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    Ríos desbordó el cauce

    N° 1986 - 13 al 19 de Setiembre de 2018

    Al comenzar cualquier curso de periodismo los docentes instruyen sobre principios innegociables. El principal establece que el periodista tiene la obligación de ser una voz independiente para actuar exclusivamente en función del interés del lector, oyente o televidente.

    En buen romance, no debe compartir su información con personas, instituciones o empresas y tiene que dejar de lado el interés personal. De otra forma, tanto el periodista como la información se contaminan. Los docentes ponen énfasis en que el periodista se debe a la gente, con quien tiene un contrato implícito: “obtengo la mejor información y se la proporciono porque usted tiene derecho a saber”. Algunos lo llaman transparencia. Otros honestidad.

    Julio Ríos se salió del cauce y violó ese contrato ético. En lugar de proporcionarle a la gente la información de varias grabaciones (las tenía en exclusiva: manjar para un periodista), decidió ocultar hechos gravísimos. En cambio corrió para informarle al expresidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), Wilmar Valdez, el principal involucrado en los registros en presuntas maniobras corruptas.

    Reniego del periodismo sobre periodistas. Esto es, de comentar críticamente su trabajo, porque cada uno decide cómo presenta la información. Pero ante mentiras o violaciones éticas la situación cambia.

    Cuando Ríos y el exdirigente Arturo del Campo le hicieron escuchar a Valdez (competidor de Del Campo y de Eduardo Abulafia por la presidencia de la AUF) las grabaciones que lo vinculan a presuntas coimas, renunció a todo. Dijo que lo hizo por “razones estrictamente familiares y personales”.

    La semana pasada en El País cambió. Atribuyó su renuncia a que entró “en estado de shock y bloqueo mental al ser violentada” su intimidad. ¿Un hombre que en los últimos años nadó entre tiburones locales e internacionales sufrió un shock que lo bloqueó?

    Lo más probable es que haya temido por su descrédito ante el contenido de las grabaciones. Tanto que ni siquiera le preocupó que al renunciar dejaría de cobrar US$ 60 mil mensuales de la FIFA y la Conmebol.

    Se produjeron hechos complementarios: suspensión de las elecciones de la AUF, la FIFA la intervino, se designó una comisión interventora y, lo principal, la fiscal penal, Silvia Pérez, inició una investigación profunda que tiene a Ríos como uno de los indagados.

    Los académicos de periodismo no tendrán más remedio que incorporar este comportamiento de Ríos como un ejemplo sobre lo que nunca debe hacer un periodista.

    Para determinar si tiene responsabilidad penal la fiscal busca establecer si haber ocultado la noticia y pasarle la información a Valdez, fue parte de una conspiración para atemorizar al presidente de la AUF en beneficio de otros.

    El análisis fiscal parece girar sobre el delito de violencia privada (artículo 288 del Código Penal). Lo comete quien ejerce violencia o amenazas para que alguien haga, tolere o deje de hacer alguna cosa. Tutela la libertad individual: se comete cuando alguien es obligado a proceder de diferente forma a la que tenía prevista: seguir al frente de la AUF y postularse a la reelección.

    Las amenazas consisten en anunciarle a la víctima un mal inminente. Para el caso, las presuntas coimas de Valdez que surgen de las grabaciones.

    Ríos argumentó que no informó porque podía afectar el honor de una persona pública y podría ser demandado. Difícil creerle a quien ha llegado a utilizar insultos de contenido machista y sexual en su Twitter para replicar ataques personales a su hija.

    Varias veces ha informado sobre chismes de ese mundillo sin proporcionar nombres. Bien pudo hacerlo sobre las grabaciones sin identificar a personas. ¿Por qué no entregó las grabaciones a una fiscalía? ¿Por principios? ¡Qué va! Gastón Chavez, abogado de Valdéz, se asombró por la actitud antiprofesional de Ríos.

    La fiscal avanza para determinar si existió un complot en el que además de Ríos puedan haber participado el presidente de Liverpool, José Luis Palma, Del Campo y el comisionista Walter Alcántara, quien distribuyó las grabaciones que registró clandestinamente.

    Para Gonzalo Fernández, abogado de Del Campo, esta investigación terminará archivada. De repente tiene razón.

    El centro de esta columna es el comportamiento de Ríos. Fue igual al de algunos de sus colegas contaminados por los antivalores de la fosa séptica del fútbol. “Vivimos de la información que nos dan dirigentes y jugadores y si no hacemos buena letra no sacamos nada. Muchos tenemos que vender publicidad para que nos cedan un espacio. Pagamos para trabajar”, me confió resignado un veterano periodista de radio y TV que exigió la reserva de su nombre.

    Algunos de esos periodistas consideran que la especialidad en deportes tiene mayor relieve e interés que otras. ¡Así nos va! En un rapto de vanidad y arrogancia en febrero de 2010 Ríos lo admitió en Urushow: “El sitio de la farándula y el espectáculo”.

    “En el año 84 entré a Radio Montecarlo a trabajar como periodista general y no me preguntes por qué, pero el periodista deportivo trasciende mucho más que el periodista de interés general. Por eso es que hay una cierta envidia o animosidad (de los periodistas de información general) hacia el periodista deportivo, y muchas veces se trata de denostarlo diciendo que no tiene la intelectualidad suficiente…”, sentenció.

    El pez por la boca muere. Ahora conduce un programa de interés general en Canal 10: La palabra. A una semana de cumplir 58 años parece imposible que cambie su valoración ética y su apreciación sobre los periodistas envidiosos que no se dedican a deportes.

    ¡Qué razón tuvo Napoleón!: “De lo soberbio a lo ridículo no hay más que un paso”.

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