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    Monólogo enmascarado

    Columnista de Búsqueda

    N° 1797 - 31 de Diciembre de 2014 al 06 de Enero de 2015

    A Werther no le queda otra salida que irse definitivamente de este mundo. Una reacción desmedida ante el infortunio, una deficiente administración de los sacramentos que sustentan la existencia de todo joven en tiempos normales (estudio o trabajo o relaciones sociales, vida religiosa) y la poderosa idealización de la insulsa Lotte, lo llevaron a un callejón ciego. Las opciones que tenía al principio de la historia, esa vasta cantidad de posibilidades para recorrer, las fue reduciendo hasta quedar en los límites de lo absoluto en estado de máxima pureza: o tiene totalmente a la mujer de sus fijaciones o se pierde sin remedio; y esto, en su caso, ya ni siquiera es un dilema, pues es infinitamente más fácil concebir y ejecutar la propia muerte que modificar la resignación de Lotte, atrapada, como está, entre el deber culinario, la rutina de alcoba y la visceral falta de audacia en un matrimonio que si no le da entera felicidad, tampoco le pide entera satisfacción.

    La ventaja que tiene Werther para consumar su insensatez está dada por la distancia y la soledad, dos eficaces situaciones defensivas que favorece el género epistolar. Una persona frente a otra, mirándola a los ojos, mal puede decir lo que el personaje dice en una carta, cobijado por el aislamiento, favorecido por las innúmeras enmiendas que un texto merece y permite, estimulado por la soberanía de un discurso que no conoce el contratexto, que no ve a su interlocutor, y que por eso lo imagina antojadizamente en unas supuestas reacciones, en posibles réplicas. En ciertas circunstancias, escribir una carta es la forma más amigable que existe para quien no está dispuesto a dialogar. Werther lo demuestra a cada paso: “Está decidido, Carlota: quiero morir y te lo informo sin ninguna intención romántica, con la cabeza tranquila, el mismo día en que te veré por última vez. Cuando leas estas líneas, amada Carlota, yacerán en la tumba los despojos del desdichado que en los últimos momentos de su vida, no encuentra placer más dulce que el de hablar contigo en la mente. He pasado una noche terrible; con todo, ha sido benéfica, porque me ha ayudado a resolverme. ¡Quiero morir!”.

    Ese grito no espera réplica, no la quiere; es un monólogo autosuficiente que busca golpear o turbar sin consentir ninguna devolución. El que escribe una carta es una suerte de tirano del discurso; aunque en su manipulación crea que está en comunicación con otro. En la carta tanto el destinatario como el emisor son inventados: el primero queda mudo frente a la parrafada, el segundo se autopercibe y percibe al otro en posiciones que el contacto personal, por lo que tiene de variedad e improvisación, no necesariamente convalidaría.

    Ya cerca de la Navidad, beneficiado por los árboles sin hojas, por el silencio blanco de la campiña, por las temblorosas estalactitas de su ventana, por la presunción del fuego en el hogar de su amada y por la soledad a la que se ve condenado, el mortificado Werther lleva a niveles de enfermiza delectación el tratamiento de su fatal fuga: “Tu retrato, muy querido para mí, te lo doy con la súplica de que lo conserves. He impreso en él mil millones de besos y lo he saludado mil veces al entrar en mi habitación y al salir de ella. Dejo una carta escrita para tu padre, en la que ruego proteja mi cadáver. Al final del cementerio, en la parte que da al campo, hay dos tilos, en cuya sombra deseo descansar. Esto puede hacer tu padre por su amigo y tengo la seguridad de que lo hará. Pídeselo tú también, Carlota”.

    Lo patético es que conduce el discurso hasta el final; mientras pulsa la pistola que le dará fin a sus días, se hace un tiempo para sembrar en la pobre Carlota el detalle de la despedida, como para que le pese por mucho más tiempo del que debería doler un duelo normal por la pérdida de un amor que después de todo no fue más que un capricho mal gestionado: “Mi alma se cierne sobre el féretro. Prohíbo que me registren los bolsillos. Llevo en uno aquel lazo de cinta rosa que tenías en el pecho el primer día que te vi, rodeada por tus niños… ¡Oh!, abrázalos mil veces y cuéntales la desgracia de su amigo. ¡Cómo los quiero! Aún los veo agitarse a mi alrededor. ¡Ay! ¡Cuánto te he amado, desde el momento primero de verte! Desde ese momento comprendí que llenarías vida… Haz que entierren el lazo conmigo... Me lo diste el día de mi cumpleaños y lo he guardado como una reliquia santa. ¡Ah! Nunca sospeché que aquel principio llevaría a este final. Ten calma, te lo suplico, no desesperes... Están cargadas… Oigo las 12… ¡Que sea lo que tenga que ser! Carlota… Carlota… ¡Adiós! ¡Adiós!”

    En la penúltima oración de la novela, Goethe le hace decir al ocasional narrador, que vino haciendo la liaison entre las cartas, que durante un tiempo se temió por la vida de Carlota; felizmente el final quedó abierto y no aparecieron noticias de que la chica se enredara en el enmascarado soliloquio del descorazonado amante.