N° 2021 - 23 al 29 de Mayo de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos excesos proclamados por Rousseau y los variados dislates ejecutados por la Revolución francesa llevaron a muchos prudentes pensadores a mirar con fundados recelos los supuestos beneficios del sufragio universal. Los dos más notorios resistentes a ese expediente fueron Bastiat y Benjamín Constant, quienes supieron demostrar que conferirles poder a personas sin capacidad o disposición o responsabilidad suficiente como para tomar decisiones que afectan el interés y los derechos de un país y de cada uno de sus habitantes es una temeridad que solamente la demagogia puede concebir y cobijar.
Frederic Bastiat, que de a ratos fue legislador, llegó a conocer bien de cerca las infamias de la política y comprendió que nada bueno podía esperarse de los llamados representantes del pueblo. En su desolador estudio, La ley, redujo la política en uso a sus últimas consecuencias, aduciendo que “cuando el saqueo es organizado por ley para ganancia de los que hacen la ley, todas las clases saqueadas tratan de entrar de alguna manera —de forma pacífica o revolucionaria— en la elaboración de leyes”.
Con esto busca significar que la política, más allá de las finalidades nobles o pacíficas que se le atribuyan, constituye siempre una despiadada lucha de individuos o de facciones para obtener beneficios indebidos de parte de la vasta masa de los desguarnecidos contribuyentes a quienes todos los partidos fichan viciosamente como presa de su próximo safari. Bastiat demostrará que el sufragio universal es, en cuanto trampa, un instrumento más que idóneo para facilitar esa ignominia. Algunos párrafos del mencionado ensayo indican con cuánta desconfianza trató con la supuesta moralidad de otorgarles derecho al voto al conjunto de los habitantes de un país. Copio un pasaje en el que se cuestiona la condición de universalidad atribuida a ese recurso que ha sido y es causa de tantos y tan dilatados males: “La palabra universal oculta un sofisma grosero. Hay en Francia 36 millones de habitantes. Para que el derecho de sufragio fuera universal, tendría que serle reconocido a 36 millones de electores. En el sistema más amplio, no se le reconoce sino a nueve millones. Luego, quedan excluidas tres de cada cuatro personas y, lo que es más importante, quien excluye a los otros es la cuarta persona. ¿Sobre qué principio se funda tal exclusión? Sobre el principio de la incapacidad. Sufragio universal quiere decir: sufragio universal de los que tienen capacidad. Quedan en pie estas cuestiones de hecho: ¿Quiénes son capaces? ¿Acaso la edad, el sexo, o las condenas judiciales, son los únicos signos por los que puede reconocerse la incapacidad? Si se mira de cerca, muy pronto se percibe el motivo por el cual el derecho de sufragio se basa en la presunción de capacidad y a ese respecto el sistema más amplio no difiere del más restrictivo, sino en la apreciación de los signos por los cuales puede reconocerse la capacidad; lo cual no constituye una diferencia de principio sino de grado. El motivo está en que el elector al votar no compromete solo su interés, sino el de todo el mundo. Si, como lo pretenden los republicanos, nos estuviera conferido el derecho de sufragio junto con la vida, sería inicuo que los adultos impidieran votar a mujeres y niños. ¿Por qué se les excluye? Porque se les presume incapaces. ¿Y por qué la incapacidad es motivo de exclusión? Porque al elector no le toca a él solo la responsabilidad de su voto; porque cada voto compromete y afecta a la comunidad entera; porque la comunidad bien tiene el derecho de exigir algunas garantías en cuanto a los actos de los cuales depende su bienestar y su existencia”.
En la misma dirección se pronunció Benjamín Constant, que fue impulsor de esta última solución que impregnó todas las Constituciones de las nacientes repúblicas a lo largo del siglo XIX; en su trabajo Principios de política escribió: “Cuando los no propietarios obtienen derechos políticos, ocurre una de estas tres cosas: o no reciben impulso más que de sí mismos y entonces destruyen la sociedad; o reciben el del hombre o de los hombres que están en el poder, siendo entonces instrumentos de tiranía; o reciben el de los aspirantes al poder y son entonces instrumentos de bandería. (…) Se requiere, pues, otra condición, además del nacimiento o la mayoría de edad. Dicha condición es el tiempo necesario para la adquisición de la cultura y el recto criterio.”
La historia ha demostrado con creces esta razonable prevención.