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    No lo vieron a Molina...

    Claro que lo vimos. No es, por cierto, el “que no pisa más el bar”, como lo cantaba el Canario Luna en el Brindis por Pierrot, de Jaime Roos.

    No es el del brindis, es el del insulto vulgar, un pobre tipo (que no es lo mismo que un tipo pobre) merecedor tan solo de nuestro desprecio. Punto.

    Pero no es lo único que vimos. Al contrario. En estos tiempos de reclusión forzada no solo lo vimos al gordo mal hablado ese, sino que buena parte del tiempo la pasamos mirando la tele, como el pobre Fortunato. Tengo que llamarlo a Fortunato, a ver cómo anda, siempre medio dormido, pero tengamos en cuenta que siempre lo agarramos cansado, después de cenar…

    Como telespectador, en tiempos de vida normal y desinfectada, mis preferencias han sido los informativos y el fútbol. Y Netflix, claro. Pero en estos tiempos de coronita me cuelgo de cualquier cosa: informativos locales e internacionales, de preferencia, pero falta el deporte, y uno empieza a hacer zapping, hasta quedar al borde de la tendinitis en el pulgar derecho. Paseando así, uno descubre canales que ni sabía que existían, como Canal Chic, Hola TV, Gourmet, EWTN, cosas rarísimas.

    Les cuento algo que tal vez no sepan, por lo menos fue nuevo para mí. Yo, de la familia real británica sabía poco. Que la reina está viejita y la guardaron en un castillo lejano para cuidarla del virus, que el príncipe de Gales sí que se la agarró, y lo tienen a quietud en otro de los castillos de la familia, que la pobre lady Di murió en un accidente pero sigue siendo noticia cotidiana y, de rebote, que el pintoresco primer ministro, que merecería ser nieto de Benny Hill, y que no es por cierto de la familia real pero se trata y se visitan mucho, también está guardado con el virus en 10, Downing St.

    Pero no sabía que el príncipe Harry, el pelirrojo hijo menor de Diana, se casó con una morena espectacular (que dicen que fue reina de las Llamadas en Los Ángeles hace unos años, pero eso debe ser fake news). No solo se casaron Harry y Megan (que así se llama la morocha), sino que, además, para asombro de todos, tuvieron un hijito (que no salió pardito, también para sorpresa de todos) al que le pusieron Archie. Arrancaron mal. Archie es un nombre de mucamo de guantes blancos, o de oficial de los húsares, pero de categoría menor. El niño, para ser de la familia real, si les gustaba Archie, deberían haberlo llamado Archibald Christopher George Edward. Y después le decían Archie y listo.

    Agárrense con lo que viene: la morena resultó ser una impertinente, que despedía a cada rato a sus damas de compañía y de servicio, se ponía las tiaras de su fallecida suegra, para ir a las fiestas le afanaba (prestadas, claro) las joyas a la reina, y se cruzaba de piernas para las fotos reales, cuando tooodo el mundo sabe que las reinas y las princesas no cruzan las piernas, ni para las fotos, ni para nada. Y entonces empezaron los líos, se pelearon con el resto de la familia, se fueron a vivir a Canadá, ella firmó un contrato con Disney para hacer un filme con la vida de la Mona Chita, y dejaron de recibir los honorarios y el trato que cobran y usan los integrantes de la familia real.

    Me pregunto cómo pude vivir hasta ahora ignorando todo ese retazo de la historia de la Gran Bretaña, digna de inscribirse junto con las cruzadas de Ricardo Corazón de León y la batalla de Trafalgar, por ejemplo.

    Ni les cuento lo que me enteré del rey emérito de España, don Juan Carlos de Borbón y dos Sicilias. Ahora de viejo le vienen a destapar no sé qué amoríos con una noble alemana que está tanto o más espectacular que la morena del Harry de Windsor, aquella con la que lo fotografiaron cazando elefantes en África hace años, hasta ahí te la llevo. Pero que parece que ahora la teutona (dije teu-to-na) le sacó a relucir que el entonces rey había cobrado una coima de 100 millones de dólares del rey de Arabia Saudita, un enredo con compañías fantasmas truchas de Panamá (y cuentas en Suiza, comme il faut) y el pobre Felipe VI tuvo que desheredarlo al revés, o sea, rechazarle la herencia que le correspondería y quitarle la mesada que le pasaba la Corona de España. No sé cómo digerir este trozo de la historia de la Madre Patria, digna de figurar en los libros junto con la reconquista de al-Ándalus y la derrota de Boabdil, el descubrimiento de América o las obras célebres de Cervantes, de Velázquez y de Dalí.

    No paro de agradecerle al zapping haber descubierto estos secretos, o, muy por otro lado, haber presenciado programas en los que unos personajes de delantal y manos hábiles cocinan platos “sencillos y rápidos”, al alcance de todos los bolsillos, en los que figuran ingredientes tales como el caviar, el salmón, las reducciones de Ribera del Duero en salsas que sazonan codornices y faisanes, todo aderezado con cilantro, faltaba más. Y te lo sirven en una copita de Veuve Clicquot Ponsardin Cordon Rouge, bien frappé.

    Les aseguro además que a esta altura ya sé quiénes son los modistas (no se dice modistos, como no se dice artistos ni pianistos) que visten a la reina Letizia, a la duquesa de Zabarandán y Borbón Parma, y a la marquesa Ifigenia de Gorriarangoitía y Palazuelos. Que se usa la falda tres cuartos apenas sesgada al bies, y que el color de la primavera será el old violet sobre el tono provence.

    Ojalá se alargue un poco más este maravilloso confinamiento, que nos permitirá a todos profundizar en tanta sabiduría, historia y entretenimiento.

    Igual, los que están trabajando en la vacuna contra el virus sigan metiéndole duro.

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