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    Los reyes del living room

    Columnista de Búsqueda

    N° 1834 - 24 al 30 de Setiembre de 2015

    A Virginia Woolf le conmueve el cuadro posible de Jane Austen escribiendo en la sala de su casa, en compañía de sus hermanas y de su madre, seguramente con un bordado junto al fuego del hogar. La imagina sonriente y pensativa, con una pluma bailarina entre sus manos ansiosas de retratar la vida que estaba alrededor de sus ensueños y también en ese rincón de Hampshire, al sur de Inglaterra, que le tocó por todo lugar en el mundo. Piensa que esa sala ruidosa debido al ruido de unas adolescentes que ya son convocadas a lucirse en sociedad; ruidosa por la entrada solícita de la sirvienta con las novedades del vecindario; ruidosa por las admoniciones amables de una madre que quiere ser severa, pero que sabe ser indulgente porque no se le escapan las duras pruebas que aguardan a sus muchachas en su carrera por conseguir marido adecuado en el tiempo adecuado, no es un lugar propicio para escribir, para soñar, para concentrarse en los juegos misteriosos de la fantasía.

    Pero el milagro tuvo lugar; ahí están sus obras para desmentir la tesis de la propia Virginia, de que una mujer necesita un cuarto propio para construir su identidad. Jane no tuvo un cuarto propio ni un tiempo consentido para escribir; cuando lo hizo, fue casi a hurtadillas, casi participando en la conversación de sus mayores, mostrando que le importaba más estar allí que estar escribiendo. Pero escribía. A los doce o trece años ya se reveló su talento; el libro El castillo de Lesley (Funanbulista, que distribuye Gussi) recoge ese inicial trato con la creación y nos revela su sentido del humor, delicadeza y piedad para tratar con los defectos ajenos.

    El volumen recoge textos diversos que la purga malévola de su hermana Cassandra no pudo o no quiso incluir en su empresa; esta mujer fue la que destruyó todas las cartas de Jane, la que no dejó entrever nada de su biografía. Hay en el libro, sin embargo, un intento de novela muy divertida titulada Frederick y Elfrida, hay otra novela, ya más resuelta, que es la que confiere título al volumen y se organiza a partir de un desconcertante e ingenioso intercambio de cartas; hay también una dinámica escena teatral llamada La visita y está, felizmente, la pieza que podría justificar la existencia del libro, sin que ello suponga demérito para el resto del material: una cándida e irónica relación de algunos reyes de Inglaterra.

    Aquí van tres de esas semblanzas. De Enrique IV, hijo de John Gaunt, dijo: “Subió al trono de Inglaterra, para su propia satisfacción, en el año de 1399, tras haber convencido a su primo y predecesor Ricardo II de renunciar a él en su favor, y de retirarse para el resto de su vida a Pomfret Castle, donde fue asesinado. Es de suponer que Enrique estuvo casado, puesto que, en verdad, tuvo cuatro hijos, pero no está en mi mano el informar al lector sobre quién fue su esposa. Sea como fuere, no vivió para siempre, pues al enfermar, su hijo el príncipe de Gales vino y se llevó la corona; tras lo cual, el rey dio un largo discurso (para ello debo remitir al lector a las obras teatrales de Shakespeare), y el príncipe dio otro aún más largo. Habiendo resuelto las cosas entre ellos de tal modo, el rey murió y fue sucedido por su hijo Enrique, quien previamente le había pegado una buena paliza a Sir William Gascoigne”. Sobre el disipado vástago de este monarca que la historia venera como el vencedor del día de San Crispín, trazó líneas muy curiosas: “Tras acceder al trono, este príncipe se reformó y se volvió bastante amable, abandonó todas sus malas influencias y no volvió a darle más palizas a Sir William Gascoigne. Durante su reinado, Lord Cobham fue quemado vivo, pero no recuerdo por qué. Luego su Majestad dirigió sus pensamientos a Francia, adonde fue y en donde combatió en la famosa batalla de Agincourt. Después se casó con la hija del rey, Catherine, una mujer muy agradable, según nos cuenta Shakespeare. Sin embargo, y a pesar de todo esto, murió y fue sucedido por su hijo Enrique”. Acerca de Enrique VI Austen no se guarda ninguna invectiva: “No puedo decir gran cosa sobre el buen juicio de este monarca. Tampoco lo haría si pudiera, puesto que era un Lancaster. Imagino que el lector ya lo sabe todo sobre las guerras entre él y el duque de York, que pertenecía al bando de los buenos; si no es así, debería leer algún otro libro de Historia, dado que yo no seré muy prolija en este, pues en él solo intento descargar mi rencor y mostrar mi odio hacia toda esa gente cuyos partidos o principios no coinciden con los míos, y no dar información. Este rey se casó con Margarita de Anjou, una mujer cuyas angustias y desgracias fueron tan grandes que casi hacen que yo, que la odio, sienta lástima por ella. Fue durante este reinado cuando vivió Juana de Arco, que armó un buen lío con los ingleses. No deberían haberla quemado, pero lo hicieron”.

    Recomiendo este libro a todo lector de la adulta Jane Austen; no solamente anuncia a la que será, sino que confirma lo que sigue siendo para quienes agradecemos su existencia en la república de las letras.