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    Propietarios del poder

    Columnista de Búsqueda

    N° 2022 - 30 de Mayo al 05 de Junio de 2019

    En el desarrollo de las ideas políticas lo constante de lo cambiante reside en el pleito entre las teorías que postulan el carácter optimista del poder y aquellas posiciones que con buen criterio desesperan de la fragilidad a la que están expuestos los derechos de las personas. Llamo optimista a todo poder que pretende producir felicidad, que cree haber discernido los arcanos de cada individuo sometido a su arbitrio y ofrecer, en consecuencia, una solución comprensiva para todos, suerte de prenda de talle único que calza por igual de sisa, de hombros y de largo a todos los miembros de la especie.

    La idea de soberanía, en el sentido que la plantea Jean Bodin como lo que está más arriba en la jerarquía del poder, lo que está primero (Los seis libros de la República,1576; o Carl Schmitt en Teología política, 1933), que define al soberano como aquel que es el que decide el estado de excepción y actúa en él plenamente, es muy diferente a la trazada por las siniestras determinaciones de Rousseau, para quien la soberanía residía en el pueblo. Esta última acepción ha sido causa de males inenarrables para los pueblos y naciones porque, entre otras cosas, se apoya, como bien lo demuestra Benjamín Constant (Principios de política, 1815), en falacias de difícil sustento. Constant, que era liberal, va a decir que las andanadas de Rousseau conducen fatalmente a la tiranía, al sofocamiento de los derechos personales.

    Copio un pasaje introductorio del citado trabajo en el que enuncia el registro histórico que abona más que el recelo el rechazo ante esa afrenta: “Cuando se establece que la soberanía del pueblo es ilimitada, se crea y se lanza al azar en la sociedad humana un grado de poder demasiado grande en sí mismo, y que es un mal cualesquiera sean las manos en que se le coloque. Confiadle a uno solo, a varios, a todos, e igualmente seguirá siendo un mal. Podéis atacar a los depositarios de ese poder, y según las circunstancias, acusaréis por turno a la monarquía, la aristocracia, la democracia, los gobiernos mixtos, el sistema representativo. Cometeréis un error: es el grado de fuerza y no los depositarios de esta fuerza lo que debe ser denunciado. Es contra el arma y no contra el brazo que hay que obrar con severidad. Hay pesos demasiado agobiantes para la mano de los hombres. El error de aquellos que de buena fe, en su amor por la libertad, han acordado un poder sin límites a la soberanía del pueblo, viene del modo como se han formado sus ideas en política. Han visto en la historia una minoría de hombres o incluso a uno solo en posesión de un inmenso poder que hacía mucho daño; pero sus iras se dirigieron contra los poseedores del poder y no contra el poder mismo. En lugar de destruirle, no han aspirado sino a desplazarle. Era una plaga, ellos lo han considerado como una conquista. Lo traspasaron a la sociedad entera. Pasó de esta a la mayoría, de la mayoría a las manos de algunos hombres, y a menudo a uno solo. Ha hecho tanto mal como antes, y se han multiplicado los ejemplos, las objeciones y los argumentos contra todas las instituciones políticas”.

    Pese a las evidencias que prodigan con harta generosidad la historia lejana y cercana de la política hay que reconocerle al principio un efecto narcótico admirable. Es increíblemente fuerte en algunos colectivos la seducción que ejerce esa fantasía de creer que a una masa informe sin más compromiso o preparación que las improvisadas leyes dictadas por el azar le puede concernir el interés de los contribuyentes y obrar en su nombre y con su dinero de manera correcta y límpida. Una larga prédica a cargo de políticos ha diseminado como deseable y como real semejante absurdo, y con ello terminó de condenar las esperanzas de la libertad de las personas. Porque una cosa es que las ideas encuentren acogida o despierten simpatías, y otra muy distinta, y más grave, es que a algunos se les ocurra ponerlas en acción; ahí es cuando la teoría se convierte en tragedia.

    Benjamin Constant, junto con su novia Germaine Necker (esposa del barón Staël-Holstein) creyeron al principio que Napoleón podría poner fin a las peligrosas insensateces de la Revolución. Un año de estreno del consulado les alcanzó para comprobar que se habían equivocado; el poder, bajo la invocación que fuera, siempre es ejercido con discrecionalidad por quien domina sus resortes. En cuanto pudo, la pareja abandonó Francia, salvando su libertad y tal vez su vida.

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