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    Sociedad Rural de Florida

    Sr. Director:

    Verde, blanca y roja: ¡ya tienes un siglo! El 12 de diciembre, previamente invitado como ex consejero de la Federación Rural, concurrí junto a mi esposa a la Sociedad Rural de Florida. Allí tendría lugar el acto de rendir un merecido homenaje a la madre de las gremiales del agro que militan federativamente con ella.

    En un amplio local de la Institución anfitriona, con una aceptable concurrencia de representantes de todo el territorio nacional, muy bien atendidos pero sofocados por un agobiante calor, nos pusimos de pie, como hace cien años, y entonamos el Himno.

    Un ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca ausente, subrogado por el vice, quien dijo algunas palabras alusivas a la ocasión, no satisfacen, por lo menos, la idea personal de este cronista, que se hacía a la idea de que, ante la magnitud del evento, “merecía jugar con el titular”.

    No voy a describir el desarrollo cronológico de la jornada. Se cumplió de acuerdo con lo que habría dispuesto el Consejo Directivo, con el acto de los cien años. Proeza sin dudas para la vida de una institución que ha perdurado, sacudida por los vientos que han querido, pero no han podido, desarraigarla, aunque histriónicos personajes le deseen públicamente otros cien años.

    Yo no puedo olvidar a don Carlos Reyles, al Dr. José Irureta Goyena, al Dr. Gonzalo Chiarino Milans y a otros ilustrísimos presidentes que hicieron el milagro de confederar, de unir, de aglomerar a pobladores de un campo tantas veces herido, burlado y exprimido.

    El 12, en aquella abrumadora tarde de insoportable calor, me pareció regresar al principio, al pasado y, entusiasmado por mis evocaciones, cerraba los ojos e intentaba creer que veía las figuras que conocí por sus libros (los dos primeros) y en persona (el último nombrado).

    Aquellos pioneros, grandes entre otros grandes, estuvieron allí. Yo los veía acariciando nuestro estandarte verde, blanco y rojo, con su sol diciéndole en un susurro: “llegaste a los cien años. ¡Vamos por más!”.

    Yo siempre he clasificado a los aplausos en cuatro categorías. Los hay de gratitud, de cortesía, de admiración y de homenaje. Para éste, el de homenaje, y para el primero, el de gratitud, el 12 nos faltó fuerza, vigor y estridencia (y a estos dos los puse con mayúscula).

    Y vean ustedes por qué lo afirmo. Cuando lean un trozo que me he tomado el trabajo en copiar de algún discurso del Dr. Irureta Goyena primero y del Dr. Chiarino después:

    “La sobriedad congénita del hombre de campo se torna infinita en la hora del peligro y a esa elasticidad sin límites se debe en gran parte el milagro de la regeneración económica del país”. Y decía más adelante: “pasa del pan a la hogaza, del vestido al harapo, de la abundancia a la estrechez (…). Nadie le ha prestado ayuda en su tribulación… ni el tiempo que le manda olas de fuego y nubes de langosta sobra la tierra; ni el Parlamento, que se las echa de rico siendo pobre, ni los frigoríficos que lloran pobreza siendo ricos”.

    Y yo podría continuar, pero veamos de Gonzalo Chiarino otro trozo, cincuenta años después:

    “…olvidando en definitiva que este país no es patrimonio de unos pocos sino de los dos millones y medio de orientales que lo poblamos. En estas condiciones, ya se tocó fondo, con todas las secuencias dolorosas que tuvo este incesante precipitarse al vacío, sin frenos, sin vergüenza, sin decoro”.

    ¡Qué vigencia!, agrego.

    Nos faltó fuerza el 12. No hubo rostros crispados de emoción, ni lágrimas por los recuerdos benditos. Pero aún así, señores gremialistas, siempre habrá hombres que tomarán la antorcha de la esperanza para, desde ese pasado, iluminar, contagiar y convocar. ¡Vale la pena!

    Yamandú Rodríguez Velázquez

    Coronilla