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    Vendiendo enemigos

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2264 - 15 al 21 de Febrero de 2024

    Poco antes de las elecciones pasadas tuve una charla/discusión con un muy buen amigo. Obviamente, en esas fechas el debate fue por cuestiones políticas, aunque no necesariamente partidarias. Mi amigo decía que, si ninguna de las opciones a votar resultaba especialmente atractiva y/o convincente, era mi deber ciudadano (y el suyo) votar al que pareciera menos malo. A lo que yo argumentaba que no era menos ciudadano ni preocupado por la democracia votar en blanco. Poner en evidencia cierta ausencia de representación también era una señal que se le puede enviar al sistema político.

    Lo interesante de la charla, más allá de lo que cada uno eligiera votar, era que ambos parecíamos haber asumido el carácter negativo de nuestro voto: no encontrábamos una buena opción, una que de verdad nos entusiasmara, así que lo que imaginábamos eran estrategias para lidiar con la versión mínima o con la ausencia. En resumen, votar por descarte o dejar asentadas las fallas en la representación. Y sin embargo ese no parece ser el voto de las mayorías en nuestro país.

    A juzgar por su voto, las mayorías parecen aceptar de buen grado la ausencia de propuestas concretas en la campaña electoral, y se dan por satisfechas cuando los candidatos se limitan a recordarles lo malos que son o han sido los otros, los que están al otro lado del muro ideológico. Por supuesto, una vez que los buenos a quienes votamos están en el poder, es un poco menos evidente que lo que hacen sea tan distinto de lo que hacían los otros, los malvados que fueron desplazados. Y eso se debe a que la tarea de gobernar jamás ocurre en el plano de las ideas puras, de las consignas. Gobernar implica asumir matices y contradicciones. Se puede ser buen gestor en un área y desastroso en otra. Incluso se pueden hacer las cosas bien en determinada zona en un comienzo y luego embarrarla en ese mismo lugar. El gobierno, cualquier gobierno, está obligado a vivir en un mundo de grises, impuro, inexacto y negociado, por pura lógica democrática.

    Esto en Uruguay lo saben todos, gobierno y oposición, porque todos, antes o después, han llevado las riendas de país. Pero, claro, para poder venderle algo al votante/consumidor, necesitan desesperadamente mostrarle que ellos fabrican algo distinto. Es un poco difícil hacer esto sin un plan concreto, uno que sirva para mostrarle al electorado de manera precisa porqué se le pide el voto. Así que, en ausencia de ideas, se puede (y se suele) apelar a recordarle al elector lo mal que hicieron y/o hacen las cosas los otros. Y que, a diferencia de los otros, ellos son buenos. O menos malos, que parece ser el mínimo en venta.

    Mientras esta clase de posicionamiento no tenga costos electorales, o peor aún, sirva para capturar votos, los partidos no tienen porque tomarse la molestia de proponer nada. Si saben que construyendo un enemigo exterior poderoso pueden convocar al votante, entonces no se tomaran la molestia de pensar un plan. Y acá hay algo que conviene recordar: una vez que un partido (o frente o coalición, es lo mismo) toca el poder, su prioridad y centro pasa a ser ese poder, su preservación, su recuperación y, cuando se tercie, su consolidación. Y entonces toda la energía partidaria disponible se centrará en generar estrategias en pro de esa idea: el poder. Las ideas concretas para mejorar, en caso de tenerlas, las expondremos una vez que el conejo esté en la bolsa.

    Al mismo tiempo, en el plano de las elecciones internas, esa construcción de un otro malvado complica la posibilidad de diferenciarse de los demás candidatos dentro del mismo partido. Si el problema es ese otro exterior, el que está al otro lado de la grieta (por primera vez escuché el termino usado “a la argentina” por un candidato), es difícil explicar porque la gente debería votar al señor A o al señor B, que en esencia dicen y hacen lo mismo o casi. Supongo que a las militancias partidarias esto les importa poco ya que su voto no es definido por lo que los candidatos digan o hagan, su voto ya está decidido de antemano. Pero si le debe resultar difícil al elector a secas, encontrar matices en candidatos cuya única propuesta, so far, es la de construir y señalar un enemigo común.

    El problema de votar al menos malo es que con eso se asume una versión de mínimos de la democracia. Perdidas en la bruma del tiempo aquellas consignas que llamaban a votar programas y no caudillos, el marketing político de hoy hace exactamente lo contrario: gasta millonadas (de dinero público, faltaría más) en construir candidatos que son perfectamente incapaces de desarrollar una sola idea política solvente. Y, a la luz de los éxitos obtenidos, ni falta que les hace. Por eso el marketing sigue firme su rumbo, directo a ese futuro en donde todo elector es antes que nada un consumidor. De recetas mágicas, de exabruptos reconfortantes, de enemigos construidos ad hoc. De cualquier cosa menos de propuestas reales, contantes y sonantes. Unas de las que se pueda medir su efecto en la vida de la gente.

    Ahora ¿eso es responsabilidad del sistema político? Un poco sí y un poco no. Un poco sí porque sería deseable tener candidatos que expongan su plan, que digan para qué quieren nuestro voto. Algunos de esos hay, pero sobran los dedos de las manos para contarlos. Y un poco (o un mucho) no, porque esos políticos ampulosos que nunca dicen casi nada, aunque siempre suenan desafiantes y explosivos, no crecen en los árboles. Crecen en la misma sociedad que los vota y los impulsa al estrellato. Así que sí, si esa sociedad decidió en algún momento canjear ideas políticas reales y posibles por collares de cuentas de colores, será en algún punto responsable de ello, digo yo.

    Como es evidente, es mucho más fácil marketinear enemigos, sean estos reales o imaginarios, que ponerse a pensar en serio. Por ejemplo, con la debacle en seguridad que estamos viendo en estos últimos meses, es llamativo que a nadie se le haya ocurrido intentar desarrollar y exponer una alternativa consistente, basada en la evidencia disponible. Y es que dicha estrategia seguramente sea difícil de explicar y además no garantiza resultados (casi ninguna política los garantiza en el mundo social). En realidad, no es llamativo, sino que es el camino más sencillo: alcanza con culpar al que está en el poder sin lograr resolver el asunto, para que este a su vez diga que el problema es heredado y listo, ya tenemos montada una hermosa campaña electoral que casi nos asegura que la violencia social seguirá campeando a sus anchas.

    De todo esto a nadie debemos culpar sino a nosotros mismos, los ciudadanos, los votantes. Mientras miremos la política como quien mira un partido de fútbol y creamos que participar es sumarse alegremente a una de las barras bravas, los políticos gritones y sin propuesta seguirán prosperando. Y con ellos los equipos que los sostienen e impulsan. Solemos reclamarles a los políticos que tengan sentido de Estado. Pero, ¿qué sentido de Estado le podemos reclamar a nadie si nosotros los ciudadanos nos comemos todas las moñas y carecemos de una idea de conjunto? Así las cosas, no es raro que nos vendan enemigos cada cuatro años.

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