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    jueves 13 de junio de 2024

    Salgado, petróleo, activismo & Van Gogh

    Nº 2196 - 20 al 26 de Octubre de 2022

    Durante la última semana, el planeta entero se pasó hablando sobre cómo hacer para dejar de consumir petróleo, eso que hacemos no como resultado del desarrollo histórico específico de nuestras tecnologías sino por culpa de la mala voluntad de los poderosos que dirigen el mundo desde las sombras. No, en realidad la discusión que dominó la charla, más allá del puñado de temas habituales y las guerras correspondientes, fue sobre cómo dos muchachas británicas arojaron latas de sopa al cuadro Los girasoles de Vincent Van Gogh y sobre si eso ayuda a resolver el problema que, se supone, intenta resolver. Sobre el problema real de tener una economía y una tecnología basadas en el uso de combustibles fósiles y sobre los caminos reales para resolverlo, se habló bastante menos.

    ¿Por qué esta clase de activismo me parece bien intencionado pero errado e inútil? Porque nunca los resultados de una discusión son ajenos a los términos y ejes sobre los que se procesa. Esto es, que la única forma de llegar a conclusiones inteligibles sobre un asunto es discutirlo sobre cierta base de racionalidad y sobre cierta presunción de lealtad entre quienes lo discuten. Si se parte de que todo lo que está en juego son buenas y malas voluntades y no unos procesos reales que han cristalizado en la estructura tecnológica presente, es muy difícil que la charla discurra sobre carriles productivos. Y por productivos me refiero a que sirvan para resolver el problema, no a la visibilidad que obtienen los activistas. La visibilidad es un medio, no un fin. Aunque me temo que desde que vivimos en una sociedad del espectáculo, venimos confundiendo unos con otros.

    Dado que la acción, aplaudida desde filas de lo más diversas, cultas e inclusivas, me resultaba absurda por completo, me puse a leer qué cosas plantea la organización a la que pertenecen (lo gritaban desde sus camisetas, otro signo de los tiempos) las dos activistas de la sopa. Ya desde el nombre se disparan las dudas: Just Stop Oil. Solo detengan el petróleo. Como si cambiar el 60% o 70% de la tecnología disponible fuera algo que se puede hacer solo queriéndolo, deseándolo con intensidad y proclamándolo en camisetas, entre latas de sopa arrojadas sobre cuadros de Van Gogh y manos pegadas a las paredes de un museo público.

    No puedo evitar tener la impresión de que protestas como esta son los eructitos del empacho foucaultiano, que salió de la academia hace tres décadas y se convirtió en activismo hace al menos dos. Allí donde Foucault señaló que el poder no era una cuestión meramente vertical (de arriba hacia abajo) sino también horizontal, interseccional y ejercido incluso por quienes en apariencia no lo ejercen, cierto activismo leyó que lo único que define las relaciones humanas son las relaciones de poder. Salvo aquellas que, solidariamente y de forma excepcional, llevan a cabo esos mismos activistas. Hay apenas medio paso entre creer que las únicas relaciones humanas que existen son las de poder (salvo entre los iluminados que creen en el dogma) y considerar que lo que rige esas relaciones es solo la buena o mala voluntad. Por cierto, esa forma de entender las relaciones humanas conecta de manera perfecta con el populismo de la vida política, que viene creciendo a izquierda y derecha en todo el mundo.

    Un problema extra de esta acción es haberla realizado contra un cuadro de Van Gogh, exhibido en una galería pública. Entre los argumentos que explícitamente esgrimía Just Stop Oil para lanzar sopa al cuadro estaba denunciar lo malas que son las prioridades que tenemos como especie: nos interesa más proteger una pintura que dejar de usar combustibles fósiles. Esto es, por supuesto, lo que Vaz Ferreira llamó paralogismo de falsa oposición: no existe la menor contradicción entre proteger y conservar una pintura que socialmente consideramos valiosa y tomar medidas respecto al uso de combustibles fósiles. De hecho, se vienen haciendo ambas cosas desde hace tiempo.

    A mí por lo menos, me resulta especialmente incómodo que se ataque una pintura considerada obra maestra y que además es accesible para el público en general. Tan general que nadie impidió que las activistas entraran con sus sopas y se mandaran el enchastre. Desde la perspectiva de la visibilidad del acto, un logro para los activistas. Desde cualquier otra perspectiva, una señal más bien siniestra. Porque el arte, la creación artística, debe ser uno de los actos más esencialmente humanos que realizamos como especie, aquello que nos define como tales. Si lo importante de la acción era el fin, la sopa podría haber caído en la fachada de la sede de la Shell o de la British Petroleum. Pero como lo importante es el gesto, el medio, se ataca una obra artística porque eso es llamativo. Y porque, se nos dice, ante el averno climático que se avecina, cuidar el arte es una mala opción.

    Por irónico que suene, esta semana fue el presidente de Cutcsa quien más hizo, en Uruguay al menos, contra el uso de combustibles fósiles. Por supuesto Juan Salgado no es un activista y es de hecho uno de los mejores lobistas que tiene el país: es amigo de todos pero no se le conoce matrimonio con nadie. Como tal y como presidente de una empresa de transporte que usa combustibles fósiles, Salgado tiene claro lo complejo que es el proceso de cambiar de una matriz energética a otra, algo que no se arregla con un “solo detengan el petróleo”. Esta semana Cutcsa fue reconocida como la primera empresa de América Latina que recibe la certificación de Vehículos Cero Emisiones (ZEV, por su sigla en inglés) gracias al compromiso demostrado con el cambio de la matriz energética. En marzo de este año Salgado se había comprometido a que para 2040 toda la flota de su empresa fuera eléctrica. Aunque, lo dejó claro en una entrevista de esta semana, no es un asunto solo de los operadores, también de los fabricantes de autobuses eléctricos y de las autoridades estatales.

    Salgado dirige una empresa de transporte, no una petrolera. Es decir, tiene clara la diferencia entre medios y fines. El fin es mover gente, el medio es el bus, que puede ser a gasoil o eléctrico. Por eso conoce también las dificultades reales de los procesos de cambio. Unos procesos que, pese a las urgencias simbólicas de cierto activismo, tienen unos plazos concretos y que son complejos. ¿Que se pueden y se deben acelerar tanto como se pueda? Sin duda. Pero que solo cambiarán modificando la realidad de la matriz energética y no atacando el arte por considerarlo una mala elección de la especie. En particular atacando una obra universal que, de hecho, representa lo opuesto a las petroleras: Van Gogh y su obra resumen lo mejor de nosotros, por ser una expresión casi pura y absoluta de aquello que da sentido profundo a nuestra existencia, más allá de la mera supervivencia. Me temo que un activismo que no sea capaz de percibir esto y vea en la preservación de esa obra un problema o la entienda como un medio para sus fines tiene, a pesar de sus buenas intenciones, muy poco que ofrecer a la especie.