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    Fútbol y política, un vínculo que ofrece visibilidad, notoriedad y, en caso de éxito, rédito electoral

    En las dirigencias políticas y deportivas son habituales los cruces entre ambos mundos para ganar adeptos; es menos común y exitoso entre los exdeportistas

    Presidido por Tabaré Vázquez, Progreso vivió el mejor momento de su historia en la década de 1980. Tanto así era que su nombre fue propuesto en 1987 para ejercer la titularidad de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Era conocida su filiación socialista, pero no era aún una figura política de primera línea. Peñarol lo impidió.

    A Peñarol lo presidía José Pedro Damiani, ya connotado político colorado, que por entonces era director del Banco República (BROU). Su delegado en la AUF era Ricardo Scaglia, también colorado, más tarde presidente de UTE. El presidente de la República era el colorado Julio María Sanguinetti, de muy estrecho vínculo con Peñarol. Según publicó Caras y Caretas en 2004, fue de Sanguinetti la directiva que recibió Damiani, y que este transmitió a Scaglia, de no votar a Vázquez al frente de la AUF.

    “De este episodio se ha hablado mucho. Siempre se dijo que Vázquez fue vetado por Sanguinetti para no darle vitrina, publicidad o un lugar de tanto destaque a alguien vinculado a la izquierda”, dice a Búsqueda el politólogo y docente Antonio Cardarello. Otra versión dice que el rechazo se basó más en no poner al mando de la AUF a alguien muy enfrentado a Nacional y Peñarol. Esta última se sustenta en que quien luego fuera intendente de Montevideo, presidente del Frente Amplio y dos veces presidente de la República, en 1987 era apenas responsable de finanzas de la Comisión Nacional Pro Referéndum contra la Ley de Caducidad.

    “Si lo que se quería evitar era darle ‘vitrina’ a Vázquez, la jugada no salió bien”, ríe Cardarello.

    El episodio es ilustrativo del estrecho vínculo entre fútbol y política en Uruguay. Muchos dirigentes han actuado en ambos mundos a la vez, otros incluso han utilizado al deporte como plataforma. El fútbol, pasión popular si las hay, “es una herramienta para mostrarse como administradores más o menos razonables, pero también para lograr visibilidad y ganarse adeptos”, señala el politólogo.

    Notoriedad

    Mucho antes de eventos como el Mundial actual, en tres países, con 48 equipos y pausas de hidratación en cada tiempo, ambos mundos ya estaban interconectados. Atilio Narancio fue el presidente de la AUF conocido como “el padre de la victoria”, porque al hipotecar su casa permitió el viaje de la selección nacional a los Juegos Olímpicos de París 1924, primera de las cuatro estrellas que la Celeste tiene hoy en su escudo. Pero también fue diputado, senador e integrante del Consejo Nacional de Administración por el Partido Colorado.

    Eran las épocas del cisma del fútbol uruguayo, la fractura que entre 1922 y 1925 separó a la asociación de la federación, a Nacional de Peñarol, y a Narancio de Julio María Sosa, presidente aurinegro e importante dirigente colorado. La relación entre ambos correligionarios fue muy tensa. Recién con la mediación del presidente de la República, José Serrato, también colorado, se puso fin a esta histórica división.

    También de esa colectividad política fueron los presidentes de la AUF durante las victorias mundialistas de 1928 (aún dentro de los Juegos Olímpicos), 1930 y 1950. Raúl Jude durante las dos primeras y César Batlle Pacheco, hijo de José Batlle y Ordoñez, en la última. “Los momentos de mayor gloria futbolística en el país quedaron asociados al Partido Colorado”, no casualmente hegemónico en ese período, afirma Cardarello.

    Con la Duplo T de 1950 se vivió el Maracanazo y el fin de las cabezas abiertas por el tiento.
    El Maracanazo quedó asociado a la frase “como el Uruguay no hay”, impulsada por el Partido Colorado.

    El Maracanazo quedó asociado a la frase “como el Uruguay no hay”, impulsada por el Partido Colorado.

    El fútbol influía en el estado de ánimo popular. El país de las vacas gordas del neobatllismo tuvo en 1950 al Maracanazo y a unas elecciones en las que el Partido Colorado ganó por un margen todavía mayor que en las anteriores de 1946, algo nada frecuente, ayudado por el sublema —hoy se le llamaría claim de campaña— “como el Uruguay no hay”. Curiosamente, el primer nombre asociado a ese período es el de Luis Batlle Berres, primo y enemigo político de Batlle Pacheco.

    Wilson Ferreira Aldunate, histórico líder del Partido Nacional, fanático de Nacional como pocos, fue delegado de su club en la AUF durante la época del Maracaná. Que los dirigentes colorados vinculados al fútbol hayan sido más numerosos o más notorios (Washington Cataldi también en Peñarol; Mario Garbarino, Óscar Magurno y Eduardo Ache en Nacional; Luis Tróccoli en Cerro) no quita que existan varios representantes blancos que se han destacado en la gestión de los clubes: hoy se recuerda mucho a Eduardo Pons Etcheverry por el debate televisado en el plebiscito de 1980, pero una década y media antes había sido presidente tricolor.

    A la izquierda le costó años tener una cercanía tan estrecha con el fútbol. Con el tiempo, a ejemplos como el de Vázquez se sumó el de Hugo Batalla, reconocido hincha de Liverpool, fundador del Frente Amplio y el Nuevo Espacio, abogado de Liber Seregni y Raúl Sendic en la dictadura, quien fue designado presidente de la AUF en un período muy complejo, entre 1991 y 1993, con el empresario Francisco Paco Casal manejando los hilos de los principales jugadores de la selección, lo que desembocó en una eliminación mundialista.

    “Por aquella época, había quien decía que Batalla era ‘blando’ y, al tomar ese cargo, tuvo que tomar decisiones ejecutivas, lo que le dio una visibilidad importante, más allá de que sus detractores siguieran pensando lo mismo”, dice Cardarello. Al año siguiente, logró ser electo vicepresidente en fórmula con Sanguinetti, en el Partido Colorado, aunque el apoyo de su propia lista fue más bien escaso. En 2013 y en una elección interna y sectorial, se conoció que la diputada emepepista Susana Martínez, esposa del entonces ministro del Interior Eduardo Bonomi, tenía una particular base electoral: barras brava de Peñarol.

    Como un rebote del efecto Maracaná y más allá de que ya era una figura atractiva desde el punto de vista internacional, al presidente José Mujica —poco efusivo hincha de Cerro, de muy buenas relaciones con Paco Casal— le sirvió tanto la actuación de Uruguay en Sudáfrica 2010 como el auge de las importaciones para consolidar su imagen. Mujica tuvo, en la época en que Diego Forlán dominó la Jabulani como nadie, una aceptación de entre el 60% y 70% de la población, según recuerda el libro Goles y votos, de Luis Prats.

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    Fabián Carini en un evento de la lista 404 del Partido Nacional.

    Fabián Carini en un evento de la lista 404 del Partido Nacional.

    Extraños

    En abril se hizo público que Fabián Carini, exarquero de la selección, se había unido a la lista 404 del Partido Nacional. Si es común que dirigentes políticos busquen en el fútbol proyección y visibilidad, que los futbolistas o exfutbolistas —los protagonistas de este deporte— se dediquen a la política es más extraño. En Uruguay, particularmente, incluso es desalentado.

    En 2021, Mario Saralegui, gloria de Peñarol, asumió una banca como diputado por el Partido Nacional. Llamó la atención. “Si hay partidos políticos fuertes, ellos te regulan la carrera política y te marcan las reglas: tenés que trabajar, ir creciendo y así el propio líder te va permitiendo subir. Eso implica mucho tiempo, y los jugadores, que vienen de otro ambiente, suelen no estar dispuestos a someterse a eso”, dijo el politólogo Daniel Chasquetti a Galería en una nota de junio de 2021. “Hay ciertos riesgos porque la FIFA desalienta que se tomen posturas políticas”, agregó entonces.

    Mario Saralegui debutó en la Cámara Baja durante la interpelación a la ministra Arbeleche. Foto: Nicolás Garrido
    Mario Saralegui debutó en la Cámara Baja durante la interpelación a la ministra Azucena Arbeleche en 2021.

    Mario Saralegui debutó en la Cámara Baja durante la interpelación a la ministra Azucena Arbeleche en 2021.

    Ese listado no es muy largo. Ese mismo artículo nombraba los casos de Roque Gastón Máspoli, héroe de Maracaná, y Julio Montero Castillo, símbolo de Nacional, que se postularon a las elecciones estando en plena actividad, ambos por listas coloradas. También colorado es Hugo de León, uno de los últimos caudillos tricolores, que en 2009 acompañó a Pedro Bordaberry —exinterventor de la AUF, exasesor de Montevideo City Torque, hincha de Wanderers— en la fórmula presidencial. El exzaguero y expresidente de la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales (MUFP) Enrique Saravia participó en 24 sesiones de diputados por el Frente Amplio en el período 2015-2020.

    No abundan ni suelen transformar su éxito en la cancha en votos. Según aseguran distintos cientistas políticos, a diferencia de otros países, Uruguay no es proclive a los outsiders. La expresión habitual “no hay que mezclar deporte y política” es harto cuestionable, pero la realidad lo sustenta. Cuando Villa Española, un club humilde y sin demasiada trascendencia deportiva, se pronunció públicamente en causas como los desaparecidos, el episodio terminó en una denuncia de socios ante el Ministerio de Educación y Cultura y su posterior intervención en 2022.

    Democráticos

    Uruguay también es un país de sólida tradición democrática. Durante la Copa de Oro que se celebró entre fines de 1980 y principios de 1981, el “tiranos temblad” del himno nacional sonó más fuerte que nunca. La reciente inesperada victoria del “No” en el plebiscito de ese noviembre significó un tremendo golpe a la dictadura, golpe que no convenía celebrar ruidosamente por miedo a la represión. La consagración de Uruguay en el llamado Mundialito permitió festejar, disimuladamente, por partida doble.

    Los dioses del fútbol también respetan esa tradición. Uruguay disputaba las eliminatorias para el Mundial de Alemania 1974 cuando se dio el golpe de Estado del 27 de junio de 1973. El primer partido en el Centenario en dictadura fue el 5 de julio ante Colombia. Colombia no era un rival de fuste entonces. Uruguay nunca había perdido un partido oficial en el Centenario. Inesperadamente, Colombia ganó 1 a 0.

    Uruguay no fue a los mundiales de 1978 y 1982, transcurridos durante los años de plomo. El 10 de marzo, la Celeste comenzaba su camino rumbo a México 1986 en el Centenario ante Ecuador. La democracia llevaba 10 días de vida. Según relata Prats en Goles y votos, Sanguinetti bajó al vestuario a arengar al plantel: “¡Vamos, muchachos! En dictadura no fuimos a los mundiales, pero ahora en democracia hay que clasificar”. Costó sangre, sudor, lágrimas y una picardía del delantero Venancio Ramos en forma de limón, pero, un mes después, el objetivo se logró.