Porno a los 11

Porno a los 11

La columna de Pau Delgado Iglesias

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Nº 2157 - 13 al 19 de Enero de 2022

Es una de las “personas más influyentes de 2021” según la revista Time. Tiene 20 años, nació en Los Ángeles y sus canciones están entre las más escuchadas del mundo. Billie Eilish canta y compone; empezó a hacerse famosa cuando tenía 13 años, hoy tiene casi 100 millones de seguidores en su cuenta de Instagram. El 13 de diciembre dio una entrevista de más de una hora y media al programa de radio The Howard Stern Show en la que habló de su último disco, sus rutinas de trabajo, el Covid y muchos otros temas con enorme espontaneidad y lucidez. Pero lo que hizo más eco en la prensa internacional fueron sin duda sus declaraciones sobre la industria del porno.

El tema aparece cuando Stern le pregunta sobre Male Fantasy (fantasía masculina), una canción de su último disco. La letra dice así: “Sola en casa, tratando de no comer. Me distraigo con pornografía, odio cómo ella me mira a mí. No puedo soportar el diálogo. Ella nunca estaría así de satisfecha, es una fantasía masculina”. Eilish explica que la idea de incluir esas líneas surgió durante una conversación con su hermano —con quien compuso y produjo el disco— en la que comentaban sobre lo raro que es el porno y lo normalizado que está en la sociedad.

“Como mujer, creo que el porno es una vergüenza. Yo solía mirar mucho porno, para ser sincera; empecé a mirar porno cuando tenía 11 años”, cuenta la cantante. Creía que era la manera de aprender sobre sexo, dice, y explica que a los 14 años era una defensora del porno, que se sentía cool por mirarlo y que le parecía estúpida la gente a la que no le gustaba.

Ahora, Eilish siente que todo ese porno le “destruyó el cerebro” y que las primeras veces que tuvo sexo aceptó hacer cosas que en realidad no quería porque suponía que eso era lo que le tenía que gustar. “¡Me enoja tanto que el porno sea tan amado! ¡Y me enojo tanto conmigo misma por haber pensado que todo eso estaba bien!”, dice la joven, que el día de la entrevista tenía todavía 19 años.

Por supuesto, muchas personas se sintieron molestas con sus declaraciones. No es de extrañar: la industria audiovisual del sexo es uno de los dos pilares sobre los que se apoya el sistema económico contemporáneo, junto con la industria farmacéutica (algo que ya afirmaba Paul Preciado en 2008 cuando hablaba del sistema “farmacopornográfico” y que la actual pandemia no ha hecho más que confirmar).

Lo cierto es que las declaraciones de Eilish hablan de una gran valentía. En primer lugar, porque con apenas 20 años recién cumplidos es capaz de compartir una experiencia íntima y dolorosa, en un intento de abrir una conversación colectiva necesaria sobre algunos temas. En segundo lugar, porque el espíritu de la época es absolutamente proporno y realizar una crítica de ese tipo implica haber tenido que hacer un proceso de reflexión personal a contrapelo de lo cool. De hecho, el verdadero éxito de la industria del porno es haber logrado pasar por cool y alternativos los intereses del poder económico más hegemónico. Pero a Eilish no se la puede siquiera tildar de conservadora (la forma más común de atacar a cualquier persona que realice una crítica contra la industria), porque ella misma está diciendo que durante años de su vida consumió sin parar porno abusivo y violento y le parecía genial. Entonces sus palabras son una patada al hígado y exponen de un plumazo varios problemas ante los ojos de millones de jóvenes que la miran con atención.

Uno de los temas que menciona es cómo lucen las mujeres en la pornografía: “El aspecto que tienen las vaginas en el porno es un delirio. Ninguna vagina tiene ese aspecto, los cuerpos de las mujeres no tienen ese aspecto, no acabamos así, no disfrutamos de las cosas que ahí parece que se disfrutan”, afirma. Otro tema en el que hace hincapié es el del consentimiento: “Como en la pornografía no hay consentimiento, hay un problema enorme con ese tema. Y no solo el consentimiento para tener sexo, sino el consentimiento durante el sexo”, señala Eilish, resaltando lo importante que es preguntar siempre a la otra persona durante el sexo lo que se puede o no hacer. De hecho, las prácticas BDSM (bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadomasoquismo) se basan precisamente en el consentimiento constante de quienes participan, con códigos bien claros y establecidos de antemano para no atravesar un límite no deseado, algo que no parece reflejarse en el porno BDSM.

Finalmente, aborda el tema de cómo la violencia contra las mujeres que se refleja en el porno impactó en ella y en muchas otras: “Si no te interesa que te den cachetadas o que te ahorquen, es como que sos aburrida en la cama”. Y agrega: “Las mujeres piensan, ‘¡ah!, entonces me tiene que gustar que me lastimen para que piensen que soy buena en la cama’”. En distintos países, varias mujeres jóvenes se han hecho eco de sus palabras, sumando experiencias de cómo sienten que la exposición al porno desde edades tempranas las afectó negativamente en su vida sexual posterior.

Ojalá el tema siga dando que hablar, porque evidentemente todavía hay demasiadas conversaciones pendientes. Mientras tanto, generaciones enteras se siguen formando sexualmente a través del porno mainstream. Una buena forma de amortiguar este impacto, tanto para mujeres como para hombres jóvenes, sería sin duda contar con una buena educación sexual integral en los centros educativos que les brinde las herramientas necesarias para poder procesar toda esa información.