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    Pleno a la soja

    N° 2000 - 20 al 26 de Diciembre de 2018

    El 2018 va a quedar en la historia como uno de los años más difíciles para la agropecuaria uruguaya. Quizás quede marcado como uno de las peores sequías que haya tenido Uruguay en los últimos tiempos y que marcó a fuego a toda la cadena agroexportadora. Hay un antes y un después de estos 12 meses para un sector que enfrenta dificultades que requieren soluciones innovadoras. Lo que funcionaba antes ya no es solución en este momento y el sector reclama cambios urgentes.

    Aparte de la sequía, el 2018 marca el inicio de un movimiento desde el campo que reclama al resto de la sociedad un ajuste para poder seguir produciendo y no ser asfixiados con sobrecostos e impuestos que generan una muerte lenta y silenciosa del aparato productivo nacional.

    Algunos sectores se ven más firmes que otros en el reclamo, pero las soluciones siguen sin aparecer como para cambiar la tendencia. Tomemos por caso la lechería o el arroz, que vienen enfrentando problemas estructurales serios sin que haya medidas de fondo que ayuden a superar la coyuntura y pensar en un futuro auspicioso. Hay que ser justos y decir que el Poder Ejecutivo ha ensayado algunas ayudas, pero que siempre llegan tarde y son apenas un paliativo a los problemas de fondo.

    Conforme vivimos en un país cuyos recursos estatales están cada vez más menguados y se deben destinar a las situaciones urgentes, el agro es nuevamente postergado. Mismas ideas dan mismos resultados. Al Ejecutivo le falta audacia y sensibilidad para manejar los problemas del agro. No creo que las cosas vayan a cambiar mucho en lo que queda del período de gobierno. La esperanza está puesta entonces en quien pueda venir con otra aproximación a la solución de los problemas, que nos devuelva la competitividad de forma genuina y duradera.

    La agricultura de invierno tuvo un respiro con muy buenos rindes y precios altos que permiten al menos llegar a un fin de año algo holgados de caja para muchas empresas que necesitaban eso con desesperación. Pero hay que tener en cuenta que se trata de una apuesta que salió bien y poco más que eso. No cambia (lamentablemente) el resultado global. El partido se sigue jugando en la soja, que es el producto que más se produce en el Uruguay agrícola.

    Tuvimos la mala suerte que a los factores estructurales que afectan al mercado de la soja (una oferta enorme que aumenta las existencias globales a escala récord) se sumaron los conflictos comerciales entre el mayor productor del mundo (EE.UU.) y el mayor demandante (China). Y los precios de la soja siguen deprimidos justo cuando nosotros necesitamos lo contrario. No sabemos cuándo se arreglará el conflicto (que, al igual que la sequía en Uruguay, produjo cambios estructurales muy profundos en el relacionamiento entre los actores), lo que deja más dudas que certezas respecto del futuro.

    Nosotros en Uruguay seguimos aferrados a una soja cuya demanda tiene algunas interrogantes que conviene analizar con un sentido estratégico antes de seguir apostando a plantar la oleaginosa para salir de las deudas. No se engañen: muchos agricultores se tiraron al agua a sembrar soja no porque hoy sea un cultivo rentable sino porque es en el que tienen la esperanza de que allí lograrán no el sustento sino algo para pagar un poco de lo que deben. A ese sector, no tuvimos mejor idea que blindarlo con seguros que cubren un rendimiento mínimo (buscando asegurar que lo que le presto me lo pueda devolver), con lo que corremos el riesgo de agrandar el problema de deudas del sector. El gran ausente es nuevamente el Estado, que se contenta con una medida fiscal que permite exonerar de la renta los seguros de rendimiento.

    Yo le creo al agricultor uruguayo. Sabe cómo sacar grano, tiene la tecnología y es resistente a un contexto macro hostil. Por sobre todo es un optimista nato, pero tiene que entender que las cosas cambiaron y que las recetas que aplicaban antes ya no funcionan.

    El sistema requiere ajustes para seguir funcionando y tiene que explorar nuevas alterantivas. Aparecen nuevos cultivos y nuevas formas de negocios que ayudan, pero los cambios son lentos. Sigo reclamando un diálogo en serio, mirando al futuro pero con una agenda de medidas concretas que permitan aterrizar el concepto de competitividad a cosas tangibles y no simples discursos. Creo que todos merecemos el hacer una autocrítica sobre lo que hicimos bien y lo que hicimos mal. La sola trayectoria del sector nos debería poner en alerta y empujarnos a buscar soluciones de forma más urgente.

    Así nos jugamos otro verano más a que la soja nos salve. Yo siempre pido sabiduría para saber el mejor camino. Pido que el 2019 sea mejor que el 2018 que dejamos atrás y que seamos capaces de sacar las lecciones correctas. A todos los uruguayos que dejan día a día su esfuerzo por hacer de este Paraíso un lugar mejor, mis mejores deseos de que este año que termine nos deje más sabios y que el año que comienza sea de éxitos y prosperidad.

    (*) El autor es ingeniero agrónomo (Dr.), asesor privado y profesor de Agronegocios en la Universidad ORT.

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