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    No es mundo para lentos

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2270 - 4 al 10 de Abril de 2024

    Uruguay es un país lento. Todos los cambios que nos gustaría ver por lo general se toman su tiempo. Quizá por eso, los cambios suelen llegar más como parte de un proceso de sedimentación y acumulación que como resultado de una rutilante epifanía que lo ilumina todo en un solo instante. Tan así es la cosa que de alguna forma hemos construido una suerte de culto a la lentitud, hasta el punto en que esta nos resulta casi invisible, parte del paisaje. De ahí que creamos mayoritariamente que el estado natural de las cosas es la lentitud.

    Ojo, esa lentitud, esa parsimonia, tiene virtudes. La estabilidad del sistema es una de ellas. Un sistema que se autorregula y que, salvo excepciones, no suele ser muy afecto a los cambios radicales. De ahí que esa estabilidad permita que, por ejemplo, el sistema partidario termine integrando a los outsiders que van apareciendo. La lentitud tampoco resulta negativa para el ejercicio de la justicia, que es lenta por definición. La justicia jamás debería ejercerse en caliente porque corre el riesgo de no ser justicia sino revancha. Se podría decir que la lentitud, que muchas veces nos exaspera y que al mismo nos parece natural, tiene su lado bueno. Un lado bueno que en Uruguay sin duda exploramos de manera intensa.

    El problema de esa morosidad, de esa lentitud generalizada y, en algunos casos, necesaria, es que no funciona de forma adecuada en otras áreas. La de la innovación tecnológica, por ejemplo. Sobre eso hablaba el director del Instituto Pasteur, Carlos Batthyány, en el más reciente encuentro de los Diálogos del futuro organizados por la Unesco. Seguir discutiendo si innovación sí o innovación no, decía Batthyány, es seguir en una discusión que en el resto de mundo fue saldada hace décadas. Seguir dando vueltas en torno a eso, a ese debate infértil, solo muestra que nuestra lentitud para procesar algunos asuntos resulta de hecho una traba a la posibilidad de sumarnos al vagón de los países alimentados y potenciados por el conocimiento. Un conocimiento que en buena medida ya tenemos pero que, por esa morosidad que nos caracteriza a la hora de tomar decisiones, no logra acercarnos definitivamente a los países tecnológicos

    A eso se suma la dificultad que ya de por sí tiene la tecnología uruguaya a la hora de salir a venderse en el orbe. Uruguay no es un país conocido por sus patentes o por su capacidad de generar tecnología e innovación de punta propias. El exrector de la Universidad de la República Rafael Guarga recordaba hace un tiempo lo complicado que le había resultado vender su sistema de protección de heladas hace años, incluso después de haber recibido varios premios a la innovación. A eso se suma algo que comentaba la científica Pilar Moreno: el que muchos científicos patrios no se sientan interpelados por los asuntos tecnológicos, acostumbrados al ecosistema que proporciona una academia que muchas veces prefiere estar lejos de esos procesos. La idea de que producir innovación y tecnología es “hacerle el juego al capitalismo” es tan perniciosa como la que afirma que “no hace falta invertir en ciencias básicas, alcanza con aplicar lo que ya se sabe”.

    En todo caso, el ejemplo de la innovación tecnológica es bueno para resumir las dificultades que plantea la lentitud patria en estos asuntos. O, incluso peor, que en vez de asumir las necesidades ejecutivas que hacen falta aparezca en escena la costumbre patria de crear comisiones para que analicen la creación de una segunda comisión que podría dar lugar, en caso de ser necesario, a la creación de un grupo de expertos que a su vez podría analizar la creación de una subcomisión que analizaría la viabilidad de constituir un grupo de análisis que… “And so on”, diría Zizek. No es solo lentitud, es también nuestro regodeo con la especulación lo que termina por aplastar muchas de nuestras posibilidades de hacer.

    En esa misma reunión donde habló el director del Instituto Pasteur, estuvo el diputado blanco Rodrigo Goñi, presidente de la Comisión de Futuros del Parlamento del Uruguay, quien señaló que potenciar el combo ciencia, innovación y tecnología “más que motor de desarrollo es una cuestión de supervivencia”. Goñi asumió que en su rol de miembro del Parlamento es “más parte del problema que de la solución” y que resulta “imperdonable” que el Parlamento no haya aprobado el tratado de adhesión a las patentes, entre otros. “El problema es, lo están viendo y lo van a ver en la campaña, que este tema no es prioritario para el sistema político”, señaló el legislador. Más allá de reconocer que la frustración del parlamentario era auténtica, es llamativo que los miembros del sistema político, en particular los que son parte del partido de gobierno, siempre parezcan colocar el problema en los hombros de los “otros”. Supongo que así es cómo funciona la política fuera de los manuales de politología.

    Apenas terminó Goñi su intervención, Batthyány pidió la palabra para agradecer el “sincericidio” del diputado y recordó que “poder decir públicamente que no logramos crear un consenso nacional sobre cuál es la importancia que hay que darle a la ciencia, la tecnología y la innovación, para que el país logre salir de la mediocridad en la que está, es fundamental”.

    “La evidencia para saber lo que hay que hacer ya está. Lo que hace falta es un acuerdo nacional a 30 años”, dijo el director del Pasteur, señalando además que Uruguay “tiene tres indicadores que son pésimos. Más del 90% de lo que se invierte en ciencia, tecnología e innovación lo invierte el Estado, y eso está mal. El 98% de los investigadores trabajan en el sector público y eso implica que las empresas uruguayas no tienen investigadores que les permitan generar innovación y por tanto van a quedar afuera del mercado… Y el tercer indicador que es muy muy malo es el número de investigadores por habitante que tiene Uruguay. Nos hace falta al menos 10 veces más investigadores de los que tenemos”.

    Seguramente hablar de políticas de Estado descompense a más de un hooligan partidario y el grito de “¡Maldito frutillita!” surja en el pecho de más de un connacional. Pero cuando el propio director del Instituto Pasteur es quien plantea la necesidad de un pacto de ese tipo, para poder tener alguna clase de prosperidad futura, quizá sea hora de comenzar a pensar en serio si nuestros métodos y, sobre todo, nuestros plazos son esa panacea letárgica de la que nos sentimos tan orgullosos y de la cual todos aspiramos ser parte. Si nadie lleva estos temas en la campaña electoral es porque nosotros, los ciudadanos, lo permitimos. El mundo tecnológico que ya llegó no es mundo para lentos. En nuestra velocidad de reacción nos va el futuro como país.

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