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    Trabajo de mantenimiento

    N° 1857 - 03 al 09 de Marzo de 2016

    El gobierno del presidente Tabaré Vázquez cumplió esta semana el primero de sus cinco años de mandato. Hasta ahora ha dedicado todo su esfuerzo a calafatear el barco y, básicamente, a cumplir tareas de mantenimiento.

    Complicaciones externas (primer año de “vacas flacas” en la economía desde que el Frente Amplio asumió el poder hace 11 años) y dificultades internas (diferencias sobre temas sustanciales al interior del partido gobernante) explican buena parte de esta situación. Además, el presidente parece decidido a aceptar realidades políticas adversas que le vienen dadas desde las elecciones de 2014 y a tratar de inclinar el partido hacia sus convicciones más profundas, pero sin tensar la cuerda. Y, a la vista está, no existe la posibilidad de que tome la drástica decisión de romper con la parte del Frente Amplio que lo critica y gobernar con la parte de la oposición que podría respaldarlo en esa eventualidad. Eso sería una verdadera revolución política. Pero olvídense: no va a ocurrir.

    Transcurridos los primeros 12 meses de su segunda Presidencia, Vázquez afronta un escenario político interno que probablemente no imaginó cuando le rogaron —y aceptó— ser el candidato del oficialismo. Las encuestas muestran una popularidad demasiado baja, cuyas causas hay que buscarlas en el furibundo hostigamiento sindical a que fue sometido desde el primer día (en la enseñanza, donde llegó a declarar la esencialidad aunque no la aplicó y a desalojar a palos las oficinas del Codicen, en la salud, en el INAU y en los judiciales) y, también, en la tirantez inicial entre él y su antecesor, José Mujica, que mantiene un peso político preponderante al interior del Frente Amplio. Algo ha de pesar, asimismo, el desastre de Ancap y el patético episodio protagonizado por el vicepresidente Raúl Sendic, que no sabe diferenciar entre profesional universitario y estudiante universitario.

    Además, como casi nunca durante el primer decenio frentista, la oposición política (el Partido Nacional, el Partido Colorado, el Partido Independiente y el grupo de Edgardo Novick) está pesando de una manera efectiva, atacando con dureza (como lo hacía el Frente Amplio hasta el 1º de marzo de 2005) al oficialismo en asuntos sensibles, que han comenzado a llegar a la gente. Nada para asustarse: como antes, es la democracia funcionando.

    Durante el primer año de su segundo gobierno, el presidente ha tenido que ceder como no lo había hecho en su primera Presidencia (2005-2010): el TISA, Antel Arena, el Fondes y la reforma educativa son solo ejemplos de una realidad que muchos creyeron sería diferente, a juzgar por la firmeza con que encaró el ejercicio del mando desde el día siguiente al ballotage.

    Hacer una tarea de mantenimiento (es decir, administrar la situación sin grandes proyectos por delante) tiene su lado malo. El gobierno ya debería tener en marcha políticas de Estado con la mayor cantidad de consensos partidarios en, al menos, tres materias claves para el futuro del Uruguay: la educación, la seguridad y la inserción comercial del país. Sobre las dos primeras, es difícil prever algo serio. Respecto a la tercera, el presidente quiere ingresar al Tratado Transpacífico, un tratado de libre comercio Mercosur-Unión Europea y otro con China. Sería estupendo. Pero el tiempo corre.

    También tiene su cara buena. Lo principal del mensaje presidencial del martes 1º fue, precisamente, un riguroso llamado a conservar tres objetivos básicos: proteger el grado inversor, combatir la inflación y mantener los lineamientos salariales de 2015 para impedir más impactos negativos sobre el empleo. Fue tranquilizador.

    El ex presidente Julio Sanguinetti suele decir que a los gobiernos se los juzga por lo que hacen y rara vez por lo que evitan. En tiempos turbulentos, es buena cosa que el presidente Vázquez y su equipo hayan optado por la seriedad económica para evitar el conjunto de calamidades que se abatirían sobre el Uruguay si perdiera el grado inversor, si la inflación se descontrolara y si un aumento demagógico de los salarios acabara dejando sin trabajo a cientos de miles de uruguayos.

    Las tareas de mantenimiento se producen, además, en un marco que muchos envidian. El Uruguay es una de las únicas 20 “democracias plenas” del mundo (“The Economist”), es el país menos corrupto de América Latina y uno de los más honestos del mundo (Transparencia Internacional), es un “bastión de estabilidad” en la región (Fondo Monetario Internacional) y es el que tiene el menor índice de pobreza e indigencia y el que mejor distribuye su riqueza entre los latinoamericanos (Cepal).

    La cuestión es no dormirse en los laureles. Porque todo eso, que es magnífico, nunca está ganado para siempre.