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    Rousseff sobrevive a su año terrible, pero 2016 puede ser peor

    Río de Janeiro (Gerardo Lissardy, corresponsal para América Latina). Cuando la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, brinde en su intimidad la noche de año nuevo, tendrá dos formas de mirar al 2015 que pasó. Una es como lo ve la gran mayoría de su país: 12 meses en los que bajo su responsabilidad Brasil entró en su peor recesión en décadas, sufrió el mayor escándalo de corrupción de su historia y una descomunal crisis política, todo lo cual ha destruido sus propios índices de aprobación y desatado un procedimiento de impeachment en su contra en el Congreso. La otra opción para Rousseff será pensar que pese a todo ha sobrevivido políticamente al caos, que en los últimos días logró reducir el riesgo de caer en un juicio político y retomó el control pleno de la política económica, sustituyendo al ministro de Hacienda. Esto sería lo más tentador para ella, pero quizá también el mayor peligro.

    El cambio del economista ortodoxo Joaquim Levy por Nelson Barbosa en Hacienda aumentó la inquietud del mercado sobre Brasil al ser anunciado por Rousseff en la noche del viernes 18. Barbosa, que hasta entonces era ministro de Planeamiento, asumió con promesas de mantener el ajuste fiscal e impulsar reformas. Pero los analistas parecen dudar. El lunes 21, primer día en su nuevo cargo, el dólar cerró cotizando encima de cuatro reales por primera vez desde octubre y la bolsa de San Pablo cayó a su menor nivel desde 2009. Ayer martes 22 el dólar retrocedió un poco y la bolsa repuntó, pero la confianza está lejos de ser recuperada.

    Barbosa es visto como alguien más izquierdista y menos riguroso en el control de gastos que Levy, un ex funcionario del Fondo Monetario Internacional (FMI) apodado “manos de tijera” a quien Rousseff acudió hace un año, tras ser reelecta, para atraer inversores. Más que un simple cambio de nombres, muchos temen que la presidenta haya resuelto modificar el rumbo de la política económica para que tenga más sintonía con su base del Partido de los Trabajadores (PT) y libere recursos en procura de estimular la actividad y ganar apoyo político para seguir en el poder. 

    “Entre Barbosa y Levy es obvio que Barbosa está más próximo de la ideología del Partido de los Trabajadores en la conducción de la economía. Entonces, aunque haya reafirmado compromisos con una política fiscal austera y con reformas necesarias, la percepción del mercado es que el cambio (de ministro) en sí ya sugiere un movimiento en el espectro ideológico de la conducción de la política económica”, dijo Luciano Rostagno, estratega jefe del banco Mizuho de Brasil, a Búsqueda. “Esto facilita también la intervención del Planalto” en la economía, añadió en referencia al palacio presidencial desde donde gobierna Rousseff.

    “El mayor desafío”

    La salida de Levy del gobierno era esperada. El ex ministro sufría un desgaste significativo por haber impulsado un ajuste fiscal que enfrentaba enormes obstáculos en el Congreso y carecía de apoyo suficiente dentro del propio gobierno. Sus diferencias con Rou­sseff y Barbosa eran evidentes desde hacía tiempo. Con una contracción prevista en el PIB de 3,5% para este año, una tasa inflacionaria encaminada a superar el 10% y un creciente déficit primario, Brasil perdió la semana pasada el grado inversor de Fitch, la segunda gran agencia calificadora de riesgo, que le quita el preciado sello de buen pagador. Levy, que al asumir en Hacienda se había propuesto evitar tal rebajamiento, atribuyó la decisión de Fitch al afloje de las metas gubernamentales. 

    “Mi equipo aceptó el desafío de acompañarme conociendo bien las dificultades de restablecer ideas y prácticas que habían sido abandonadas”, sostuvo Levy el lunes, al pasarle el cargo a Barbosa. 

    El nuevo jefe del equipo económico brasileño tiene 46 años y ha ocupado distintos cargos desde 2003, al inicio del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, el antecesor y padrino político de Rousseff. Se alejó temporalmente en 2013 por roces con el entonces ministro de Hacienda, Guido Mantega. Tras asumir este año Planeamiento, mantuvo diferencias con Levy respecto a las metas fiscales para 2015 y 2016, y envió por primera vez en la historia un presupuesto deficitario al Congreso. Esto llevó a la agencia Standard & Poor’s a retirar el grado inversor de Brasil en setiembre. Finalmente el gobierno corrigió las cuentas y volvió a la idea de Levy de buscar en 2016 un superávit equivalente a 0,7% del producto, aunque en diciembre redujo esa meta a 0,5% del PIB.

    Barbosa también defendió en el pasado el uso de incentivos fiscales y monetarios para que la economía brasileña volviera a crecer a tasas de 4% tras la crisis financiera internacional. De hecho, es considerado uno de los artífices de la “nueva matriz” económica que Rousseff ensayó sin éxito en su primer mandato, reduciendo las tasas de interés, instaurando controles cambiarios y otorgando a la industria estímulos fiscales temporales. 

    Tras ser nombrado ministro de Hacienda, la principal inquietud de Barbosa parece haber sido calmar al mercado. El mismo viernes en que se anunció el cambio, declaró que “el mayor desafío es el desafío fiscal” y que “solo con estabilidad fiscal vamos a tener crecimiento sostenible”. El lunes participó en una teleconferencia con inversores en la que dijo que el gobierno tiene la intención de buscar un superávit fiscal primario de 0,5% del PIB en 2016. Ayer martes mantuvo una conferencia telefónica con corresponsales extranjeros en la que dijo confiar que el Congreso apruebe el alza de impuestos propuesta, y de lo contrario buscaría compensar generando ingresos o cortando gastos, sin especificar cómo. También ha hablado de reformas, por ejemplo en el sistema de previsión social. 

    Sin embargo, muchos se mantienen escépticos. 

    “Como su postura ya es bastante conocida, nada de lo que él hablase cambiaría la percepción”, sostuvo Camila Abdelmalack, economista jefe de CM Capital Markets, en el diario “O Globo” del martes. “La mayor dependencia de la presidenta de la izquierda para evitar el impeachment va a reducir la posibilidad de propuestas de reforma que no le gustan a la izquierda”, señalaron analistas del Grupo Eurasia en un reporte a sus clientes. 

    Sin descanso

    Un día antes del anuncio del cambio en Hacienda, Rousseff tuvo una importante victoria política con un fallo del Supremo Tribunal Federal (STF) sobre cómo será el rito del impeachment en el Congreso. El supremo estableció que el Senado tendrá que refrendar por mayoría simple un pedido de juicio político a la presidenta, que eventualmente le efectúe la Cámara de Diputados con dos tercios o más de votos. Esto de hecho otorgó a la Cámara Alta, donde el gobierno tiene más respaldo, la última palabra sobre la apertura de ese juicio político, que obligaría a Rousseff a apartarse del cargo por hasta 180 días mientras los senadores deciden sobre su mandato (necesitarían dos tercios de los votos para destituirla).

    Además, la máxima corte de justicia de Brasil rechazó la elección que Diputados había hecho de una lista con mayoría opositora para integrar la comisión especial que va a analizar el pedido de impeachment a Rou­sseff. La formación de esta comisión, que ahora deberá ser nombrada por los líderes partidarios, es el siguiente paso del procedimiento después que el pedido de juicio político a la presidenta fuera aceptado a comienzos de mes por el presidente de Diputados, Eduardo Cunha, un exaliado y actual enemigo del gobierno que está en la cuerda floja por denuncias de corrupción. 

    Esto ha significado un respiro para Rousseff, ya que postergó hasta comienzos del año próximo cualquier avance del impeachment por presunto maquillaje de las cuentas fiscales y dio al gobierno más instancias para evitar la caída de la presidenta. Ayer martes, Rousseff tuvo otro respaldo cuando un senador encargado de presentar un informe sobre las cuentas del gobierno en 2014 recomendó a una comisión del Congreso aprobarlas, contrariando un dictamen previo del Tribunal de Cuentas, que por unanimidad las había rechazado (en este dictamen se basa el pedido de juicio político).

    En medio de este escenario, Rousseff asumió un tono desafiante ayer al afirmar que el impeachment “se vuelve golpe cuando no hay ningún fundamento legal” para llevarlo adelante, y asegurar que tiene coraje para “enfrentar a todos aquellos que creen que el mejor camino para llegar a la Presidencia de la República es atropellar la democracia”. 

    Pero así como le ofreció algo de oxígeno, el fallo del Supremo también parece haber dado más legitimidad al procedimiento de impeachment en el Congreso. Si la confianza del mercado y los indicadores económicos y sociales continúan empeorando, nada asegura completamente a Rousseff que después del receso veraniego tenga el apoyo necesario para seguir en el cargo. Quizás ella misma lo intuya y por eso ha cancelado su tradicional descanso de fin de año para discutir con su nuevo ministro de Hacienda qué puede hacer realmente con la economía. 2016 puede ser todavía peor para ella y para Brasil.

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