N° 1662 - 17 al 23 de Mayo de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDescartes leyó y reescribió a San Agustín; utilizó sin atribuir mérito el argumento ontológico de San Anselmo; se sirvió de Platón y abusó indeciblemente de Aristóteles. Los profesores de Port-Royal, que se formaron en la admiración a Descartes y que no sufrieron por la propiedad de las ideas ajenas, no pudieron sino emular su estilo y manifestar su aprecio, recogiendo los instrumentos del Método y adecuándolos a un discurso novedoso, esto es, dispersando sus reglas en subordinaciones distintas, despejando temas, adjudicando nuevas jerarquías.
Nunca se propusieron Arnauld y Nicole aportar un discurso original cuando concibieron su “Logique ou l’ art de penser”, sino apenas fijar por escrito muchas de las lecciones que venían impartiendo en las petites écolesde la institución. Escribir este libro, como lo cuentan en el prólogo, fue más un reto, casi una apuesta (se trataba de demostrar que podía enseñarse lógica en pocas lecciones, que los grandes tratados alejan al que quiere saber) que una búsqueda.
La obra es una síntesis que tiene su asiento en el aula, en la urgencia de comunicar con inmediatez, avivar la curiosidad, dotar de instrumentos. El propósito es que quienes asistían a las clases salieran de ellas sabiendo el arte de pensar; y para conseguir eso los pedagogos de Port-Royal entendieron válidos muchos méritos que tal vez un editor contemporáneo dudaría en aceptar; uno de ellos, como veremos, fue el de apropiarse de ideas ajenas, combinarlas nuevamente y ofrecerlas en un esquema de mayor funcionalidad.
Ya dejemos establecido que toda la estructura metódica del muy cercano Descartes (este libro es de 1662, Descartes murió en 1650) aparece sin reparos, en particular la zona dedicada al método y especialmente el undécimo capítulo, que reúne en cuatro pares de reglas (simples, como quería Descartes) las directivas del recto pensar. Según Arnauld y Nicole, tanto las definiciones como los axiomas, las demostraciones y aun el propio método, necesitan regularse por determinadas exigencias que obrarán a favor de las mayores garantías del arte de pensar.
Advertirá el lector en la cita que sigue cómo reverbera Descartes en la seca y tan exacta pulcritud de cada regla y, desde luego, cómo su sombra geométrica aparece y reaparece en los contenidos. “Reglas relativas a la definición: 1. No dejar ningún término que pudiera resultar oscuro o equívoco sin definir. 2. No utilizar en las definiciones términos que no sean perfectamente conocidos o ya explicados. Dos reglas para los axiomas: 3.No exigir en los axiomas sino cosas perfectamente evidentes. 4.Recibir como evidente aquello que no reclama más que un poco de atención para ser reconocido como verdadero. Dos reglas para las demostraciones: 5. Probar todas las proposiciones un poco oscuras sirviéndose de definiciones precedentes, de axiomas ya acordados o de proposiciones que ya fueron demostradas. 6. No abusar jamás del equívoco de los términos, al no reemplazar mentalmente las definiciones que los restringen y los explican. Dos reglas para el método: 7. Tratar las cosas, en tanto se pueda, en su orden natural, comenzando por las más generales y las más simples y explicando todo aquello que pertenece a la nauraleza del género antes de pasar a las especies particulares. 8. Dividir, en tanto que se pueda, cada género en todas sus especies, cada todo en todas sus partes, y cada dificultad en todas sus expresiones”. (“La logique ou l’ art de penser”, Gallimard, París, 1992, páginas 313 y 314).
Este libro es como aquellos pensamientos de los que hablaba Nietzsche, que llegan al mundo con pies de paloma; pero lo conmocionan y lo transforman. La experiencia es recomendable: confrontar la Lógica de Port-Royal con los vicios y distracciones del lenguaje, con los indiferentes tropiezos de nuestra estructura argumental, con la vacuidad sin destino de todos los discursos, es como una cura.
Es que se termina de estudiar esta obra y se siente algo parecido a lo que sintió Goethe cuando leyó a Shakespeare por primera vez: que hasta el momento había sido como un ciego de nacimiento.