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    Prostética del lenguaje

    N° 1979 - 26 de Julio al 01 de Agosto de 2018

    Cuando trabajé en la cocina del Hard Rock Café de Barcelona, allá a comienzos de los dosmiles, me dieron dos libritos durante la semana de entrenamiento. Uno tenía las recetas y las proporciones de cada plato, por ejemplo, cuántos pepinillos y cuántas rebanadas de tomate debía llevar una hamburguesa. El otro era una suerte de biografía de la empresa y sus fundadores, en donde se ponía un fuerte énfasis en los valores de no discriminación e inclusión que supuestamente imperaban en ella.

    Lo del tamaño de las porciones y el número de pepinillos se respetaba bastante a la hora de servir los platos, aunque no siempre el número exacto. No ocurría lo mismo con lo de la discriminación y la inclusión: a pesar del speech oficial que difundía el segundo libro, en el local era clarísima la división étnica del trabajo. No había un solo camarero negro ni latino ni de color “sospechoso”. Todos eran rubios y saludables europeos, justo en un país como España, en donde no abundan los rubios. Los de color intermedio, es decir los uruguayos, mexicanos y hasta algunos españoles, estábamos en la cocina y se nos podía ver, más o menos, desde el salón. Los negros estaban fuera de la vista del público y trabajaban todos en la limpieza de platos o en la preparación previa de los alimentos, en la parte de atrás de la cocina. La escala salarial iba en ese mismo orden: el mejor sueldo, los camareros; sueldo medio, los intermedios y el peor sueldo para los negros.

    La distancia que existía entre el lenguaje que el Hard Rock usaba para describirse a sí mismo y los hechos reales era sangrante. La distancia que existía entre lo que la empresa hacía y lo que predicaba, por mucho que el lenguaje que usara en sus manuales fuera de unos niveles de inclusión preciosos, se abría como un abismo. Y es que el lenguaje cobra su sentido más profundo solo cuando sirve para describir aquello que existe, se vuelve “real”, se encarna cuando cumple con esa condición. El camino opuesto, que es el que seguía el Hard Rock, sirve en cambio para correr un poco piadoso telón sobre las discriminaciones reales que existían en lo laboral en esa empresa. Tengo la impresión de que algo parecido ocurre cuando se habla de “lenguaje inclusivo” en estos días.

    Por un lado, cuando en el centro del debate público se coloca a los símbolos, se está desplazando la mirada de la desventaja real, que puede ser detectada, medida y corregida, hacia la desventaja simbólica, que no requiere lidiar con la sucia realidad y que otorga al usuario la idea de que está haciendo tremenda revolución sin moverse del sillón. El concepto de que cambiando los símbolos cambiamos la realidad es atractiva por perezosa: no hace falta invertir mucho dinero ni destinar mucha gente para que se meta en el barro. Tiene además algo profundamente voluntarista: es verdad que los símbolos nombran lo real y que a su vez lo transforman. Pero eso no ocurre mecánicamente; mientras unas palabras sigan designando algo y su sentido, eso que está en la realidad no se va a modificar porque estas palabras sean cambiadas desde una instancia de poder.

    Cuando socialmente se asumen los giros del lenguaje que surgen de un sector determinado, se asumen porque esos giros resultan inteligibles para quienes los adoptan y porque resumen algo que realmente existe: cuando los fumetas uruguayos adoptaron el lenguaje de los fumetas brasileños y todos empezamos a hablar de “pegar maconha” o de que este tipo era “medio maluco” y demás giros, fue porque esa realidad fumeta se empezaba a desparramar por la región. Es decir, las palabras sirvieron para nombrar algo que ya estaba ocurriendo de hecho.

    Además, esos cambios no fueron impulsados desde una agenda diseñada desde el poder (ser gobierno es poder y ser una ONG que marca la agenda del gobierno es poder), al revés, muchas veces ese lenguaje específico se usaba como barrera ante el poder, como una forma de no decir aquellas palabras en español que hablaban sobre el porro y que te podían hacer dar con tus huesos en una seccional policial. Es decir, se usaban esas palabras porque estas querían decir algo o disimular algo, no para empujar algo que aún no estaba. Y fueron adoptadas por un grupo, pequeño o grande, eso no importa, porque tenía posibilidades comunicativas reales.

    Lo interesante es que los cambios que ocupan al “lenguaje inclusivo”, que se presenta como su indispensable disparador, ya se están produciendo gracias a la economía. Me explico recurriendo a una simplificación: cuando las mujeres ingresaron masivamente al mundo laboral, se liberaron de las ataduras económicas que las condicionaban en su vínculo de pareja y se convirtieron en un factor fundamental de la economía. Si mañana las mujeres abandonaran sus puestos de trabajo súbitamente en todo el mundo, la economía del planeta se resentiría. Eso es poder y el poder es una de las fuentes de la ciudadanía, basta con mirar la historia de esa idea. Es más difícil negarle sus derechos a alguien sobre quien ya no se tiene preeminencia económica o poder legal de alguna clase. Este cambio viene desde comienzos del siglo XX y se volvió masivo desde la II Guerra Mundial, cuando los hombres fueron al frente a hacerse matar y las mujeres ocuparon su lugar en las fábricas.

    Y ahí entra el problema del papel del Estado: es verdad que el Estado predica algunas verdades y maneja un lenguaje que no es neutro. Así ha sido siempre y así será siempre en la medida en que el Estado es esa herramienta que nos dimos los ciudadanos para gestionar nuestro espacio común. Es justamente por eso que el gesto estatal debe ser siempre moderado y precavido: salir corriendo atrás de la última tendencia en teoría económica puede hundir un país; subirse al carro de las ideas del último líder populista de la región puede devenir en un aislamiento político no deseado con el resto de los países. Lo mismo ocurre con sus intervenciones sobre el lenguaje, que deberían ser precavidas e informadas. Y tomar en cuenta, como bien señala la académica argentina Ana Ester Virkel, que “no es el lenguaje el que excluye y discrimina, sino sus usuarios, inscriptos en un determinado contexto sociocultural”.

    Si la expresión “arread los foques” resulta ininteligible hoy, se debe a que hace más de cien años que los barcos no usan vela y a que hace ya medio siglo que no los usamos para viajar. Es decir, las expresiones que no tienen uso real y que dejan de describir nuestra realidad son descartadas del lenguaje. Las formas del lenguaje actual que perviven y que ofenden a muchos, “trabajar como un negro”, por ejemplo, existen porque siguen describiendo unos hechos. Cuando los negros no trabajen por menos dinero o en peores condiciones que los demás, esa frase se habrá vaciado de contenido y caerá en el olvido como cayeron en el olvido los foques. Lo otro, ese constante y acalorado debate en torno a los símbolos que se fogonea desde arriba, es material para Twitter y para quienes viven de esa clase de prostética política.

    ?? Miss Simpatía era de los malos