N° 1999 - 13 al 19 de Diciembre de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUn país parcialmente paralizado por una mano lastimada. Esto sucede por culpa del monopolio de Ancap, del oligopolio que gozan los transportistas y de un gobierno al que le cuesta ejercer la autoridad.
Como bien decía Horacio Castells, expresidente de la Cámara Nacional de Comercio y Servicios, vivimos bajo un gobierno “cívico-sindical”, donde cada día es más “sindical-cívico”. Utilizan su poder patotero para imponer condiciones económicas y laborales insostenibles, que inviabilizan empresas y negocios.
En la Inglaterra de los años 80, los mineros del carbón también quisieron poner al país de rodillas, exigiendo condiciones laborales y salariales que impedían que Inglaterra fuera competitiva y los ciudadanos pagaran más caro para calefaccionarse. Pero se enfrentaron a Margaret Thatcher.
La huelga de los mineros comenzó en marzo de 1984 y duró un año entero, siendo la más larga de la historia. Pero la dama de hierro no se doblegó ni un centímetro. Tenía la convicción de que tales “derechos adquiridos” eran perjudiciales para los ingleses, incluso para los propios mineros.
En palabras de la propia primera ministra: “El conflicto de intereses que hoy presenciamos no se produce entre sindicatos y patronos, sino entre sindicatos y el resto de la nación, de la que los trabajadores y sus familias son parte integrante. El gobierno no coaccionará a nadie, pero tampoco permitirá que nadie sea objeto de coacción”.
Los sindicatos ingleses, al igual que los sindicatos uruguayos, eran de la idea de que no se podían cerrar los pozos no rentables, con el viejo cuento de “defender los puestos de trabajo”. Así tuvimos el mamarracho de Pluna, Alur, Alas-U, AFE o Envidrio. Todas “velas al socialismo” que se consumen solas, alumbrando a unos pocos.
Ante esta irracionalidad, Thatcher les responde: “Solamente en un Estado totalitario, con una economía de sitio, una industria nacionalizada, control de la mano de obra y barreras a la importación, podría haber funcionado la industria del carbón al margen de las realidades financieras”.
Esto es lo que sucede en Uruguay y pocos —muy pocos— lo denuncian y otros pocos lo comprenden. Por eso nadie está dispuesto a dar la batalla como sí lo estuvo ella. Y así lo recuerda:
“El día de la confrontación había llegado y había tocado a su fin. Nuestra determinación de hacer frente a la huelga animó a los sindicalistas de a pie a hacer frente a los activistas de la organización. Lo que el resultado de la huelga dejó perfectamente claro fue que la izquierda fascista no conseguiría hacer ingobernable Gran Bretaña. Los marxistas querían desafiar las leyes del país con el fin de desafiar las leyes de la economía. Fracasaron y, al hacerlo, demostraron hasta qué punto son mutuamente interdependientes una economía libre y una sociedad libre. Es una lección que nadie debería olvidar”.
Durante su mandato, Margareth Thatcher pudo privatizar empresas, liberar la economía, reducir la incidencia del Estado en la economía, poner a los sindicatos dentro del marco de la ley y eliminar absurdas regulaciones, gracias a que treinta años antes, Antony Fisher había creado el Institute of Economic Affairs, un Think Tank que predicó durante tres décadas sobre las ventajas del libre mercado y así ayudó a crear la demanda —por parte de los electores— de reformas imprescindibles.
En 1987 se celebraron los 30 años del Institute of Economic Affairs y Thatcher dijo de esos defensores de la libertad: “Eran pocos, tenían razón y salvaron a Gran Bretaña”.
Lamentablemente, en el Uruguay de hoy, pocos están plantando las semillas de la libertad y no avizoro ninguna Margaret Thatcher que venga a regarlas, cultivarlas y cosechar sus buenos frutos.