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    Mi cáncer individual y nuestro cáncer social

    Nº 2119 - 22 al 28 de Abril de 2021

    Tengo cáncer. Me operaron a fines de febrero de un importante tumor de colon que me tuvo seis horas en el quirófano y un posoperatorio doloroso y cansador. Por eso hace algunas semanas que no escribo mi columna habitual.

    Pero esto es lo de menos. Todos cargamos con alguna cruz, algunas serán más pesadas y otras más livianas. Lo único cierto es que cada persona, cada individuo, es el responsable de superarlas. Podrá consultar a sus familiares, amigos más cercanos y a los mejores profesionales, pero la decisión final sobre qué tratamiento hacer y con qué actitud enfrentarlo es personal e intransferible. Estas decisiones no se “socializan” ni se votan en una asamblea popular. Como tantas otras.

    Durante los meses previos a mi operación estuve haciendo radioterapia y quimioterapia, y lo que más me llamó la atención es cómo a la mayoría de las personas les cuesta llamarle cáncer al cáncer. Prefieren resguardarse en eufemismos como “terrible enfermedad”, “tener el bicho” o “el cangrejo”. Si no llamamos a las cosas por su nombre, jamás lograremos controlarlas. Y vemos cómo esto sucede a escala personal y también comunitario. Para muestra basta un botón: al Partido Comunista del Uruguay tuvieron el tupé de llamarlo Democracia Avanzada. Y nadie se inmutó.

    La famosa Clínica Mayo de Estados Unidos dice que “el cáncer es ocasionado por mutaciones en el ADN dentro de las células (…), que contiene un grupo de instrucciones que indican a la célula qué funciones realizar y cómo crecer y dividirse. Los errores en las instrucciones pueden hacer que la célula detenga su función normal y se convierta en una célula cancerosa”.

    Agreguemos lo que nos enseña la psiquiatra española Marian Rojas Estapé cuando afirma que el cerebro no sabe diferenciar lo que es real de lo que es imaginario; por lo tanto, cada vez que modificamos nuestros pensamientos se producen efectos químicos en nuestro organismo, que serán positivos o negativos, dependiendo de las ideas y conductas que adoptemos.

    Llevemos todo esto al plano de una sociedad, donde existen células (los individuos, las familias, las instituciones) y también creencias dominantes (unos creen en la libertad, otros en la opresión; unos en el valor del trabajo, otros en vivir del esfuerzo ajeno; unos en el libre mercado, otros en los monopolios).

    La pregunta a hacernos es: ¿en qué momento las células que integran la sociedad uruguaya comenzaron a pasar las “instrucciones” a las generaciones siguientes en forma equivocada? Nuestros bisabuelos les trasmitieron a nuestros abuelos el valor del trabajo, la responsabilidad individual, el ahorro, el deseo de superación y el orgullo de la labor bien cumplida. Pero hoy estos valores casi cayeron en desuso.

    Los nuevos cánceres sociales son varios, implican tener a miles de personas viviendo del trabajo de otros; que la mayoría de los jóvenes sean incapaces de comprender un texto básico; que gastar a troche y moche sea mejor que ahorrar; que el Estado tiene que proveerlo todo, de la cuna a la tumba, y que la mayoría de los jóvenes aspiren a un empleo público antes que a emprender sus propios proyectos de vida.

    El cáncer social ha destruido organismos que estaban sanos o, al menos, no tan dañados, como lo fueron los países de Europa del este, la Cuba pre-Batista, Corea del Norte o Venezuela y ahora se suma hasta la propia Argentina, otrora líder mundial en ingreso per cápita y que hoy pelea los primeros lugares en pobreza, corrupción y destrucción de los principios republicanos que soñó Juan Bautista Alberdi.

    Una actitud positiva, valiente y decidida ayuda a curar el cáncer de una persona. A escala social, una actitud positiva, valiente y decidida en defensa de las ideas de la libertad, la propiedad privada, el emprendedorismo y un Estado chico y eficiente cumple la misma función sanadora. Es una batalla por las ideas, por las propias y por las colectivas.

    Yo tengo cáncer. Y lamento anunciarles que ustedes también. La diferencia es que ustedes aún no se han dado cuenta y, por lo tanto, están haciendo poco o nada para prevenirlo o combatirlo.

    Por lo tanto, mientras sigan tolerando que el ADN alterado de lo políticamente correcto se continúe propagando por el entramado social, la metástasis será imparable e incurable. Entonces, ¿están dispuestos a dar la batalla por las ideas? Si la respuesta es sí, háganlo. ¡Y háganlo ahora!

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