N° 2019 - 09 al 15 de Mayo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl vocablo ley proviene del latín y tiene que ver con ligar, con la tarea de unir, más exactamente con la de producir una aleación de metales. Según Santo Tomás, ese origen sugiere una ordenación a la acción; como lo expresa en la famosa cuestión 90, artículo 1 de la Suma teológica I-II, “la ley es una regla y medida de nuestros actos según la cual uno es inducido a obrar o dejar de obrar.”
Para el economista liberal Fredéric Bastiat, la ley también está revestida de esas notas generales que le atribuye el filósofo, pero se distancia en cuanto al discernimiento de la finalidad: mientras que para Santo Tomás es una ordenación de la razón al bien común promulgada por quien tiene el cuidado de la comunidad, para este contemporáneo de los atrevimientos napoleónicos y de la errática restauración borbónica la ley está circunscrita y remitida a la desconfianza de la persona respecto de los poderes, por eso la define de manera concisa e intencionada como “la organización colectiva del derecho individual de legítima defensa”.( La Loi, Oeuvres complètes, vol. 4)
La fuente de esta restricción radica en la prueba de que la base de la felicidad de las sociedades y de las personas se encuentra en la propia existencia segura; la ley es o debe llegar a ser el instrumento de esa seguridad: “Cada uno de nosotros ha recibido ciertamente de la naturaleza, de Dios, el derecho de defender su personalidad, su libertad y su propiedad ya que son esos los tres elementos esenciales requeridos para conservar la vida, elementos que se complementan el uno al otro, sin que pueda concebirse uno sin el otro. Porque, ¿qué son nuestras facultades, sino una prolongación de nuestra personalidad, y qué es la propiedad sino una prolongación de nuestras facultades? Si cada hombre tiene el derecho de defender, aun por la fuerza, su persona, su libertad y su propiedad, varios hombres tienen el derecho de concertarse, de entenderse, de organizar una fuerza común para encargarse regularmente de aquella defensa”.
El estudio sistemático de la historia y pesares de los pueblos y el trato frecuente con las miserias de la política fueron agriando el optimismo de este caballero que en su primera juventud, como muchos de la generación romántica, había cifrado sus esperanzas en la ventura social; a poco de conocer los corredores infames de los parlamentos y la extendida estupidez de las masas a las que los políticos corrompen con sus promesas y malabares retóricos, postuló que en la naturaleza humana —en contrario sensu al mito proclamado por el infame Rousseau— hay un afán de expoliación que solo se puede contener mediante la fuerza o la amenaza de la fuerza; tal es el sentido de la ley. Pero el problema y su solución, reconoció, no son tan lineales; no alcanza con reconocer que el hombre es malo por naturaleza y que la ley puede contenerlo; hay que cuidar, además, que la ley, cuya finalidad debería ser esa, no se convierta ella misma en agente del fraude por mediación precisamente de la infidelidad de aquellos que se dedican a concebirlas, escribirlas, promulgarlas y hacerlas cumplir. Dice Bastiat refiriéndose a los infortunios sociales y personales que engendra con frecuencia la política: “Ninguna sociedad puede existir, si no impera en algún grado el respeto a las leyes; pero es el caso que lo que da más seguridad para que sean respetadas las leyes, es que sean respetables. Cuando la ley y la moral se encuentran en contradicción, el ciudadano se encuentra en la cruel disyuntiva de perder la noción de lo moral o de perder el respeto a la ley, dos desgracias tan grandes una como la otra y entre las cuales es difícil elegir. Hacer reinar la justicia está tan en la naturaleza de la ley, que ley y justicia es todo uno en el espíritu de la gente. Todos tenemos una fuerte inclinación a considerar lo legal como legítimo, hasta tal punto que son muchos los que falsamente dan por sentado que toda justicia emana de la ley. Basta pues que la ley ordene y consagre la expoliación, para que esta parezca justa y sagrada para muchas conciencias. La esclavitud, la restricción, el monopolio, encuentran defensores no solamente entre los que de ello aprovechan, sino aún entre los que por ello sufren.”
La lucha por la libertad, pues, no es solamente la del hombre con el hombre, sino la disputa entre los que tienen en sus manos los resortes del Estado y aquellos que los deben obedecer, votarlos, pagarles, tolerarlos.