuestal enorme si queremos que esos ciudadanos favorezcan su desarrollo personal y del país todo. Las perspectivas demográficas (baja natalidad, envejecimiento poblacional) hacen esto aún más urgente e importante.
Coincidentemente con lo anterior, el decrecimiento poblacional refuerza la necesidad de aumentar la productividad de la mano de obra si queremos que los trabajadores y empresas financien la vejez de los mayores en el futuro. El diagnóstico obvio es que eso se logra solamente mejorando la calidad de la mano de obra en forma relevante, a través de una mejora sustancial en la educación y en inversión notable en investigación, ciencia e innovación.
Vinculado a la pobreza está la enorme necesidad de proveer a los ciudadanos vulnerables de condiciones habitacionales dignas; un enorme esfuerzo adicional es necesario en invertir en este sentido.
Todos estos objetivos tienen un amplio consenso político y ciudadano, y están solamente limitados por restricciones presupuestales (el conjunto implica porcentajes altos del PBI, por muchos años) y de ejecución; no es fácil conseguir los rubros y mucho menos ejecutarlos bien.
¿De dónde puede salir la plata para eso? Lo tradicional es pedir esfuerzos presupuestales adicionales cada año; a ello se abocan los políticos y los grupos de interés involucrados en ocasión de discutir Presupuesto o Rendición de Cuentas. Eso no está mal, pero sería mucho más útil y valiente recurrir a otras fuentes de financiamiento, notoriamente más difíciles e ingratas (electoralmente) de abordar.
Esas fuentes de financiamiento pueden ser:
Hoy solo hay un 1% de pobres mayores de 65 años; un porcentaje enorme del presupuesto está orientado a jubilaciones y pensiones. ¿Vale la pena priorizar esas transferencias o es conveniente reorientar parte de ellas hacia los más jóvenes?
Hay organismos públicos que tienen enormes cantidades de bienes muebles e inmuebles ociosos o subutilizados. ¿No valdría la pena buscar e implementar mecanismos prácticos para reorientar el destino de esos bienes y liberar recursos económicos necesarios en otras áreas?
Hay empresas públicas notoriamente deficitarias en la producción de algunos de sus servicios o productos, cuyas pérdidas o subsidios internos se pagan con impuestos o con productos caros. ¿No valdrá la pena desprenderse de esos negocios ruinosos y sin futuro y orientar esos recursos con los fines sociales adecuados?
Muchas de las decisiones son dolorosas para los involucrados, o requieren esfuerzos de ejecución enormes; pero de encararse con valentía y consideración, darían un respaldo moral a las decisiones y permitirían definir mejor qué país y futuro queremos.
“Ver una injusticia y no hacer nada es no tener valor”. Confucio
Un Aporte Ciudadano