Cuando me aprestaba, ayer de tarde, a pergeñar una de mis maldades semanales sobre vaya a saber qué tema (otra vez Pluna no, por favor) escuché el aviso que promovía este número especial de Búsqueda, con motivo de sus cuarenta años.
Cuando me aprestaba, ayer de tarde, a pergeñar una de mis maldades semanales sobre vaya a saber qué tema (otra vez Pluna no, por favor) escuché el aviso que promovía este número especial de Búsqueda, con motivo de sus cuarenta años.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPensé entonces que no podía volver a agarrar de número al Pepe con algún “¡shí, shenió, má vale que puédamo shalirno dejta, porque me tienen enebrao, papá!” refiriéndose al aval de Calloia, o cualquier otro tema coyuntural (tengo el borrador de la reglamentación del cultivo y la comercialización estatal de la maruja, me parece que va para la semana que viene).
Entonces dejé correr la pluma, y me dispuse a rememorar nostálgicamente estas cuatro décadas que tienen a la señora Búsqueda tan fresca como la de la canción de Montaner, poniéndole vida a sus años.
¡Cuarenta años tomándole el pelo a la realidad nacional e internacional! “¡Qué lo parió!” —dijera Mendieta, el perro de don Inodoro Pereyra…
Cuando arranqué a escribir en este semanario, la publicación era un mensuario, cuadradito, formato cuaderno cuasi escolar. Yo tenía entonces poco más de treinta pirulos. Ahora voy a cumplir 72. ¡Suerte que mis lectores crecieron y envejecieron conmigo, porque no sé cómo todavía les arranco alguna sonrisa después de bancarme tantos años de impertinencias!
Claro, no todos se la bancaron igual.
En la década de los 80, cuando el Goyo era presidente y tenía una caterva de serviles civiles que le bailaban la música, escribí una columna ironizando sobre uno de sus ministros, sin nombrarlo, claro, pero identificándolo claramente. Ese sujeto, que aún vive y por eso no lo nombro, era amigo de otro sujeto civil que también vive y que también era ministro, y al que tampoco voy a nombrar porque prefiero que sigan en el anonimato del olvido y el desprecio, que es mejor que la pena de muerte. En la arbitraria connivencia que era común en aquellos tiempos, estos malandrines mandaron un tiro por elevación contra el pobre Kid, que se ganaba entonces la vida trabajando para una empresa farmacéutica. Pues bien: Salud Pública dejó de comprarle medicamentos a esa empresa, “hasta que se saquen de encima a ese miserable que escribe la columna de humor”, según le dijo uno de los dos sujetos a un contacto personal que fue a averiguar lo que estaba pasando.
Mi jefe, un alemán de una integridad a toda prueba, rechazó mi idea de renunciar a mi columna para preservar el trabajo que me permitía alimentar a mis hijos. Me dijo: “por lo poco que nos compra Salud Pública, y lo mal que nos paga, siga escribiendo, que su página es muy divertida”. Arbilla completó el plan con una de sus ideas creativas: “cambiá el seudónimo y se van a creer que ya no escribís más”. Por unos meses Kid Gragea fue “El Mono”, y estos imbéciles volvieron a comprar remedios a la empresa en la que yo trabajaba. Ya ven que no todos se la bancaban, pero estos eran especialmente tontos…
Si habrán cambiado las cosas. Como me lo señalaba Claudio Paolillo el año pasado, cuando cumplimos los 30 años de la publicación semanal, que arrancó en 1981, en esos tiempos el Goyo era presidente y Mujica estaba preso, y ahora Mujica es el presidente y el que está preso es el Goyo.
A lo largo de todo este tiempo me la he agarrado con todos, sin perdonar a nadie. Hay mucha gente, sobre todo los lectores más jóvenes, que creen que yo soy una especie de picadora de carne, o una trituradora de la izquierda, que lo único que hago es pegarle duro a este gobierno. Lo que pasa es que este gobierno da fruta como pocos, y a veces uno duda si la gente se ríe más con mi columna o con las noticias políticas cotidianas. Y si no que se lo pregunten a Lorenzo, Calloia, Pintado, López Mena, Breccia, Guerrero, Cánepa, y al caballero de la derecha.
A Sanguinetti, a Lacalle, a Jorge Batlle y a sus ministros, diputados, senadores y adláteres les di con la misma saña que a la gente de Tabaré y la del Pepe. Pero desde hace casi una década la izquierda le ha brindado a este país una tonelada de buenas razones para tomarles el pelo bajo el título de “no es broma”. Me acuerdo cuando Tabaré destituyó de un plumazo al comandante en jefe del Ejército por haber participado en una cena con Sanguinetti y Fau en el Cortijo Vidiella. El asunto fue tan sorpresivo que lo agarró al presidente pescando en las azules aguas de La Paloma, un día de semana, of course. El único que podía tener entonces la primicia era un canal de TV de Rocha, que lo agarró a Tabaré bajando de la lancha desde la cual había derrocado al general infractor. “¿Y qué motiva su presencia en nuestro departamento?” —preguntó el periodista. “He venido a celebrar otro aniversario del Faro de la Paloma” —respondió Tabaré, muy suelto de cuerpo. “Pero estamos en octubre, y el aniversario del Faro fue en abril” —replicó el periodista. “Pero yo no había tenido tiempo de venir hasta ahora, por problemas de agenda” —replicó el presidente, dando fin a la nota, y probablemente a la carrera periodística de aquel impertinente notero. Material es lo que siempre ha sobrado, gente.
Una vez (cuando el tema de actualidad era el genoma humano y la clonación) dije que en el Partido Colorado era tal la falta de opciones de candidatos (vos eras chico todavía, Pedro) que habían clonado a Sanguinetti, y que los siguientes candidatos colorados en las elecciones serían Julioclón I, Julioclón II y así sucesivamente. Ese año el presidente Sanguinetti me mandó la Memoria Anual de la Presidencia con una simpática dedicatoria firmada por “Julioclón Primero”. En cambio el libro que recopila mis columnas sobre los primeros cinco años de la izquierda en el poder (“Festejen, uruguayos”) se lo dediqué “a Salvador Dalí, Luis Buñuel y Tabaré Vázquez, maestros del surrealismo”, y le mandé un ejemplar a Tabaré con una dedicatoria manuscrita que decía, más o menos “Dijo un escritor inglés que los hombres reímos todos por cosas diferentes, pero todos lloramos por lo mismo. Con la esperanza de que no perdamos el sentido del humor, le envío este ejemplar”. Nunca supe qué hizo con el libro, pero presiento que lo debe tener debajo de una de las patas chuecas de una mesita ratona, para que quede en equilibrio. Ya ven, no todos reaccionan igual.
Pero a mí me alcanza con que la realidad siga tan dinámica en la producción de materia prima, y que ustedes, mis lectores, sigan ahí, donde están ahora, mirándome meter la pluma en la llaga sin preferencias ni renuncios.
Gracias.