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    La selección clasificó y ahora alienta el fantasma de Maracaná

    “Cero a cero con Jordania... La puta que lo parió”, exclamó por lo bajo y entre dientes un señor en el baño de caballeros. Este señor no vio el vaso medio lleno: el combinado de Óscar Washington Tabárez mantuvo el invicto en el arco del Estadio Centenario y clasificó para el Mundial de Brasil 2014 ayer miércoles 20. Claro, el vaso medio vacío es que no se le pudo ganar al modesto equipo de Jordania en casa, pero ese es otro asunto. O no, depende de las perspectivas y ambiciones que se tengan.

    Los jordanos, que habían volado más de quince horas desde su país con un 0-5 estampado en la frente, entrenaron los días previos al partido de un modo relajado, visitaron la ciudad, fueron a la playa, se sacaron fotos con algunas muchachas y salieron al campo de juego sin presiones. Solo un milagro podía llevarlos al mundial. Y los milagros acontecen muy de vez en cuando, en el fútbol y en la vida. Lo que ocurrió en Amán, Alá no lo pudo remediar en el Centenario. Pero no perdieron.

    Ante un estadio repleto, Uruguay se mostró dispuesto a liquidar el pleito lo más pronto posible. Luis Suárez, Edinson Cavani, Diego Lugano y los suyos, los más ovacionados cuando se anunciaron los equipos por los autoparlantes (cuando juega la selección predominan los gritos de tipo agudo, más familiares), tenían el relajado 5-0 en la frente. Una correspondencia de espejos cada vez que chocaban con los jordanos. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, el cero a cero se iba haciendo cada vez más grande y soporífero y el puñado de hinchas jordanos que estaba en un rincón de la América se hacía sentir ante el silencio locatario. La imagen final de los jugadores celestes festejando la clasificación en el centro del campo tiene un sabor agridulce para un país que vive la pasión del fútbol: por un lado se logró el tan ansiado boleto, pero por otro se mostraron carencias que ya son repetidas en este equipo que tiene estrellas pero una notoria irregularidad en su funcionamiento colectivo y muy poca precisión en los pases. Hubo papelitos, la ola, una cuerda de tambores y muchos cohetes. Pero como dijo el señor del baño de caballeros... bueno, no se le pudo hacer un gol a Jordania en casa.

    El tedio fue ganando a mucha gente en el Palco Oficial. Primero la impaciencia por los errores, luego los gritos aislados del tipo “¡Pa’ delante, jueguen pa’ delante!” y finalmente las salidas ingeniosas o los infaltables recuerdos. En el Palco Nº 7, por ejemplo, donde estaban el ministro de Transporte y Obras Públicas, Enrique Pintado, el director de la DGI, Pablo Ferreri, el presidente de Cutcsa, Juan Salgado, y el empresario Edgardo Novick, dejaron de esperar el gol de Uruguay y se dispusieron a recordar anécdotas futbolísticas. El músico Jaime Roos no esperó a que finalizara el partido y se fueron unos minutos antes. Nada cambiaba la cosa.

    Como un efecto previo a este encuentro de vuelta entre sudamericanos y asiáticos por un lugar en el tan preciado mundial, se realizaron honores al gol de Alcides Ghiggia en Maracaná, aquel 16 de julio de 1950. El propio jugador, con sus 86 años, estuvo presente. El público revivió en la pantalla de la Colombes el famoso zapatazo rastrero que se cuela por el palo izquierdo de Barbosa. Y gritó el gol, aquel gol silencioso. También desfilaron otras imágenes de la gesta, sin lugar a dudas la más épica de la historia del fútbol. Durante un buen tiempo Uruguay vivió a la sombra de ese fantasma, alentando ilusiones que no se correspondían en la cancha por el mero hecho de poseer una rica historia futbolística. Es el fantasma malo de Maracaná, el que a muchos ha llevado a pensar hasta el día de hoy, sin demasiado fundamento, que en este juego se puede intimidar al rival por tener un color determinado en la camiseta o una cierta cantidad de copas ganadas. Ya no quedan selecciones torpes técnicamente. Y tampoco miedosas. Ganan los que son más eficaces, con o sin historia. Ni Francia ni España fueron combinados gloriosos ni con historia hasta que ganaron merecidamente sus copas del mundo. Holanda perdió las tres finales que jugó y nadie se atrevería a decir que es un bollo por ese mismo motivo.

    Pero también existe un fantasma bueno de Maracaná, porque al fin y al cabo es parte de la historia pura y dura aquello de que once tipos fueron capaces de enmudecer a doscientos mil dueños de casa, a todo un país que solo necesitaba empatar (¡e iba ganando!) para coronarse campeón. En la práctica del combinado visitante en el estadio Luis Franzini, el lunes 18, los periodistas jordanos hablaban entre ellos en árabe, pero había una palabra que se repetía una y otra vez y podían entender los uruguayos: Maracaná, Maracaná, Maracaná.

    Por lo visto el fantasma está dispuesto a volver a sobrevolar en forma de esperanza, de aliento, de recordatorio, de locura o de spot publicitario, como el que ya circula en la televisión, con un fantasmita celeste que hace jueguito con la pelota, se recuesta con las chicas en la playa a tomar sol o molesta a los bebedores en Río de Janeiro.

    Esas legendarias imágenes en un viejo blanco y negro que nunca dejamos quietas y que se presentaron la noche de ayer como parte de la próxima película de Sebastián Bednarik (el director de “Mundialito”), con Obdulio Varela, Ghiggia y Schubert Gambetta llorando, los brasileños todos llorando, llantos completamente distintos, por supuesto, buscan ser otra vez un aliado del equipo uruguayo. No parece probable que la Celeste y los verdeamarelos vuelvan a enfrentarse en una final del mundo el año que viene. Pero si por un milagro ocurriese, o si la eficacia de los dos equipos así lo confirmase, no me gustaría estar en la piel de los dirigidos por Felipe Scolari.

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