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    jueves 20 de junio de 2024

    Para el barro, los chanchos

    Nº 2223 - 4 al 10 de Mayo de 2023

    Los hechos evidencian que la autenticidad es una de las virtudes que los votantes uruguayos más valoran. No tengo claro si es la primera, la segunda o la tercera, pero lo que sí parece bastante obvio es que los postulantes a cargos electivos que no son auténticos quedan por el camino. Podrán ser electos ediles, diputados, senadores o hasta intendentes, pero nunca llegan a presidentes de la República. Para lograr el premio mayor de la contienda electoral no solo hay que parecerlo. También hay que serlo.

    Como prueba, dos ejemplos que a simple vista pueden parecer antagónicos pero que tienen puntos en común: el actual mandatario, Luis Lacalle Pou, y uno de sus antecesores, José Mujica. Uno siempre fue asociado con los sectores más pudientes y el otro con los más combativos. Uno tiene su casa en La Tahona y el otro en Rincón de Cerro. Uno fue formado en un colegio inglés de elite y el otro estuvo más de una década preso por haber liderado una guerrilla. Los dos fueron elegidos como presidentes con una diferencia de 10 años. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Tanto cambiaron los uruguayos desde uno a otro? No parece ser la explicación más sensata.

    Lo que sí ocurre es que ambos supieron interpretar muy bien los tiempos en los que compitieron y se mostraron como lo que son, sin recurrir para ello a estrategias con las que no se sentían cómodos.

    Lacalle Pou empezó a ganar las elecciones nacionales cuando no solo no ocultó su formación, su pasado como hijo de un presidente y su casa en un barrio privado, sino que reivindicó cada uno de esos aspectos. “Yo soy esto y no tengo porqué ocultarlo”, contestó más de una vez cuando le preguntaban al respecto. Algunos decían que un dirigente político viviendo en un barrio privado no podía llegar a ser presidente uruguayo porque generaba mucha resistencia. Otros, que su condición de “hijo de” lo limitaba. Se equivocaron. Ganó con todo eso a cuestas, haciéndose cargo y poniéndolo arriba de la mesa, con orgullo.

    Lo mismo, pero en la vereda de enfrente, ocurrió con Mujica. Por más que durante la campaña electoral optó por no hablar de su pasado guerrillero, tampoco rehuyó a contestar sobre él cada vez que se lo preguntaron. Utilizó su forma y lugar de vida como manera de atraer votos. Tomó la autenticidad como bandera y le funcionó. Hasta el día de hoy le funciona. Por más que haya muchos que digan que es un asesino o sucio o resentido, más de la mitad de los uruguayos lo votaron y sigue siendo uno de los líderes políticos más populares del país y de la región.

    Ni Mujica se puso corbata para ganar ni Lacalle Pou se la sacó. Ni Lacalle Pou ni Mujica cambiaron u ocultaron su entorno cotidiano para llevar adelante una campaña electoral exitosa. Tampoco modificaron su forma de hablar ni de relacionarse. Los dos siguieron atendiendo sus teléfonos celulares, contestando los mensajes y frecuentando los mismos lugares. Claro que se rodearon de asesores y profesionalizaron su carrera proselitista a la presidencia, pero sin perder su esencia.

    Y a los uruguayos, o al menos a esa mayoría silenciosa que es la que define elecciones, les gusta eso. Así lo demuestran los ejemplos de Lacalle Pou y Mujica, útiles por representar a dos extremos, pero algo similar ocurrió con todos los presidentes electos desde la restauración democrática en 1985.

    Ahora, a poco más de un año de que vuelvan las urnas a las mesas electorales para elegir al próximo presidente, la campaña está adquiriendo un nivel que deja mucho que desear. Se multiplican los insultos, las descalificaciones y los argumentos vacíos de contenido. Se empezaron a inundar de barro algunos de los pasillos del Palacio Legislativo y de las sedes partidarias.

    Ya son varios, desde el oficialismo y la oposición, que me han transmitido durante las últimas semanas su preocupación por el nivel con el que se inició la carrera para 2024. Creen que esto puede ser apenas el inicio de un tobogán que nos deje en una situación similar a la argentina.

    No necesariamente. En el país vecino a todos les gusta chapotear en el barro, estén donde estén dentro de la pirámide de poder, y en Uruguay para el barro siguen estando los chanchos, esos que llaman la atención, generan revuelo, pero nunca llegan a la cúspide.

    Algunos temen que aterricen en la penillanura levemente ondulada fenómenos como el de Javier Milei en Argentina o Jair Bolsonaro en Brasil, dirigentes de peso que crecieron despotricando en contra de un sistema político tradicional que ha perdido mucha credibilidad. Intentos de outsiders pretendiendo crecer con discursos rupturistas ha habido por estos lares, pero no fueron del todo exitosos. Las peleas más agresivas siguen en las capas bajas o intermedias de la política, pero desde las alturas se manejan otros códigos. Al que los rompe habitualmente le va mal. Así lo muestra la historia reciente y es bueno tenerlo en cuenta. Porque caminamos hacia meses de crispación y provocaciones. La disputa está muy pareja y crecen las tentaciones de revolcarse en el barro. Pero, otra vez, eso solo les queda bien a los chanchos, y los votantes ya los tienen identificados, a los de uno y otro bando.

    Un agregado. La mayoría de los futuros postulantes presidenciales serán debutantes en las grandes ligas. Es probable que muchos de sus asesores y consultores les hagan recomendaciones de cómo posicionarse y algunos de ellos les sugieran alejarse de lo que verdaderamente son. Un poco de maquillaje es comprensible, pero cuando el cambio de imagen o de actitud se torna excesivo se puede hacer grotesco. Y la gente no es tonta. Subestimar al votante es la mejor forma de firmar desde ya la derrota. Ejemplos sobran y muchos se registraron durante los últimos años.

    El próximo presidente será el que más logre atraer votantes en función de lo que es y también de lo que no es, con respeto hacia los uruguayos que lo eligen y los que no lo eligen. La descalificación gratuita y el desprecio y odio al que piensa diferente pueden tener un piso relativamente alto pero tienen un techo muy bajo.

    Podrá haber mucho ruido, chapoteo y embarradas más expansivas. Así parece que será en algunos ámbitos. Pero a no confundirse, que eso solo servirá para distraer la atención. Son 11 pisos los que alejan al barro rastrero y sus cultores de la oficina presidencial de la Torre Ejecutiva.